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Opinión / Sabatinas

Saldremos más fuertes

Por Fermín Mínguez 15 enero, 2022 - 12:05

No sé ustedes, pero yo de momento me conformo con salir de este dejà vu de restricciones y confinamientos, de protocolos en los que lo único que queda claro es que te las tienes que apañar como puedas. Si tienen hijos confinados, ya saben de que hablo…

Esta puede ser una de las pocas cosas que nos igualen a los españoles, la redacción de normas por parte de las autoridades en las que no queda claro lo que hay que hacer y toca apañarse. Esas redacciones normativas que parecen redactadas por un legalista, un filósofo, un matemático y un mono, ¿las reconocen? El legalista cita las leyes y normas vigentes, “según la OMS, y la sentencia tropecientos barra tal de nosequé año…” El filósofo añade algún axioma del tipo “si A es B, pero ha sido C en algún momento, entonces es posible que D y E sean A, pero sólo a raticos durante siete días…” El matemático cruza posibilidades estadísticas del palo “si el número de afectados es superior al 20% del total, siempre que este total sea inferior al tiempo de control de los últimos tres días cuando el inicio sea en martes…” Y al final aparece el mono, lo mezcla todo y lo cierra con un “esto es así, siempre que no sea todo lo contrario, siendo la decisión final responsabilidad del ciudadano/a”, o incluso ciudadane. Que las normas ayudar no ayudan, pero inclusivas son un rato. 

Así que después de tres horas de interpretación en familia, con amigos y con ese oráculo de Delfos que son los chats escolares, lo normal es encontrarse con un test positivo en las manos, una hija asintomática y aburrida delante y una estupenda jornada laboral por delante. A esto, en lugar de llamarlo marrón del quince, se le llama teletrabajo.

Que yo pensaba que teletrabajo era poder trabajar a distancia, que en lugar de ir a la oficina, uno decidía quedarse en casa, o hacerlo desde un lugar tranquilo a las afueras, en el campo, donde poder concentrarse y rendir más y mejor. Pero no, teletrabajo parece que es trabajar lo mismo que en la oficina, con medios propios y a la vez que gestionas el caos del día a día que provoca un confinamiento. Para ayudarles, y mucho, oigan, tienen a su disposición todo un abanico de apps que no funcionan, Radar Covid siempre en nuestros corazones, webs de apoyo colapsadas y un sinfín de contestadores automáticos o líneas telefónicas con música infernal de Kenny G, que te animan a seguir esperando mientras minan tu moral a base de saxofonazos destrozando clásicos. La otra opción es el Para Elisa de Beethoven o Titanic tocado con ocarina. Ya se arranca el día predispuesto al rencor, y así no se puede. También están a nuestra disposición, como ayuda, los hashtags del buenrollismo, por si los necesitan…

En este estado arranca la jornada laboral con una reunión por video a las nueve de la mañana. Reunión generalmente innecesaria si estuvieras en la oficina, o que se podría resolver con dos correos, pero como es teletrabajo, hay que tele reunirse, solo faltaba. Y ahí estas tú, en pantalón de pijama y zapatillas, pero con una camisa preciosa, elegido el fondo con cuidado porque, al igual que tú, el resto de las personas en la reunión van a estar más pendientes de qué se ve detrás de ti, y de cómo salen ellos en pantalla, que de lo que allí se dice. A tu hija confinada ya la has enchufado a algún canal infantil y convenientemente amenazada de que si no está en silencio podrá perder postres, juguetes o incluso la cabeza dependiendo del nivel de interrupción que cometa. Padre del año, piensas, si aparecen Servicios Sociales les diré que estaba siguiendo el protocolo, total, tampoco lo van a entender.

Tras media hora de reunión donde los participantes nos hemos quejado, contado quien está peor, enseñado algún adorno, horroroso seguro, que tenemos por casa, hecho saludar de forma estúpida a mascotas que no nos interesan o hijos que nos caen mal, compartido alguna gracia con la taza de café y soportado el típico comentario de “qué suerte que tenemos, ¿eh?, poder currar desde casa a tu ritmo, con tu cafetito…” Me cago en tus muelas”, piensas mientras sonríes encantador, en tus muelas y en tu taza de Mr. Wonderful con motivación de mercadillo…

