Opinión / Sabatinas

Soledades y libertades

Por Fermín Mínguez 01 marzo, 2019 - 23:54

La noticia decía que, en Japón, las personas mayores están delinquiendo para que las metan en la cárcel y así no estar solos y garantizarse un lugar donde vivir. Compañía a cambio de renunciar a su libertad decía en un tono dramático. El asunto lo es, pero ¿cuál es la verdadera libertad?

Un hombre, solo en un banco de la calle.
Un hombre, solo en un banco de la calle.

La noticia no tenía desperdicio en la forma, se lo aseguro. Decía también que la soledad de las personas mayores es una consecuencia de nuestro tiempo. Y yo pensaba en la mala suerte que nos ha tocado por tener este tiempo tan cabrón, que ya nos podía haber tocado otro tiempo más generoso que no decidiera dejar solas a las personas, y castigarlas con el olvido cuando ya no las considera útiles. Como me encuentre a nuestro tiempo por la calle, les prometo que le arranco la cabeza por desconsiderado, egoísta y cruel. Qué se habrá creído, engreído, seguro que va por ahí mirando por encima del hombro diciendo “siy niistri tiimpi” mientras deja sola a la gente. Seguro que también hace cosas malas nuestro tiempo, como echar droga en el colacao a los jóvenes inocentes, lo veo, fijo.

Otra cosa sería que no dependiera de nuestro tiempo, sino que fuéramos nosotros, las personas, los que decidiéramos atajar el problema de la soledad que castiga todas las estructuras de la sociedad. Pero no es así, ¿no? Seguro que si cada uno de nosotros pudiéramos visitar con frecuencia a cercanos que viven solos o tienen poca red social, preocuparnos por ellos, lo haríamos sin dudarlo. Ojalá dependiera de nosotros y no de nuestro tiempo, ¿no les parece?

Hubo algunas cosas más que me preocuparon de la noticia. La primera que centrase el problema de la soledad en las personas mayores, como dando más pena, cuando el problema de la soledad afecta a cualquier edad. Claro que es más visible en personas mayores, pero creo que es por un tema de supervivencia. Uno cuando envejece va perdiendo referentes, amigos, familiares, queridos y queridas y viaja cada vez más ligero de afectos. Y eso es una pena, porque la soledad se construye de ausencias, cada vez son más los que se van y menos los que vienen, porque los tiempos de otras generaciones son diferentes y supone un esfuerzo mantener los puentes, y hay quien no quiere hacer ese esfuerzo.

Es una soledad por disfunción, o por falta de utilidad, y eso sí que es cruel. Medir a las personas en términos de su aportación a nuestras necesidades es mezquino. El ritmo de vida que nos marca nuestro tiempo se rige por la utilidad de ese tiempo, por la productividad que le sacamos y deja fuera los aspectos menos productivos como regalarse pausas, formarse para mejorar, conocerse o prestar atención a los otros. De hecho a las actividades altruistas las llamamos voluntariado, las tenemos que justificar, cuando tendrían que ser una parte más de la rutina diaria. A dedicar tiempo a lo bonito se le llama vivir, el resto es sobrevivir en el mejor de los casos.

Quizás me estoy viniendo muy arriba, pero a la posibilidad de poder elegir lo que uno quiere hacer son su vida a la forma de vivirla, a esa capacidad de elección en sí misma es lo que se llama libertad.

En una canción Calamaro, quién si no, se hace la pregunta que abre esta columna sobre cuál es la verdadera libertad “si es la que conoce el preso, o es una forma de practicar la verdad salvaje”, una disyuntiva entre la situación pasiva de tener libertad o la elección activa de ser libre.  Esto no es un tema menor. Este mes he tenido alguna conversación sobre libertad y libertades que todavía estoy procesando y que cuándo las consiga digerir me gustará compartir con ustedes, pero de momento les diré que no estoy de acuerdo con el enfoque de que los mayores japoneses “renuncien a su libertad” a cambio de compañía. La libertad no es un concepto relacionado con estar privado de movimientos, sino con tener el mayor control posible sobre la propia vida. Un japonés mayor obligado a buscarse las castañas para subsistir sin tener nadie en quién confiar es infinitamente menos libre que uno que subjetivamente se siente seguro, cuidado y en compañía de otros. No están renunciando a su libertad, sino que la están ejerciendo de una forma desesperada. Lejos de ser un argumento tranquilizador da escalofríos. Estoy seguro de que nadie tiene en la cabeza jubilarse en una prisión como éxito vital, y que lo que sería un fracaso personal en mi yo de  hace cuarenta años se convierta ahora, en la vejez, en un mal menor es una desgracia monumental. Nuestro tiempo no nos está haciendo renunciar a la libertad, nos está empujando a renunciar a vivir.

Pero vamos, y esta es mi última crítica a la noticia, esto pasa en Japón. Muy lejos de aquí, pobre gente. Otra cosica somos nosotros, que dedicamos el tiempo suficiente a cultivarnos y a cuidar a los nuestros, a agradecer lo que han hecho por nosotros, a entender que es muy útil dedicar horas a la creación de un proyecto laboral que nos dé de comer y nos permita pensar en el largo plazo, pero que también lo es escuchar a quien nos quiere desde antes de que fuéramos tan importantes como para no tener tiempo que dedicarles.

Porque quizás exista otro tiempo esperando donde jubilarse haga honor al origen de la palabra y sea un júbilo porque hayamos dedicado el tiempo suficiente a cuidarnos y cuidar para no ser juzgados por lo útiles que somos sino por todo lo que hemos sido, ¿se lo imaginan? Un tiempo donde no sea demasiado tarde cuando nos demos cuenta de esto y solo nos quede echar de menos. A lo mejor se puede cambiar nuestro tiempo por vuestro tiempo, porque al fin y al cabo el tiempo nunca lo podemos controlar, así que nunca será nuestro. Mejor regalarlo que atesorarlo, mucho mejor.

Nosotros sabremos.


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