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La primavera en Rozalejo

Por Fernando Aranguren 29 enero, 2019 - 19:38

Dudo que los ocupas a tiempo parcial de Rozalejo no sepan qué son las bajeras. 

Varios okupas cuelgan una pancarta en el Palacio del Marqués de Rozalejo. IÑIGO ALZUGARAY
Varios okupas cuelgan una pancarta en el Palacio del Marqués de Rozalejo. IÑIGO ALZUGARAY

Para mí aún no están tan lejos en mis recuerdos: las alquilábamos un grupo de amigos para ver el fútbol de pago los domingos, para hacer una comida y su partida de mus obligatoria o para, simplemente, reunirnos con cualquier excusa bajo un techo que fuera nuestro y solo nuestro. Y en parte lo era porque pagábamos por estar allí. Trabajábamos los fines de semana o los veranos para autogestionar nuestro presupuesto. Ninguna de nuestras bajeras era un palacio en el Casco Viejo, pero tampoco se nos había pasado nada similar por la cabeza.

Ahora, al parecer, las cosas han cambiado y la idea de pagar por el espacio que se utiliza ha dado paso a la ocupación de edificios públicos con la coartada de hacer el bien para el barrio. Aún está por ver en qué se concreta el bien: si en el coste de los dispositivos de seguridad para desalojar el inmueble, en el precio de las obras de apuntalamiento o en la recaudación de los bares de la zona, sufridores de los efectos de otras tendencias transgresoras como el “muro popular” a un condenado por terrorismo que se celebró en su día, precisamente, ante la fachada de Rozalejo.

Ni mis amigos ni yo solíamos dormir en las bajeras, si no era por causa de fuerza mayor, por eso entiendo que los ocupas de Rozalejo se vayan a sus casas a dormir. A nadie se le puede exigir que sea ocupa a tiempo completo y menos aún en mi calidad de profesor que persigue, ante todo, que los alumnos descansen y al día siguiente vayan a clase. Sí, porque algunos de los que hoy ocupan el vetusto palacio forman parte del colectivo de 16.000 universitarios que hay en Navarra.

Por suerte, a la mayoría de ellos no se les ha ocurrido saltar por la ventana de un edificio, sino simplemente cumplir las normas compartidas en una sociedad que, con los índices económicos en la mano, es una privilegiada. Por suerte, la gran mayoría de los jóvenes navarros no han sucumbido a las llamadas de los grupos radicales a hacer la guerra por su cuenta y a tirar de la cuerda de un Ayuntamiento que antes los controlaba y ahora está dispuesto a abrir las puertas de edificios que son de todos con la vista puesta en las elecciones de mayo.

El circo puede continuar, incluso tensarse con la vista puesta en las urnas. Pero algunos creemos que el cambio está a la vuelta de la primavera y, cuando llegue, se acabará el chantaje: quienes ocuparán democráticamente el Ayuntamiento no les deberán nada a quienes hacen la política de la patada en la puerta.


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