Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Los errores de hace doce años

Por Fernando Jauregui 10 marzo, 2016 - 23:11

La Historia, esquemáticamente representada en sus diversos hitos, está ahí para dos cosas: para ser contada, parece, por los vencedores y para, en su versión más desafortunada, no repetirla. 

El 11 de marzo es una de esas fechas-hito que permanecerán muchos años, muchas décadas, inscritas con sangre en los corazones de los españoles, porque aquel día de 2004 se produjo un atentado que dejó dolor y desolación en cientos de familiares y en millones de todos nosotros. Vuelvo la vista atrás por obligación profesional -estoy en estos momentos escribiendo un compendio de las jornadas históricas que nos han marcado tanto- y también porque me parece que aún hay muchas enseñanzas que debemos sacar, con la que está cayendo hoy, de lo que ocurrió en aquellas jornadas de luto.

Para mí, lo peor fue que la unidad de los españoles en la desolación, la rabia y el dolor duró apenas unas horas. Los intereses políticos y una cierta miseria intelectual convirtieron la masacre en un arma arrojadiza, en una posible baza ante las elecciones generales que deberían celebrarse tres días después. Tres días tremendos en los que, todavía creo que no con mala fe, se desinformó a los españoles sobre la autoría de aquella acción abominable, se pretendió 'patrimonializar' el dolor y se quiso sacar rédito en votos de aquel caos. Supongo que en todo ese dislate, que sin duda tuvo sus consecuencias ante las urnas del 14 de marzo, hubo algunos que fueron más culpables que otros, y por esa misma razón Mariano Rajoy, que partía como favorito en todas las encuestas, perdió las elecciones; no porque él hubiese actuado mal, sino porque lo hizo su entonces mentor, el hombre que le había colocado a la cabeza de la candidatura del PP, el presidente José María Aznar.

Si Aznar hubiese dado explicaciones transparentes -aunque se hubiese equivocado al atribuir inicialmente la autoría a ETA; el propio lehendakari Ibarretxe lo hizo en un primer momento--, si hubiese congregado a todos los ciudadanos en el mismo grito de repudio, bajo la misma pancarta de aflicción, seguramente el ganador en los comicios del 14-M-2004 hubiese sido Rajoy, y no el socialista Zapatero. Y el destino del país hubiese, acaso, sido otro. Pero Aznar no lo hizo así, y condenó a Mariano Rajoy a una espera de siete años para llegar a La Moncloa.

Veo, la verdad, algunos paralelismos. Es verdad que Rajoy aprendió algo de aquella lección, o anti-lección, que le dio su antecesor en la cúpula del PP. Y bien que lo demostró cuando, el 13 de noviembre de 2015, otro atentado de los verdugos islamistas, en París, volvió a sembrar un dolor indiscriminado, el terror, y no solamente, claro está, en la capital francesa. Rajoy entendió que era forzoso abrir las puertas de La Moncloa, que estaban entonces bastante cerradas, a los representantes de las otras fuerzas políticas, incluyendo a Podemos. Fue el mejor Rajoy, como lo reconocimos todos entonces, que involucraba a las restantes representaciones de la política española en la reacción frente a la barbarie.

Luego, me temo que Rajoy perdió la iniciativa. Y regresó al lado hosco del tablero político. En lugar de abrirse a reformas, a nuevas ideas, a un diálogo con todo aquel que quisiera planificar, con él y con su partido, el futuro, se enmarcó en actitudes electoralistas, cosa que, hay que reconocerlo, también hicieron los demás, comenzando por el poco razonable 'no, nunca, jamás' a un pacto 'con la derecha', que constituyó el grito de batalla de Pedro Sánchez. Quizá si todos hubiesen mostrado una actitud diferente entonces, a mediados de noviembre, la situación política española no tendría los tintes desesperantes que ahora padece. De la misma manera que, si Aznar hubiese actuado de un modo menos soberbio y opaco, quizá los españoles se hubiesen ahorrado la 'etapa Zapatero', que tuvo más oscuros que claros, a mi entender.

Y así, hasta hoy. Lejos de mi ánimo culpar a uno solo de los protagonistas del tablero de ajedrez político actual del patético paisaje, cenagoso, en el que nos estamos hundiendo. Ni tampoco quisiera, desde luego, equiparar la situación que vivíamos hace doce años con la de ahora: afortunadamente, nada tiene que ver 'aquello' con 'esto'... excepto en una cosa: nuestra llamada clase política sigue sin entender nada. Se sigue creyendo en la posesión exclusiva del timón de la nave que pagamos nosotros y de la verdad, aunque cada uno de los agentes en presencia parece ver una verdad diferente, cuando no opuesta.

Sí, tendrá razón quien me lea para juzgar que me muestro, precisamente en este aniversario que aún me parte el corazón, porque los recuerdos son demasiados, muy pesimista. Lo soy o, mejor, lo estoy. Y es que yo diría que estos doce años no han servido ni para esclarecer del todo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad  de lo que ocurrió aquel tremendo 11-M, ni, menos aún, para aumentar la credibilidad ni la confianza en quienes pretenden representarnos y, en realidad, cada día nos representan menos. Cómo no andar algo sombrío en este 11-M...


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Los errores de hace doce años