Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Increíble, pero, ay, cierto

Por Fernando Jauregui 10 abril, 2016 - 22:44

Comenzamos la semana, quizá la penúltima antes de que ya todo sea irreversible, pendientes -increíble, pero cierto_ de que Mariano Rajoy descuelgue el teléfono para llamar a Pedro Sánchez, a ver si se entienden o no, que será que no; puede que ni le llame. 

Pendientes también de que el aludido señor Sánchez emita alguna señal tras el patente fracaso, anunciado pero nunca escuchado, de su estrategia de acercamiento a Podemos. Pendientes de que la mentada organización Podemos organice y recuente, el próximo finde, los votos de sus militantes a favor del 'sí' a la estrategia marcada por el líder Pablo Iglesias, porque el 'no' queda del todo descartado, desde luego, y entonces los morados se reafirmarán en sus posiciones; aunque primero tendrán, claro está, que definir cuáles sean tales posiciones.

Sí, comprendo que, así expuestas las cosas, la política nacional parezca una cosa y una casa de locos. Pero es la dinámica en la que hemos entrado, cuando ya los 'estados mayores' de los partidos, de todos los partidos, han comenzado a planificar sus campañas electorales, que pasarán, lo veremos, por nuevas comparecencias de los líderes -¡los mismos que nos han traído hasta aquí!_ ante programas multitudinarios de televisión y ese etcétera tan 'deja vu' que usted y yo conocemos. Y mientras, la desobediencia a las amenazas de Montoro en funciones campan entre los presidentes autonómicos, incluidos los correligionarios. Y mientras, lo de Cataluña entra en una espiral que nadie, ni siquiera los que protagonizan las tempestades, sabe en qué puede acabar. Y mientras, el también ministro en funciones De Guindos trata de lograr en Bruselas alguna prórroga a las exigencias de cumplimiento del déficit español.

Quienes, como el que suscribe, hemos considerado alguna vez conveniente ese 'paso al lado' de Rajoy para lograr alguna convergencia en pro de la gran coalición, quizá tengamos que hacérnoslo mirar. Porque Rajoy, sin mover un dedo, ahí está, como triunfador, en este cuarto de hora, de todas las crisis.

Quienes pensábamos que acaso Pedro Sánchez representase la frescura de algún cambio, un impulso a reformas necesarias que en el otro lado se empeñaban en no poner jamás en marcha, hace tiempo que hemos tenido que reconsiderar nuestras posiciones ante los tozudos vetos impuestos por el secretario general a unos y ante los peligrosos acercamientos a otros que, en el fondo -demasiado tarde ha descubierto Sánchez lo que todos los demás intuían-, no querían acercarse. Aquí, en esta turbulencia tan inédita, me parece que nos hemos equivocado todos, más, desde luego, 'ellos', incluyendo a Albert Rivera, que es el que ha mantenido la cabeza más fría en el calentón colectivo.

E incluyendo también, faltaría más, al otro 'emergente', Pablo Iglesias, un cúmulo de ambiciones no justificadas por la triste realidad, aunque su labor de formación de ese conglomerado llamado Podemos pueda considerarse asombrosa, y así lo reconocemos.

En el fondo, lo que ha ocurrido es que nadie ha sabido comprender el verdadero alcance de una alianza con el 'hombre impasible' Rajoy, que lo que pide, ahora más que nunca, son contratos de adhesión a su persona y a su no-programa: en determinado momento, hacerle rectificar, ofreciéndole un pacto-pactado, hubiera sido posible. Ya no.  Ni se supieron, desde el PSOE, ver a tiempo los riesgos de un pacto con Iglesias, que se descolgó hace dos meses, que no es poco en esta era turbulenta, pidiendo para sí la vicepresidencia ejecutiva del Ejecutivo, valga la redundancia donde todo es redundante, con los medios públicos de comunicación, los servicios secretos, la defensa, los acciones contra la corrupción y hasta el orden público bajo su control; casi un golpe a la bolivariana, que es la doctrina del aprovechamiento al máximo de lo que las urnas otorgan y no otorgan, vaya.

En resumen: ni Rajoy, haciéndose fuerte en su Numancia particular, ni Sánchez, convencido de que le tocaba el dedo divino para llegar, cuadrando círculos, a La Moncloa, ni Albert Rivera, tratando de quedar bien con todos, ni, por supuesto, Pablo Iglesias, que sigue en su juego de Monopoly político como si estuviese aún dando botes en su Tuerka particular, parecen haber entendido gran cosa. Estaban demasiado atentos, todos, a la conquista del Poder, con mayúscula.

No, esto no era lo mismo, ha comprobado el socialista, que la toma de las presidencias autonómicas y de algunos ayuntamientos contando con la ayuda de Podemos y sus organizaciones paralelas: creyó que podría repetir la operación, sin caer en la cuenta de que nunca segundas partes fueron buenas. Y que no es lo mismo la conquista de la presidencia de Aragón, Extremadura, Castilla-La Mancha o la Comunidad Valenciana, por ejemplo, que derrotar a Rajoy, que sigue siendo el que tiene más votos, guste o no guste, en 'su' feudo propio. O sea,  un feudo que es ese palacio de falsos mármoles situado en la Cuesta de las Perdices y que se llama La Moncloa, de donde no será tan fácil, señor Sánchez -o quien le suceda-, desalojarle. Así que, increíble pero cierto, entramos en otra semana, y ya no quedan muchas, en la que el empecinamiento será la tónica, si Dios y 'ellos' no lo remedian, que al menos 'ellos' no lo remediarán, ya lo verá usted.


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Increíble, pero, ay, cierto