Es ahora, cuando empieza la reunión seria por fin, que tu hija decide decirte algo, pero como le has dicho dulcemente que como abra la boca acabará en Alcalá Meco, te lo intenta explicar con gestos. Así que se pone detrás de la pantalla, pero no sabes si quiere explicarte algo o le está dando un ataque epiléptico y te preocupas hasta que ves que ahora lo que hace es el paso del robot y se parece más Michael Jackson en Bad que a una enfermedad que debuta, y le has puesto cara de “¡basta ya!” para que pare. Funciona y te contesta con un gesto de hombros, que no anticipa nada bueno. Pero en ese rato de distracción te han preguntado algo en la reunión justo cuando ponías la cara de asesino… “¿todo bien?, estás distraído, no tendrás la tele puesta en horas de trabajo, ¿verdad?” Pregunta el gracioso de la taza ante el alborozo del resto. Lo visualizas con la taza incrustada en el píloro y eso te tranquiliza. “Disculpad, la niña…”, sonríes. Pero no le parece del todo bien, en fin. “Yo tengo dos perros y no me molestan”, pone como ejemplo. ¿Cabrían dos perros por el píloro?, te preguntas mientras sonríes disculpándote.

En esto se oye un ruido tremendo a tu lado. “¿Todo bien por ahí?”, “sí, sí, el vecino que está de obras...”, dices, porque decir que tu gato ha decidido que es buena hora para subirse a las cortinas y cargarse la barra, es dar mucha información. Pero ya estás nervioso otra vez. Tu hija intenta explicarte que eso es lo que te quería decir, pero ahora no sabes si está dando indicaciones para que aterrice un avión o le está dando un ictus. Le ladras un basta con voz de Darth Vader a la vez que te das cuenta de que no has silenciado el micro… “A ver si nos concentramos, por favor, que estamos trabajando…” Vas a contestar que su pu… pero suena el portero automático, que como bien saben, los han diseñado para que el timbre sirva tanto para avisar de que alguien llama como para hacer de alarma nuclear. Amazon decía que estaba a siete paradas, y confiabas en acabar la reunión antes, pero por lo visto te ha tocado The Flash como repartidor. La reunión está en fase de despedida, y lo que se cerraría perfectamente con un adiós se convierte en un chorreo de deseos, guiños, bromitas y, para colofón, el imbécil enseñando la taza mientras nos recuerda que hay que sonreír a la vida. “Jajajaja, venga adiós”, dices mientras cuelgas a toda prisa para llegar a la puerta a la vez que te llega el mensaje de “Intento de entrega fallido. No estaba usted en su domicilio. Puede pasar a recoger su paquete mañana de 9 a 13 horas por nuestro almacén situado en Chichinabo Norte, a las afueras”. Perfecto. El material para hacer hoy las tareas de casa de tu hija volando al extrarradio… A ver dónde encuentras ahora las típicas cosas del cole, como ceras naturales, goma eva ecológica, purpurina de brillo medio, dos cilindros de tungsteno, una esfera de vibranium y tres pelos de unicornio, necesario todo para hacer un dibujo de un paisaje de otoño… Bronca con tu hija, que ha recuperado la posibilidad de hablar y está haciendo un drama sobre su confinamiento, que no le escuchas, y que nadie le entiende, anticipando una adolescencia que da mucho miedo…

Y sólo son las diez de la mañana, amigos, sólo las diez. Pero ya has conseguido quedar mal con tus compañeros, defraudar a tu hija, perder un envío, desear la muerte del gato y trazar siete formas de infringir dolor a una persona con una taza motivadora. No está mal teniendo en cuenta que ahora empieza tu jornada laboral, que no perdona la carga de trabajo que te has comido en la reunión, mientras haces la intendencia del día a día de casa, claro.

Pero no se olviden de que #saldremosmejores #todoirabien #juntospodremos #hayunamigoenmi #yotengoungozoenelalma #amigosparasiempre y demás ánimos que, ¿saben dónde estarían mejor? Efectivamente, en el píloro de alguien.

Pues eso, que más nos vale echarnos una mano entre nosotros, como suele ser habitual, y asumir que saldremos adelante, claro, pero sin mucha ayuda oficial y, por supuesto, bastante peores…

Ya saben, sean buenos pero sean felices. Y no rollo speech motivador, si para ser felices hay que cometer la bondad de que alguien se trague una taza, adelante.

Sonrío.


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