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Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Las barbas de tu vecino

Por Fernando Jauregui 03 diciembre, 2016 - 9:45

Los socialistas franceses, con todos sus claros y todos sus oscuros, que de ambas cosas hay, han sido siempre un ejemplo para sus correligionarios españoles. 

Mitterrand fue, sin duda, un referente para Felipe González, que fue en Francia, y al amparo del PS Francés, donde se ganó el puesto frente a los 'históricos' de Llopis -exiliados en el país vecino--, en aquel congreso de Suresnes (1974) que marcó un antes y un después para el PSOE fundado por Pablo Iglesias en 1879. Y, desde Suresnes, no se puede desconocer una cierta envidia de los socialistas españoles con respecto a los franceses: ellos hicieron antes -y mejor-- las primarias, ellos avanzaron postulados revolucionarios cuando había que hacerlo, socialdemócratas cuando tocaba e incluso liberales en algunos aspectos si no quedaba más remedio. Tenían recetas y, mal que bien, las aplicaban.

Así que alguien debería tomar nota por estos pagos de la renuncia anunciada este jueves por François Hollande a presentarse como candidato en las elecciones presidenciales galas de mayo de 2017. Que será, por cierto, cuando probablemente (claro que también puede ser en junio, o julio...) el PSOE celebre su ya tan aplazado congreso, que tocaba, según los estatutos, el pasado mes de febrero. Lo que más sorprende aquí, al sur de las Galias, es el tono autocrítico de quien se va pensando que realiza un servicio a su país: ha cometido errores y se marcha. Quizá también por cansancio, acaso por decepción.

Pero tiene el coraje de irse, en todo caso convencido de que su marcha puede evitar males mayores, como el advenimiento a la Presidencia de los ímpetus ultraderechistas del Frente Nacional lepenista, una auténtica desgracia para Francia y hasta para toda Europa. Estoy convencido de que si, para evitarlo, los socialistas del moderado Manuel Valls (que sucederá probablemente a Hollande) tienen que apoyar al muy conservador Fillon, que será sin duda el próximo presidente francés, lo harán. Tout pour la France, es la consigna, aunque ese sea el título de un libro del caído Sarkozy.

No quiero incidir en fáciles paralelismos con lo que ha ocurrido y está ocurriendo en el PSOE, pero no puedo calificar sino como un auténtico bofetón moral a Pedro Sánchez la renuncia generosa -quizá entre otras cosas más-- de Hollande. Se ha equivocado y se marcha. Pero quien ha cometido incontables errores, quien ha conducido a su partido a la debacle, quien mantuvo a España en funciones durante diez meses, Pedro Sánchez, aún anda de 'caravaning' tratando de recuperar la secretaría general apelando a una no comprobada lealtad de 'las bases' frente a 'los barones'. Peligroso juego que puede salirle muy mal a él -porque sin duda le saldrá mal también esto, tras haber fracasado en su ascensión a La Moncloa- y peor aún al conjunto del partido cuyas siglas dice querer potenciar... tras haberlo precipitado en la sima.

Cierto que el laborismo británico o el SPD alemán, y no digamos ya los italianos (con ese valiente, pero desesperado, referéndum convocado por Renzi para este domingo) también viven tiempos de cambio y, en cierta medida, de zozobra. Pero son cambios controlados, orientados, bien que mal, hacia alguna parte, cosa que ahora no se puede decir del PSOE español, y no hay más que ver el despiste que muestra en sus actuaciones parlamentarias y territoriales.

Pienso que la primera tarea que tendrá que afrontar ahora el PSOE es unificar sus líneas internas de actuación, lo que pasa por relevar cargos parlamentarios y clarificar estrategias frente a Sánchez, convertido en un auténtico elefante en una cacharrería. Si, de paso, algunos personajes del pasado, que vuelven a los cenáculos conspiratorios, dejasen de enredar en las sombras, mejor. Qué poco envidiable es ahora esa figura señera, la que sin duda suscita mayor autoridad moral en el PSOE, y me refiero, claro, al presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández, a quien, entre unos y otros, están a punto de hacerle fracasar..

Porque la verdad es que, hoy por hoy, entre 'pedristas', 'susanistas', 'patxilopecistas y terceras vías varias', 'emilianistas', correveidiles, 'alfredistas', 'felipistas', ambiciosos de futuro o de presente, náufragos del 'no, no y no', escépticos de la abstención, podemitas vergonzantes, 'icetistas' catalanes, 'barones' dispersos y otras familias variopintas, casi cada militante del que aún es el segundo partido de España constituye un grupo político en sí mismo. El ejército de Pancho Villa, vamos. Y, así, vemos a Rajoy galopando tan campante en su sillón, haciendo ver que lo que en todo caso había que reformar, él, tan poco proclive a las reformas, lo concede graciosamente, en aras del consenso, a una oposición que se debilita con ejemplar tesón cada día.

De manera que, gracias a los errores de sus adversarios más que a los aciertos propios, el que ha dado en llamarse 'Gobierno Soraya presidido por Rajoy' acumula puntos positivos, asegura lazos con Merkel, la 'dama de Europa', tira tejos a Puigdemont y se permite tomarse con calma, mucha calma, todo eso de las reformas y demás cosas por las que tanto claman otros; menudo lío, que dirá, seguro que dice, el hombre tranquilo que ve crecer la hierba, porque tiempo tiene para ello, desde el ventanal de otoño de La Moncloa.

Pero hombre, si aquí no tenemos Le Pen, ni los socialistas son tan aguerridos como los franceses, y esos chicos de Podemos son tan graciosos en los debates parlamentarios, ¿para qué correr, se dirá Rajoy, en pos del cambio, con lo bien que vamos a mi, digo a nuestro, ritmo? Pues así estamos. Y aquí nadie, en la tan necesaria oposición, pone sus barbas a remojar; a este paso, se las pelarán a alguien, arrancándoselas pelo a pelo; con lo que debe de doler eso...


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