Opinión / Sabatinas

Y todo lo demás también

Por Fermín Mínguez 23 junio, 2018 - 8:56

La semana pasada falté a mi cita semanal con ustedes, disculpen, pero fue una de esas veces en que la vida decide demostrar quién manda, y entonces todo pasa a un segundo o tercer plano.

Huellas en la arena en la orilla del mar.
Huellas en la arena en la orilla del mar.

Con la de juego que dio esa semana: el seleccionador cesado antes del mundial, el presidente del gobierno que vuelve a ser registrador, el marido de la infanta ingresando en la misma cárcel que Roldán. Aquí estamos una semana después todas esas urgencias, de esas noticias tan relevantes y tan históricas, que exigían una opinión, un posicionamiento, algún exabrupto y alguna frase lapidaria, ¿y qué ha pasado?

No ha pasado nada con Lopetegui al que una millonaria ficha le consolará la pena de no dirigir a la selección, Rajoy pasea por Alicante antes de ir a trabajar como procurador y Urdangarin ha entrado en una cárcel de mujeres a cumplir su condena.

Sólo les sigue importando a los afectados, a la primera persona, que en el caso de estos tres con su pan se lo coman. Aparecerán nuevas urgencias esta semana que borrarán las anteriores y nos moverán de un lado a otro de la opinión, y nos indignaremos igual por la libertad de los malnacidos de la manada que por la eliminación de la selección del mundial, y así nos va.

Seguiremos creyendo que lo importante es participar de la masa y estar por encima de nuestros contrarios en lugar de vivir lo cercano. Celebrando una mierda de victorias parciales como si nos hicieran mejores, dejando pasar momentos que no recuperaremos y que será demasiado tarde cuando los echemos en falta.

Claro que podría haber escrito ciscándome en Urdangarín y apostar por los “me gusta”, o enarbolar la bandera de la selección, o incluso borrar todo esto y reescribirlo hablando de por qué hay cinco animales descerebrados en libertad provisional y conseguir tropecientos compartidos y comentados. Pero no. Porque no me importan nada ni los personajes ni sus batallas, sino sus consecuencias.

Y las consecuencias, además de inevitables son siempre personales, quien la sufre es la persona que está al final de la cadena. No es la inmigración quien sufre a Trump, sino la niña de tres años a la que separan de sus padres en la frontera.

Por eso prefiero hablar de lo personal, de lo propio, de lo que tenemos capacidad de modificar. Lo que impacta en nuestras vidas y las puede hacer mejores, la propia y las ajenas.

En lo personal ganamos siempre, en lo genérico siempre ganan los mismos, porque son los mismos los que venden bombas y vendas, porras y banderas; en las fábricas de tiras y lazos la posición política varía de Pantone 123C  a 179c y punto.

Mientras militamos en bandos temporales, peones mil euristas de reyes millonarios, pero convencidos de nuestra importancia. Entonces, ¿merece la pena seguir insistiendo en que otro modelo es posible?, si realmente iremos de urgencia en urgencia sin pararnos en lo importante, ¿para qué hablar sobre qué es lo importante?, ¿qué es lo que nos sustenta?

Pues quizás no sea un qué lo que nos sustenta, sino un quien, o unos quienes. Los que nos sustentan. Cuando no queda esperanza, pero de la de verdad, no la que nos pide el telediario, nos mantenemos de pie por quienes nos sustentan.

Los que te sustentan te enseñan que lo importante es el tiempo que pasamos juntos, cada estupidez compartida, cada obviedad por la que no damos gracias porque pensamos que nunca dejarán de pasar. Y cuando faltan te enseñan que lo que no celebramos porque creemos cotidiano es algo absolutamente extraordinario, que alguien te quiera a diario es lo más extraordinario del mundo, y lo menospreciamos por habitual.

Y un día lo perdemos. Cuando la vida decide demostrar quién manda no pide permisos ni necesita explicaciones, te quita lo que creías tuyo por derecho y se acabó. Dejándote sólo el derecho al pataleo, a la queja dramática que es lo que se espera para dar la respuesta tipo.

Lo que nos sustenta no es la pena, sino la alegría, no es la queja sino el agradecimiento.

Son los besos, tu mano en mi cara como si la siguieses acariciando, las canciones compartidas, todos esos electros que convertimos en olas de colores que creímos que llegarían a la orilla,  las relaciones que creamos cuando ya no podíamos hablar. Lo que me sustenta son tus uñas rojas en ese mar de blanco clínico.

La sensibilidad sin drama, el sentimiento sereno, el lenguaje coloquial elevado por la experiencia diaria frente al recurso de usar palabras grandilocuentes y dramáticas.

El recuerdo positivo en  tu olor, tu tacto, nuestra voz. Buscando generar recuerdos nuevos y bonitos que poder agradecer.

No con la intención de llenar tú vacío, que ni quiero ni aspiro a llenarlo, sino para decorar sus paredes y poder ir a tumbarme dentro del agujero que me has dejado y mirar todo lo que construimos y sonreír o incluso a reírme cuando lo necesite. Ir haciéndolo cada día más cómodo para poder incluso llegar a vivir en él. No lo quiero cerrar, no podría, no lo mereces. A la vida se viene a vivir, y ahora toca vivir con agujeros.

Sólo se me ocurre dar las gracias en el día más triste que he vivido porque tengo la certeza que lo vivido contigo es absolutamente extraordinario. Porque sé que habrá quien en cuatro vidas no tejerá lo que tú y yo hemos tejido en cuarenta años, y esto no se puede perder sepultado por kilos de ira y quejas.

Que no se pierda, que lo pueda contar, que lo haga mío, que me obligue a compartirlo con otros, así transmitiré lo importante, te transmitiré, para que otros lo puedan agradecer, para que forme parte de los huecos que yo deje cuando me vaya para encontrarme contigo.

Eso es lo importante. De eso quiero escribir, de ser consciente de lo que vivimos, de agradecerlo, de transmitirlo. Sin pagar peajes de militancias impuestas. Sin el peaje del miedo. No se puede vivir pensando que no nos pase nada, ahorrando vida para cuando no podamos gastarla. Hay que vivir pensando el recuerdo que queremos dejar, la dimensión del vacío.

Solo tenemos seguros a los que ya han partido, decía Juan Carlos al despedirte. Esa es la derrota de la amenaza de la muerte, decidir quién se queda para siempre.

Nos prestó un corazón loco, que se dobla con el viento y se nos rompe, Cris. Nos prestó la pena de la despedida, sí, pero todo lo bonito, la capacidad para seguir también. Todo lo demás, lo que obviamos, todo lo demás también. Parecerá siempre el cielo donde estuve contigo.

Estas son las batallas que hay que luchar, las que importan a quienes nos sustentan.


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