Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Canción triste de un mensajero hoy, aquí

Por Fernando Jauregui 05 abril, 2016 - 15:21

Un amigo me sugiere que escriba sobre lo que los periodistas pensamos acerca de 'lo-que-está-pasando', como si lo que está pasando fuese algo así, fácilmente etiquetable, y como si la totalidad de nosotros pensase lo mismo.

Temo que estamos muchos, todo el día, haciendo una especie de periodismo de cartón en estos tiempos en los que -cuando escribo- todo es incertidumbre y los que aspiran a ser nuestros representantes nos utilizan de manera descarada para sus intereses informativo-publicitarios. Hace una semana, fueron Sánchez e Iglesias quienes se pasearon ante el Congreso de los Diputados, tras anunciar abundantemente que iban a entrevistarse, para que las cámaras y los micros de los sufridos y entregados informadores los inmortalizasen en su paseo por la Carrera de San Jerónimo: dos que caminan juntos parece que caminan juntos, aunque no sea así...

Pero no crean que hablo solamente de ellos dos y de sus particulares operaciones de marketing: podría citar las reticencias a la comunicación que existen en el seno de Ciudadanos, o el horror al periodista tan patente en el Partido Popular, especialmente en su indiscutido -oficialmente- líder...

Los comunicadores somos, hoy, ahora, una especie de altavoces para que quienes aspiran a ser nuestros representantes lancen sus mensajes a 'los otros' con los que quieren pactar -o no...--. Somos dóciles instrumentos de la nada que nos regalan, de los titulares vacuos, de las promesas y ofertas entre ellos, de las que somos intermediarios. Todo es tan emergente, la locomotora va tan loca, que no deja resquicio al análisis crítico, a la reflexión demorada. Y ¡ay de quien lo pretenda!

Nunca como ahora -porque, desde hace muchos años, nunca como ahora existió tanta tensión política- semejante persecución soterrada -y aparentemente educada-- al mensajero, jamás semejante curiosidad por saber quiénes son tus fuentes, quiénes te cuentan lo que publicas o dices. Y el problema es que nosotros nos hemos contagiado del equilibrio sobre el alambre sin red: aventuramos posibles pactos, coaliciones, futuros gobiernos o desgobiernos caminando en la niebla cerrada, tanteando paredes -cuando las hay--, inmersos en la misma incertidumbre que alumbra, es un decir, a nuestras fuentes. Jugando su mismo juego: porque ¿acaso no estamos todos jugando con las cosas de comer?.

A veces me parece que todo lo que nos ha venido ocurriendo en los últimos meses es un síntoma del desmadre que rige nuestra vida política, parlamentaria, judicial, institucional. La inseguridad jurídica y política no puede traer sino -qué creía usted- inseguridades informativas. No es que los informadores hayamos perdido la objetividad, que quizá nunca haya sido del todo posible: es que, en perfecta coordinación con las insensateces que hemos de narrar, hemos perdido, simplemente, el norte. Y allá vamos, fiándonos de gentes de tercera fila que dicen saber y nada saben, o de los retazos de información que nos dan los de las primeras filas, para ver si, con lo que publicamos, convencemos al posible socio, al adversario, hasta al correligionario, de por dónde debe ir la senda.

Sí, muchas veces se nos utiliza casi como reclamos para la caza, porque, con nuestra falta de análisis de fondo, con nuestro abandono de la santa intransigencia de antaño, cooperamos no poco a la frivolidad política que nos va ahogando sin remedio.

Hemos pasado -cuando escribo, seguimos pasando- meses de total oscuridad. De los que, por supuesto, pagaremos todos -todos-- una abultada factura. Supongo que quienes nos leen, ven o escuchan quieren seguridades, recetas infalibles, narraciones verosímiles. Y, en cambio, estamos ofreciendo tambaleos y tanteos, suposiciones, quimeras y cálculos. Qué remedio, oiga: tenemos que seguir trabajando, llenando periódicos y noticiarios radiofónicos y televisivos. Casi nunca hubo más medios de comunicación y menos información 'sustanciosa'. Estamos, hay que reconocerlo, a ciegas, porque a ciegas nos mantienen quienes, ciegos ellos a su vez, dicen que nos quieren alumbrar el camino, careciendo, como carecen, de linternas.

Hemos pasado meses en los que, ya digo que invidentes, íbamos tanteando la realidad equivocándonos, metiendo patas y siendo acusados por unos y otros de lo de siempre: de servir a los intereses de la formación rival. Y es que si nos fiásemos de lo que en los 'estados mayores' de ciertos partidos dicen de nosotros, no habría un solo periodista que pudiera ser considerado independiente. Cuando la ceguera llega a tal extremo, mal van las cosas.

Puede que hayamos entrado en una nueva era en busca de una mejor democracia; pero, desde luego, la crítica desapasionada, el análisis implacable que nos es obligado a quienes nos dedicamos a estas cosas, es algo que se nos sigue tolerando mal, muy mal, en las escasas ocasiones en las que nos atrevemos a ir un poco más allá de las aceptaciones convencionales. Nunca el 'cuarto poder' fue más atacado por quienes aspiran a copar el primero, el Ejecutivo, y el segundo, el Legislativo, acortando de paso las riendas para la marcha del tercero, el Judicial: ¡ay de ti si no comulgas con todas las ruedas de molino que se nos quieren hacer tragar!. Y, ciertamente, no son pocas...

Y un último favor: que no nos hablen más de transparencia. Reunirse en el Congreso de los Diputados, en lugar de entre las paredes del despacho de la sede del partido, no significa que cuenten con el ciudadano a la hora de tomar las decisiones, ni que se esté facilitando toda la información, sin silencios ni aditamentos, a los medios de comunicación, que son los intermediarios con la gente de la calle, que es la que vota y paga, vía impuestos, los sueldos de 'su' clase política. Quién sabe ya para qué.

Lo admito: estoy enfadado. Y temo que se me note demasiado. Enfadado, entre otros, conmigo mismo, por aceptar un estado de cosas que empieza a resultar difícilmente aceptable. Ya está bien de situar, a quienes dicen con sinceridad lo que piensan que es lo mejor para España, en las casillas de la derecha, o de la izquierda, en la de los 'peperos', de los socialistas, de los 'naranjas' o de los 'podemitas'. Y basta ya de tratar, nosotros, los mensajeros, de sortear estas acusaciones extremando prudencias, cultivando silencios, aceptando equidistancias, mirando hacia otro lado a la hora del análisis.

Empieza a vislumbrarse la hora de la indignación de quienes, durante tanto tiempo, se han entregado a esta profesión maravillosa, tan digna y tan útil, de informar sobre lo que pasa, sin inventarse otras realidades. Y también nos es llegada la hora de la propia regeneración y de la autocrítica feroz, esas que yo ahora comienzo suscribiendo este triste artículo, que algún amigo, ya digo, me ha sugerido, sin pensar, acaso, cuánto me iba a compungir redactarlo.


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