Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Por ejemplo, Venezuela, que está lejos y tan cerca

Por Fernando Jauregui 25 mayo, 2016 - 7:57

Vaya por delante, por supuesto, mi repulsa al sistema para-dictatorial instalado por Nicolás Maduro en su país, ese país tan querido para los españoles, Venezuela.

He viajado allí varias veces, tengo amigos muy estimados -incluido un notable periodista que lleva mi mismo nombre y al que debo anécdotas divertidas, prueba de tantos vínculos comunes- y sé cuánto nos aprecian como pueblo hermano. Al mismo tiempo que constato que en nada beneficia, a quien lo practica, o sea, a Maduro, ese lenguaje mal educado y oficialmente hostil para con los españoles en general y para con quien gobierna España (aunque sea en funciones) en particular.

Pero no estoy seguro de que a los políticos españoles les corresponda ahora lanzarse -precisamente en la campaña electoral aquí, qué curioso- a la salvación democrática de los venezolanos. No he entendido el viaje allá de Rodríguez Zapatero, y sigo sin entender qué pinta por aquellas latitudes Albert Rivera. De la misma manera que me extraña el excesivo peso que pone el presidente Rajoy en el apoyo a la oposición, si bien debo decir, en este caso, que alabo que mi país no abone la 'neutralidad' entre unos y otros: el encarcelado Leopoldo López tiene la razón, y sus carceleros bolivarianos, no. Y ahí no pueden caber equívocos ni equidistancias.

Lo que quiero decir es que me da la impresión de que están algunos, mirando de paso de reojo a los pasados y no tan pasados 'errores internacionales' de Podemos -que han sido, y son, muchos y muy gordos--, metiendo a Venezuela en el proceso electoral español. Y yo creo que ese país, en el que tantos de nuestros antepasados encontraron soluciones vitales, que tanto han ayudado a tantos gobiernos españoles a resolver problemas espinosos -y sí, pienso en alguna 'solución etarra' en particular, aunque ahí haya habido de casi todo--, merece un respeto, más allá de que Maduro y sus camisas rojas no merezcan ninguno. Pero no será yendo a pontificar allí para que sean los medios de aquí los que recojan las arengas como ayudaremos al pueblo venezolano, reducido por sus gobernantes a condiciones casi miserables.

No mezclemos, pues, las cosas, que una cosa es la política exterior, que ha de estar en manos de la diplomacia de nuestro país, y otra las querellas intestinas de nuestra muy peculiar batalla electoral, aquí, en casa. Menos lecciones democráticas a los demás -que eso, cuando toque- y más profundizar en una mejor democracia en la tierra patria, que buena falta hace una mano de pintura regeneracionista y anticorrupción en nuestras leyes y costumbres, aunque nuestras carencias nada tengan que ver, afortunadamente, con la catástrofe bolivariana.


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