Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

El disputado voto del señor Quevedo

Por Fernando Jauregui 28 junio, 2016 - 7:52

Pedro Quevedo Iturbe, diputado por Gran Canaria en las listas socialistas, aunque no pertenece al PSOE, sino a Nueva Canarias, era un perfecto desconocido en la Península, pero no en las islas ni en la profesión médica, en la que se desempeña con éxito.

Sin embargo, en la noche electoral, sonaron los teléfonos, tanto en la sede de Génova como en la de Ferraz, según se iba configurando el panorama de los votos: "oye, que Mariano puede formar Gobierno si cuenta con Ciudadanos, con el PNV, con la diputada de Coalición Canaria y con alguien que se abstenga 'a favor'; tendría entonces los 176 escaños de la mayoría absoluta para ser investido". Y ahí es donde, en esos teléfonos y en círculos reducidos, se empezó a hablar de Pedro Quevedo.

Porque Pedro Quevedo, que ya digo que no pertenece a las filas del PSOE, aunque haya declarado en radios de las islas este lunes que se atendrá a la disciplina de pactos marcada por el PSOE, podría, aventuran algunos, ser ese parlamentario que, con su abstención, posibilitaría que Mariano Rajoy siguiese en La Moncloa, alejando el fantasma de unas hipotéticas y catastróficas terceras elecciones. Es, parafraseando aquella deliciosa obra de Miguel Delibes, convertida luego en película por Jiménez-Rico, no el disputado voto del señor Cayo, sino, por ejemplo, el del señor Quevedo. O el de cualquier otro que incline, con su abstención, la balanza a favor de que la formación ganadora con mayoría insuficiente, el Partido Popular, forme Gobierno.

Claro que, para ello, es necesario primero que Ciudadanos, reticente siempre ante la figura de Rajoy, acepte pactar, lo que sin duda tendrá un precio. Luego, que el Partido Nacionalista Vasco también dé su conformidad al pacto de centro-centro derecha. Algo que sería posible teniendo en cuenta que Urkullu necesitará al PP vasco ante su propia investidura cuando, en octubre, se celebren unas complicadas elecciones autonómicas, en las que el PNV tendrá a Podemos como principal rival.

También este apoyo tendrá, es obvio, un precio mutuo, y lo mismo vale decir para Coalición Canaria, cuya diputada nacional, Ana Oramas, es una auténtica experta en hacer valer su único escaño en la Cámara Baja a la hora de las negociaciones. Todo ello sumaría, de ir las cosas con el viento a favor, 175 escaños. Falta uno, el disputado voto del diputado Quevedo -o quien fuere, no nos empeñemos en este nombre--, para llegar a la mayoría absoluta. Y aquí es donde el PSOE de Pedro Sánchez tendría que mostrar que ha entendido el mensaje de las urnas, vendiendo muy cara, desde el punto de vista de impulsar unas reformas ante las que Rajoy se muestra muy perezoso, la abstención de uno de sus parlamentarios.

La solución, a priori, no parece mala, aunque el encaje de bolillos vaya a ser complicado, muy complicado. Rajoy habrá de estrenar el personaje negociador que teníamos olvidado, aunque ya lo mostró cuando, en 1996, formó parte del equipo que, bajo la presidencia de Aznar, pactó una mayoría de investidura con los nacionalistas catalanes y vascos. Rivera, sopesando los resultados obtenidos, habrá de entender cuál es su verdadero papel en esta tragicomedia, y sacar el mayor rédito posible a su apoyo a un Gobierno que ahora, tras los resultados de este domingo, ya no puede discutir que esté presidido, aunque sea hasta el medio plazo, por Rajoy. Las claves de Urkullu, pragmático siempre, se centran en sus propias elecciones dentro de poco más de tres meses.

Y queda el disputado voto de la abstención, del señor Quevedo o de quienquiera. Tendría que proceder, en teoría, de las filas socialistas y es ahí donde Pedro Sánchez habría de exhibir más sensibilidad de la que hasta ahora ha mostrado con su 'no, nunca, jamás' a cualquier tipo de acuerdo con el PP; el mandato de los electores, a poco que lo analice, ahora no pasa precisamente por él. Y es que, desde una oposición en la que quizá debería seguir distanciado de ese Podemos-IU en horas bajas, puede forzar reformas que no podrá impulsar, porque ahora no le toca, desde La Moncloa. Y, si no lo hace él, quizá lo hará alguien que le sustituya.

Este es el panorama, visto desde un lunes de resaca poselectoral. Pero, por primera vez, y aunque sin duda no sea la más perfecta, brillante e ilusionante --los modos y tempos de Rajoy siempre me han dado algo de pereza, la verdad--, se contempla algo de luz al final del túnel. Suponiendo que no haya quien se empeñe en apagarla o en taparla, claro.


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