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Opinión / Sabatinas

¿Todos, todos?

Por Fermín Mínguez 11 septiembre, 2021 - 9:12

Vaya verano este, ¿que no? No nos ha dado tiempo para hacernos expertos en un tema, que ya teníamos que ser expertos en opinar de la siguiente. Experto en todo y militantes en nada, y en la vida, queridas y queridos, se milita. Pasar de largo es poco noble y, además, no soluciona nada. ¿Pasan y leen?, arrancamos temporada, la quinta. Bonito número.

Recuerdo una historia que nos contaron en el colegio, y que mis compañeros de BUP Leyre en Pamplona espero que también, que se llamaba “¿Todos, todos?”, y que contaba como un niño preparaba su cumpleaños y cada vez que le pasaba la lista de asistentes a su madre, esta le preguntaba si estaban todos los que tenían que estar con un ¿todos, todos?, y aquello iba aumentando cada vez con más gente , hasta acabar invitando a todo el mundo. Todo el mundo en el sentido literal, no sé cuántos millones de personas. Siempre había una razón, buena claro, para incluir a más gente. Porque lo necesitaban, porque lo merecían, por lo que fuera, pero entraban todos.

La historia es bonita, por ese preocuparse por todos, pero hace que se pierda el foco en lo cercano y en las razones reales por las que al principio contaba con un grupo reducido de invitados. Pues bien, nos está pasando lo mismo que a la historia, pero cambiando invitados por causas.

Militamos en todas las causas, o eso creemos, pero sólo en las grandes, en las lejanas, dejando presente que nos indigna y queremos que todo el mundo lo sepa, pero ahí se queda. Tenemos una preocupación infinita, pero una actuación limitada, justica.

Qué mal Afganistán, ¿que no? Talibanes de mierda que quitan derechos e invisibilizan a las mujeres. Es una vergüenza que los Estados Unidos les abandonen así. Hay que escribir con violencia en las redes mensajes claros mientras esperamos a que nuestra mujer nos traiga la cena o ponga la lavadora. Putos talibanes, ¿que no? Seguro que si los tuvieras delante les metías dos guantazos y les enseñabas lo que vale un peine. Claro que sí, pero mientras tanto mejor que vayan los americanos a que les maten, que son muchos. Y ya decidiremos si son invasores o son libertadores según el país nos convenga o no, pero que se maten ellos mientras pedimos otra cerveza, y con la tercera ya podemos comparar el extremismo talibán con el islamismo y acabar llamándoles moros de mierda a todos y solucionado. Algo tendrán de culpa seguro.

Oigan, ¿y lo de la homofobia? Terrible, ¿que no? Pero es terrible sólo lo del chaval al que mataron en A Coruña. Si, hombre, el chico ese. Seguramente ni nos acordemos de que se llamaba Samuel. Fue terrible también lo del chico de Malasaña (al menos unos días), ante esas animaladas nos rebelamos, nos pintamos la cara arcoiris, nos indignamos mucho y, sobre todo, sobre todo, no lo olviden, contamos que tenemos un amigo gay, que es el escudo protector contra la homofobia. Podemos decir amigo marica, que puntúa más. Eso sí, en el día a día, en las conversaciones cotidianas, podemos seguir discriminando y haciendo de menos a quien os brote por su condición sexual. Podemos seguir quedando con ese amigo unineuronal pero simpático que hace bromas pesadas y comentarios homófobos encubiertos porque como “él es así”, “es gracioso” y esas cosas, pues le corregimos con una sonrisa maternal, pero le seguimos dando espacio a él y a su mierda homofóbica. 

También es terrible el tema de abusos y violaciones, ¿que no? Dónde vamos a parar. Monstruos terribles que viven entre nosotros. Habría que matarlos a todos, pero como la ley no nos deja, tendremos que quejarnos, pero quejarnos fuerte, que no se crean que somos unos pusilánimes (preciosa palabra), metemos algún “hijo de puta” en el tuit, y sazonamos con “escoria”, “basura”, “si te pillo te mato”. Es lo que merece esa gente. Los monstruos que, por supuesto, siempre han sido así, monstruos, nunca ese vecino encantador del que nada sospechábamos. No ha habido un momento en que algunos de ellos hayan sido socialmente aceptados. Gente que nunca ha oído que si vistes provocativa es que algo estás buscando, que claro, si sales a tomar dos copas y vuelves a casa sola te pueden pasar cosas, que ya se sabe que a un hombre le cuesta más aguantar sus impulsos, y esas cosas. Eso ni lo hemos dicho nunca, ni lo pensamos, ni lo hemos compartido facilitando que a alguna alimaña ciega de anís le dé por ponerlo en práctica, claro. Nosotros no hemos hecho eso, estamos muy ocupados peleando en las grandes ligas de la liberación mundial, el empoderamiento femenino y el respeto entre creencias como para molestarnos en cosas menores del día a día.

Nosotros hemos venido a salvar el mundo, las personas que se salven solas. Para que preocuparnos por el maricón de al lado, el vecino morito o la cerda de la hija de nuestros amigos, pudiendo luchar por el fin de la homofobia, el conocimiento del Islam o el empoderamiento global de la mujer. Para qué intentar cambiar la sociedad en lo cercano si podemos compartir un hashtag potente con nuestros quince seguidores, ¿eh?, ¿para qué?

Los cambios se producen en lo pequeño, se propagan, y consolidan cuando una mayoría comparte unos mismos valores. Esto puede ser peligroso porque dependiendo del valor defendido, la balanza se inclina a un lado o a otro. Es nuestra responsabilidad decidir por qué valores queremos apostar, y qué mayoría queremos promover, y eso se hace desde lo cercano, generando espacios donde no crezca el odio ni el rencor. Porque no olvidemos que hay personas a las que esta defensa de valores sociales y derechos básicos les está costando la vida como para que nos lo tomemos a broma. Las mujeres que se están manifestando en Kabul a cara destapada sí que le están echando valor y riesgo, y no tu puñetera foto de perfil.

Hay una frase del premio Nobel de literatura francés, André Gide, que me encanta: “Hay muy pocos monstruos que estén a la altura del miedo que tenemos de ellos”. Pues eso.

Oigan, como arranque ya estaría, algo enfadado quizás. Y eso que no hemos hablado de la luz…

Encantado de reencontrarles, y, ya saben, sean buenos pero, sobre todo, sean felices.
 


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