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Opinión / Sabatinas

Reite

Por Fermín Mínguez 27 febrero, 2021 - 10:30

Sí, así estaba escrito, en ese navarrismo puro sin tilde en una pared frente a la salida de una discoteca de Pamplona. “Reite, cojones” era la pintada completa, seguro que alguien más de mi quinta se acuerda, quizás sea el momento de volver a pintarla.

Dos personas dan de comer a las palomas en la Plaza del Castillo de Pamplona durante la pandemia de coronavirus. MIGUEL OSÉS
Dos personas dan de comer a las palomas en la Plaza del Castillo de Pamplona durante la pandemia de coronavirus. MIGUEL OSÉS

Recuerdo perfectamente salir de Reverendos, así se llamaba la discoteca, y fijarme en la pintada. Fijarse en la pintada no era un buen indicador porque solía significar que esa noche ya estaba todo el pescado vendido y que tocaba volver a casa. Eran esos años en los que la luz del amanecer no te parecía ni bonita, ni motivante ni el comienzo de un nuevo día, sino todo lo contrario, era un destello cegador que te informaba que se acababa el día anterior y que ya habías jugado tus cartas. Qué cosas como cambian los tiempos con el tiempo, ¿no les parece?

En fin, que cuando salía de allí, cansado y sin ganas de cerrar, y veía aquella pintada sonreía siempre. “Reite, cojones”. Me imaginaba a una versión de Banksy de tierra Estella, espray en mano reivindicando la alegría, que esto a veces es mucho más difícil que reivindicar dolores y penas. Y lo consiguió, al menos en mi caso, que más de veinte años después (ay, de veinte en veinte cuento ya…) sigo acordándome y sonriendo.

El otro día en un post profesional de LinkedIn, que también hago cosas serias, oigan, escribía que la forma en la que enfocas tu proyecto profesional impacta directamente en la forma en que prestas el servicio, o entregas el producto. Aquí vendría una frase de Coelho sobre semillas alegres y flores bonitas, pero es más sencillo, de verdad. Si se es un agonías, un triste o un cenizo (agoníos y ceniza para los sensibles; triste se salva), lo lógico es que eso se traslade a la forma de relacionarse, de producir, y hasta de prestar el servicio. Esta era una queja muy habitual de algunas tiendas históricas en Pamplona, por ejemplo. Recuerdo el día que acompañé a una amiga a mirar ropa para un evento y la dependienta nos recibió con un “no sé yo si podréis pagar esto…” Y así no se puede.

Un año de pandemia llevamos ya, un año entero. Un año de nuestras vidas hipotecado a la prevención, al confinamiento y a la no relación social, y esto hace mella en cualquiera, y cualquiera somos todos. Me dio esta semana por releer los artículos previos a la llegada del miedo, y, aunque había de todo que es lo que nos define a quienes vivimos en el Dragon Khan de la emoción, la mayoría eran alegres, más positivos, menos queja, o al menos había menos queja en gris y más positiva. Me reí releyendo aquel viaje en taxi de Alicante a Murcia en manos del azar, por ejemplo. Luego me fui a redes sociales y retomé mi historia de amor con RENFE, ese ni contigo ni sin ti ferroviario, esas dos veces que llegué tarde y me colé directo al tren (con billete, eso sí) y las dos veces tuvo que ser con el mismo revisor, un abrazo, Antonio, que me riñó como si fuera mi padre.

Y no es que la vida fuera más divertida, que también, sino que la esperaba con más alegría. Lo bueno de la alegría es que como la piel, y los ex, tiene memoria, y en cuanto la buscas se activa, se eriza en la piel, y lo hace sin rencores, siempre esperando. Es más maja. Me gustó volver a reírme por lo que me reía antes, y empecé a recordar risas pre-pandemia. Y, oigan, había un montón. Todas las de RENFE, como aquel señor que pedía en el bar portátil un caldito y una tortilla francesa como si aquello fuera Glovo; el gitano que amenazaba con tocar la guitarra en el vagón del silencio (fan total) y me pedía palmas. O aquel día que se estropeó la megafonía en el avión y el capitán salió con un megáfono de todo a cien, rojo, y empezó a gritar “que no me graben” cuando nos vio a todos con el teléfono. Recordé los partidos de rugby con Gòtics, jurando que sería el último de lo que dolía al día siguiente pero volviendo otra vez a por mi dosis de felicidad. Recordé aquel viaje a Vic donde me intoxiqué por ósmosis y solo recuerdo a mi copiloto riéndose sin poder parar mientras señalaba la salida anterior diciendo “era esa, era esa”. O aquel día, que se complicó un poco, volviendo del Magic con desayuno a casa, cuando me junté con un vecino mayor y encantador que me dijo “hasta los domingos madrugas, ya no quedamos muchos así…” O el numerito familiar con la piscina de burbujas en Alquezar. Podría seguir hasta llenar diez páginas de alegrías cotidianas. Y estoy seguro que ustedes podrán llegar hasta veinte.

He de decir que me reí mucho esa tarde recordando la vida que teníamos, y esto lo digo sin melancolía ninguna porque sé que es la vida que me espera, que les espera en la puerta. Porque de esto saldremos, o vacunados y protegidos, o conscientes de que habrá que asumir los muertos, como asumimos que hay otras enfermedades mortales pero intentamos pensar que a nosotros no nos tocará y nos permitimos ser felices a ratos.

No saldremos de esto juntos, que va, saldremos cada uno como pueda, como ha pasado siempre, y ya que saldremos tocados, porque eso sí es seguro, al menos mejor riéndonos, ¿no creen?

Ser prudente, solidario, responsable, limpio, (no sé si me dejo algo), obediente, a distancia y con mascarilla no está reñido con ser alegre, porque, ¿saben qué?, la alegría además es disruptiva, no es fácil de controlar y es contagiosa. Y en la disrupción es donde nacen siempre las oportunidades, fuera del control de terceros. La alegría es revolución, siempre. Y pobre del que quiera robarnos la ilusión.

Así que, si me permiten, me gustaría cerrar con una frase profunda y poética: REITE, COJONES

Sonrío


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