Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Crónica de un país más allá de la Villa y Corte

Por Fernando Jauregui 10 septiembre, 2016 - 9:12

Escribo desde Bilbao, tras haber asistido a un acto de campaña del lehendakari Iñigo Urkullu. Le pregunto si la inestabilidad política que vive la política nacional afecta, para bien o para mal, a esa Euskadi, que acaba de iniciar su campaña electoral con apenas una certeza: que Urkullu seguirá siendo quien gobierne en Ajuria Enea. Me responde sin la menor vacilación: "la situación en España nos viene perjudicando mucho ya desde antes de las elecciones de diciembre; no tenemos interlocutor efectivo". Un par de días antes, tuve oportunidad de preguntar lo mismo a Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia y candidato a lo mismo cuando, el día 25, se celebren las elecciones autonómicas vascas y gallegas. La respuesta de Feijóo fue, más o menos, la misma, aunque obviamente su interlocución con el presidente del Gobierno central en funciones sea distinta a la de Urkullu: lo que está pasando en la política española afecta de manera muy grave a lo que ocurra en una eventual, futura y no demasiado probable normalización del Estado de las autonomías.

Y no puedo olvidar, claro, que escribo casi en vísperas de una Diada que, en Cataluña, va a significar el principio de todos los males del infierno para quienes, catalanes y resto de españoles, deseamos un país, España, sólido, unido, moderno, próspero y más justo.

Lo que ocurre es que la política nacional ya no se hace en los cenáculos y mentideros de la Villa y Corte. Ya no depende de las llamadas telefónicas con mayor o menor clandestinidad y/o transparencia entre los líderes, esa llamada 'banda de los cuatro' que piensa que, con sus líneas rojas, vetos, pequeñas ambiciones, grandes enfados y falsas proclamas patrioteras contribuye a la solución de lo que han estropeado. No: la crónica de este país llamado España, o Estado español como quieren los nacionalistas con los que he desayunado en el foro Nueva Economía en torno a Urkullu -elegantes, con sus trajes oscuros y sus corbatas; sí, son parte de 'las derechas', como quiere simplificar Pedro Sánchez, pero nada tienen que ver con una cierta derecha a la que ya no representa ni siquiera Rajoy--, no pasa ya necesariamente por las ruedas de prensa en el Congreso de los Diputados; ni por las maniobras que se hacen en Ferraz o en Génova; ni por las manifestaciones en la Puerta del Sol, que tan anticuadas han quedado ya apenas dos años después, verdad Pablo Iglesias.

En el desayuno de Urkullu nadie, excepto alguna pregunta periodística, habla de Otegi, o de referéndum de autodeterminación, ni de soberanía, ni de ETA. Y felicité al lehendakari y casi seguro próximo lehendakari -las encuestas pueden equivocarse, pero no tanto- porque, ante su auditorio, mayoritariamente empresarial, habló de lo que a la gente le interesa: el paro, el crecimiento económico, el estado de bienestar, la reforma educativa, que nada tiene que ver con la LOMCE... Nada que ver esta Euskadi por la que ando estos días con la de hace poco más de un lustro: he paseado por las calle con la candidata socialista, Idoia Mendía, y con el candidato del PP, Alfonso Alonso, así como con el ex consejero de Interior, Juan María Atutxa y con Javier Madrazo, ex dirigente del comunismo vasco y cercano a una facción de Podemos. Nadie lleva ya aquí escolta, que se perciba. El clima entre los aspirantes a la lehendakaritza es bueno, habrá acuerdos seguros con otras fuerzas para que Urkullu siga siendo presidente. No hay incertidumbres.

Ninguna relación con el aberrante pasado que hubimos de vivir en mi querida Euskadi, donde mi abuelo paterno fue presidente de la Diputación de Vizcaya. Y no puedo evitar una cierta nostalgia al comparar el clima que aquí percibo ahora con la exasperación que se palpa en Madrid, donde resido, y en Barcelona, que tan frecuentemente visito. Definitivamente, hay otras formas de hacer política para el ciudadano, y no están, y quizá ni se las espera, en esa Villa y Corte que hemos logrado emponzoñar entre todos. Ni en esa plaza de Sant Jaume a la que tan ajenos son tantos barceloneses, tantos catalanes. Pues nada: que venga un vasco, un gallego, un andaluz, y nos lo arregle, porque me parece que, con lo que tenemos hoy por hoy instalado en los centros de poder de la capital, nos vemos votando -o quizá dejando de votar- el próximo día 18, que la propuesta de reforma legal para evitar que sea el día de Navidad ya está redactada y hasta, me temo, pactada. Lo único que tienen pactado, manda carallo.


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