Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Un plan digno de Aznar y Rubalcaba, por ejemplo

Por Fernando Jauregui 19 enero, 2016 - 23:45

Hay soluciones al atasco político que nos asfixia y que congela tantas cosas, incluyendo proyectos inversores destinados a nuestro país. 

Hay planes posibles. Claro, se necesitan generosidad, imaginación y valor, cualidades que no es que anden sobrando entre nuestros representantes, que menudo espectáculo están dado en estos tiempos de balbuceos, subvenciones a grupos parlamentarios y ganas de que el chófer te lleve y te traiga de y a La Moncloa.

Pienso que una mayoría de los ciudadanos españoles ha entendido ya que Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, cada cual con su parte de culpa, más, creo, el primero que el segundo, son incapaces de entenderse. Y me parece que, quizá con la excepción de ellos dos, casi todos tienen la sensación de que, de seguir este estado de cosas, uno de ellos, o quizá ambos, tendrán que abandonar el timón de sus naves respectivas para ser sustituidos por figuras más capaces de llegar a un pacto. O de ganar con mayor amplitud unas elecciones.

Porque, tercero, tengo la impresión de que crece igualmente la idea de que ese 'bloque de izquierda' integrado por PSOE, los cuatro grupos de Podemos, Izquierda Unida, nacionalistas y Esquerra Republicana de Catalunya se vuelve una obsesión imposible, y no solo por las graves divergencias territoriales entre los componentes del nonato --ni siquiera diseñado-- 'bloque'. Y cuarto, me da la sensación de que el acercamiento entre los 'populares' --que no digo, quizá, Rajoy-- y los socialistas --no me refiero específicamente a Sánchez-- se irá produciendo gradualmente a medida que vayan fallando otros contactos y se acerque la fecha fatal para convocar nuevamente elecciones. Que sospecho que ni a PP ni, menos aún, al PSOE les convienen.

Me pregunto  a veces qué harían dos figuras del pasado, como Aznar y Felipe González, si se encontrasen en una situación como la presente. Bueno, ellos dos se odiaban casi tanto como Sánchez y Rajoy. Sustituyamos, entonces, a González por Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de los políticos con mayor cintura y capacidad de estadista que he conocido durante mis muchos años de 'mirón' profesional a fuer de periodista. Y he dado en pensar que Aznar, que no lo tuvo mucho más fácil para atraerse a Pujol y a Arzalluz cuando ganó en precario las elecciones aquellas de 1996, bien podría haber hecho llegar a Rubalcaba un plan reformista que contemplase la mayor parte de los puntos contenidos en el programa electoral socialista --porque, quitando cuestiones nominalistas, como el federalismo, no hay tanta distancia entre ambos--.

A continuación, le ofrecería entrar, si quisiera, en un Gobierno de gran coalición, quizá junto con Ciudadanos, que es un buen comodín: al fin y al cabo, ya ofreció una vicepresidencia de su Gobierno 'de la derecha' a los nacionalistas catalanes, que lo rechazaron porque Pujol impidió que un representante de Convergencia i Unió se convirtiese en ministro del Ejecutivo central. Y no me negará usted que no nos hubiese ido mejor con Duran i Lleida de ministro de Exteriores que con 'otros' que consintieron la estupidez aquella aznarista del apoyo a la guerra de Irak, de la mano de Bush Jr.

Y hay más: por último, puede que Aznar llegase a ofrecer a su interlocutor socialista, pongamos --insisto en alguien que ya ha renunciado a tener futuro político-- Rubalcaba, el apoyo del PP, durante dos años, en aquellos gobiernos autónomos y alcaldías en los que el PSOE gobierna mediante un pacto con Podemos, en el caso de que, como revancha por no haber llegado con los socialistas a un pacto para la gobernación del Estado, las formaciones de Pablo Iglesias y sus aliados decidiesen romper sus acuerdos y boicotear tales gobiernos autónomos --Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón, Comunidad Valenciana, Baleares, Asturias-- y aquellos ayuntamientos que cuentan con alcalde socialista gracias a esos pactos con Podemos y fuerzas afines a esta. Sería quizá una liberación para muchas asfixias actuales de gobernantes autonómicos y locales socialistas.

Se llegaría así, en el supuesto, que yo considero probable, de que el dirigente socialista citado aceptase este acuerdo 'global' --¿con qué argumentos sería capaz de rechazarlo?--, apoyado por un comité federal del PSOE convertido al realismo político, a una situación de provisionalidad. Una situación que duraría dos años, durante los cuales se llevarían a cabo las reformas contenidas en el citado plan regeneracionista en medio de una estabilidad territorial que incluiría la apertura de negociaciones entre PP, PSOE y Ciudadanos con los representantes de la Generalitat catalana para poner fin al enorme conflicto desatado por la obsesión de Artur Mas por pasar a la historia como el 'padre de la independencia de Cataluña'.

Una independencia que es, desde muchos puntos de vista, un auténtico imposible, como yo creo que bien saben, en el fondo, incluso sus promotores más obcecados. Y, oiga, si Podemos se adhiere a alguna o algunas de las reformas propuestas, aunque permanezcan en una rentable postura de oposición diciendo pestes del 'bipartidismo a tres impuesto', miel sobre hojuelas. Al fin y al cabo, sería un acuerdo fruto de pactos mucho más razonables que los que han suscrito algunas comunidades autónomas tras los resultados de las elecciones regionales y locales del pasado mes de mayo.

Concluido este plazo de dos años y puestas en pie las reformas constitucionales, electorales, legales, laborales, administrativas, institucionales y educativas procedentes e imprescindibles para ya --al fin y al cabo, Adolfo Suárez hizo más que todo eso en apenas once meses, y en condiciones más difíciles--, se disolverían las cámaras legislativas; se convocaría el preceptivo referéndum para aprobar las reformas constitucionales 'agravadas' --un referéndum que también tendría una cierta traducción específica, también a negociar, para Cataluña--, y se celebrarían nuevas elecciones. Eso sí, con el país algo más normalizado, esperanzado y seguro de lo que ahora lo tenemos.

No se preocupe quien esto lea: ya sé perfectamente que es un plan bienintencionado, que necesitaría, desde luego, un desarrollo más detallado, pero cuajado de utopías irrealizables... simplemente porque a nuestros representantes políticos no les da la gana de ensayar nuevas fórmulas democráticas, siguen empeñados en enfrentar a izquierda y derecha, en mantener sus privilegios personales y, en el fondo, en la pervivencia de esas dos Españas tan rentables para el turnismo a lo Cánovas-Sagasta, como en los muy, muy viejos tiempos en los que se practicaba una muy, muy vieja política.

Pero yo, que al fin y al cabo voto y les pago sueldo y subvenciones a grupos parlamentarios con mis impuestos, no quiero quedarme, mientras pueda, con las ganas de exponer todo lo antedicho, que ya sé que algún padre de la Patria calificará de 'conjunto de necedades irrealizables en aras de mantener el bipartidismo'. Todo lo contrario: hablo de organizar un Gobierno 'de afines in extremis' en las condiciones actuales y de organizar una verdadera 'oposición diferente' con lo que hay.

Porque esto tiene salida, y hasta salidas, si se quiere. Si se quisiera. ¿Se quiere?


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Un plan digno de Aznar y Rubalcaba, por ejemplo