Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

La autoproclamación del señor vicepresidente

Por Fernando Jauregui 24 enero, 2016 - 0:16

Alguna vez he escrito que nunca como en esta época ha sido tan difícil actuar como comentarista político. Hemos vivido espectáculos notables,

como la 'designación' de Puigdemont como president de la Generalitat catalana, tan difícil de encajar en los cánones. Pero lo ocurrido este viernes, día teóricamente final de las consultas del Rey para tratar de conseguir un candidato a la investidura como presidente del Gobierno, supera de lejos lo imaginable. Tuve que confesar, desde el plató de televisión en el que me enteré en directo de que Rajoy no aceptaba ir a ese debate de investidura al menos en primera instancia, que algo así carece de todo precedentes y que nos pillaba, al menos a mí, con el paso cambiado.

Y hablaba yo cuando ya creía haber llegado al final de una jornada que nos había deparado el tiro de penalti de Pablo Iglesias, casi obligando a su aún no socio Pedro Sánchez a meterle a él como vicepresidente en un Gobierno que tendría seis ministros 'podemitas'. Y al fuera de juego posterior del secretario general del PSOE, que se enteró ¡por el Rey! de la oferta que el dirigente de Podemos estaba lanzando en esos momentos 'urbi et orbi' en una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados, que para eso ha quedado por el momento: para que desde allí se lancen mensajes al tal vez socio futuro con el que formar un tal vez Ejecutivo que acaso gobierne, con programa ignoto, la nación.

Hay quien dice que la decisión de Rajoy de 'dar un paso temporal a un lado' y declinar someterse el primero a la investidura la tomó ese mismo mediodía, cuando conoció el órdago lanzado por Iglesias a Sánchez, prácticamente imponiéndose como vicepresidente e imponiendo a un ramillete de los suyos como futuros ministros. Fue una rueda de prensa, me contaron mis compañeros que asistieron a ella, peculiar, como casi todo lo que está ocurriendo, en la que el líder de Podemos hasta se mofó de una periodista que llevaba un abrigo de pieles y le hizo una pregunta que no le gustó.

Claro que la comparecencia posterior de Pedro Sánchez ante los medios no fue mucho más brillante, porque, además, su tal vez futuro socio ya le había robado los titulares; así que el socialista no le quedó sino poner al mal tiempo buena cara y disimular su contradicción ante la al menos mala educación de Iglesias hablando ya de la composición del futuro Gobierno que, al menos en teoría, será Sánchez quien lo presida. O sería Sánchez quien lo presidiera.

No hace falta tener mucha imaginación para entender lo mal que la postura algo chulesca de Iglesias ha sentado en las filas socialistas, máxime cuando se atribuyó a él mismo la posibilidad de que el destino 'tenga una sonrisa' con Sánchez y le otorgue, pese a sus malos resultados electorales, la llave de La Moncloa. De una Moncloa con despachos compartidos, claro está, que hay que acostumbrarse desde ya a lo que es un Gobierno de coalición, y más si la coalición es con Pablo Iglesias.

La imagen que se ofreció este viernes de ese futuro Gobierno es deplorable: así, no duraría ni hasta el momento de constituirse. ¿Dar a alguien que llega con los ímpetus no siempre santos de Iglesias la potestad sobre los servicios secretos y sobre otros estamentos clave que están ahora en manos de un vicepresidente? ¿Dar la economía a Errejón?¿Dar entrada, sin siquiera habérselo ofrecido antes, a Izquierda Unida? Así no se hacen las cosas, como tampoco se puede ir vestido a una audiencia oficial con el jefe del Estado como lo iba Pablo Iglesias, y que se me perdone esta reminiscencia de viejo 'mirón' de lo que ha sucedido en este país durante las cinco últimas décadas: la formalidad del 'dress code' es algo que está en todos los manuales políticos, de izquierda y de derecha. Como lo está la educación de respetar los tiempos y el deber de lealtad para quien quieres, al menos en teoría --que yo creo que Iglesias no quiere--, convertir en tu socio.

Así las cosas, en un cálculo tacticista, Mariano Rajoy da un 'paso a un lado', sospechando que las conversaciones Sánchez-Iglesias, con el mal prolegómeno de la increíble rueda de prensa del secretario general de Podemos tras entrevistarse con el Rey, no van a discurrir del todo satisfactoriamente, por decir lo menos. Hay quien piensa que Rajoy se equivoca, porque Sánchez, dispuesto a todo con tal de conquistar el picacho de La Moncloa, se avendrá a hacer a Iglesias vicepresidente y a quien él diga ministro, que en esto andamos, en el reparto de cargos y no en la consolidación de programas regeneracionistas.

Pienso que Rajoy tendría que haber afrontado el reto, sabiendo que iba a perder en primera instancia; tendría que haber dado a conocer a todos 'su' programa de ofertas a los socios a los que quiere conquistar, y haber puesto muy difícil a Sánchez el decir 'no' a ese programa. Ya digo: programa desconocido por el momento, como desconocida es la plataforma sobre la que gobernarían PSOE-Podemos-IU y los demás que se adhiriesen de una u otra forma a ella.

Así que se prorrogan la incertidumbre y los plazos, a la espera de que, en sus conversaciones de este fin de semana, no precisamente difundidas por 'streaming', contra lo prometido, Iglesias y Sánchez lleguen a un acuerdo para el reparto del poder. O, a este paso, de los despojos, porque, mientras en la Villa y Corte siguen los juegos políticos, continúa el Gobierno en funciones, lógicamente funcionando al diez por ciento, sigue el Parlamento como sede de ruedas de prensa y nada más, mientras así están las cosas 'en Madrid', en Cataluña, en Bruselas, en el FMI, en el mundo, y en todo el resto de España, por supuesto, sigue pasando lo que sigue pasando, que para algunos es como si no pasara nada.


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