Opinión / Sabatinas

Quién sabe dónde

Por Fermín Mínguez 31 octubre, 2020 - 9:07

Una de las mayores alegrías que me dan estas Sabatinas es la interacción con ustedes, con personas que las leen y contactan conmigo. Algunas desconocidas que ya empiezan a dejar de serlo y también hay otras que se reactivan, y esto es emocionante, les cuento.

Paco Lobatón, durante uno de sus programas de ¿Quién sabe dónde?
Paco Lobatón, durante uno de sus programas de ¿Quién sabe dónde?

Seguramente muchos de ustedes recuerden este programa de televisión que se emitió en los 90, presentado por Paco Lobatón, donde el objetivo era encontrara a personas desaparecidas. Aquello empezó como algo muy serio y terminó pareciendo una página de contactos de las desapariciones.

La dinámica era sencilla: se presentaba el caso, se contaba la historia se activaba la búsqueda. Seguro que había mucha estructura por detrás, porque el afán de la gente por salir hacía que vieran a desaparecidos por todo el país. Algún día hablaremos del fascinante mundo de los testigos de hechos en televisión, ese minuto de gloria mágico, pero en fin, que el tema era ese, se presenta un caso y se pide colaboración ciudadana para resolverlo.

¿Qué por qué les cuento esto?, pues porque quiero empezar una serie de quiénsabedondes con mis sabatinas. Aprovechar que ustedes las leen par ver si consigo encontrar a gente de la que me acuerdo con frecuencia, pero que ya no tengo ni idea de qué ha sido de sus vidas, ¿me ayudarán?, ¿juegan?

¿Ustedes se acuerdan mucho de personas con las que ya no tratan? Yo lo hago con frecuencia, en lugar de ir liberando recuerdos para no castigar mis capacidades cognitivas, sigo cargando, entre imágenes y personas mi vejez va a ser una juerga de demencias mixtas, en fin. Pues eso, que me acuerdo de mucha gente de repente, personas latentes me gusta llamarlas, que son esas personas que alguna vez estuvieron en tu vida de forma activa y que, por la razón que fuera, dejaron de estarlo pero dejaron alguna huella que hace que vuelvas de vez en cuando a pensar en ellas.

Les cuento dos ejemplos de esta misma semana. Después de la Sabatina del sábado pasado bastantes de ustedes me escribieron, siempre por privado, hay que ver como son ustedes de discretos. Me gusta esta reacción cuando hablo de temas personales, es curioso como lo personal tiene respuesta personal, y cuando es más profesional, la respuesta es en LinkedIn. Sonrío. Pues bien, una de estas personas que contactó conmigo fue Marisa. Marisa y yo estudiamos juntos un máster hace, ay, veinte años en la Autónoma de Madrid.

Siempre nos llevamos bien entre otras cosas porque tenemos un humor puñetero similar. Lo cierto es que podíamos llevar sin vernos alrededor de diez años, sin hablar algo menos pero no se crean, y el domingo estuvimos casi una hora al teléfono. Dejamos el país ordenado, con un ordenamiento político perfecto, reestructurado el tema sanitario y aprendidos dos o tres consejos vitales que guardé bajo la alfombra del corazón para cuando toque utilizarlos. Y nos reímos mucho. Cuando colgué mi mujer me preguntó con quién hablaba, y le contesté que con una compañera del máster, tan normal, como si estuviera en marzo del 2000. Luego me fui a peinar el flequillo y la frente despejadísima me devolvió a 2020 de un plumazo…

Me encantó saber lo fácil que recuperas sensaciones y contacto con gente a la que has querido y que han significado algo para ti por la forma en la que estuvieron a tu lado, por su aportación a la persona que has ido construyendo. Nos prometimos seguir en contacto Marisa y yo, que seguro que no es tal y como lo dijimos, ya saben como es esto del te llamaré, pero no tardaremos diez años seguro. Nos sentamos bien, y eso hay que promoverlo.

A la vida, que recuerden que no es nuestra, me da la sensación de que le gusta jugar a ponerte delante de lo que has sembrado cada cierto tiempo. Como si se dejara el bigote de Paco Lobatón, eso sí que era vivir en un Movember continuo, y te enfrentase con lo que dejaste atrás, por eso es tan importante intentar hacerlo bien. Porque a lo que llamamos casualidades, en una forma de intentar eludir responsabilidades personales, quizás solo sean consecuencias o causalidades. Acción reacción, esto sí funciona.

La otra causalidad de esta semana sí que suena a casualidad total. He comenzado una nueva aventura profesional que me tiene encantado, y en la primera toma de contacto viendo la estructura de la empresa, sus herramientas y demás apareció el nombre de Isabel, con apellidos claro, y comenté que había una chica de mi clase en EGB (la ESO buena, millenials) que se llamaba igual. “Pues diría que es de Pamplona” fue la respuesta. Venga ya, ¿treinta años después voy a encontrarme con una compañera de clase en Barcelona? Pues sí. Era ella. La última que nos vimos seguramente fuera en el patio de Ursulinas.

No tengo ni idea de si nos hubiéramos reconocido por la calle, pero nos reencontraremos en la oficina cuando el bicho nos deje. Los nombres que recordaba siguen siendo mis amigos hoy en día, y la posibilidad de reconectar con una parte que empezaba a estar sepultada en el cajón de la memoria me hace mucha ilusión. No por esa estupidez de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque no es así, cualquier tiempo pasado fue pasado y punto, sino por entender bien lo que ha conformado la persona que soy. Algunos tiempos fueron mejores y otros no, no sé ustedes, pero yo tengo tiempos pasados con media melena y pantalones amarillos que preferiría olvidar…

Se me da bien la gente, me gusta mucho escuchar, preguntar y relacionarme, pero mucho, y esta semana me ha hecho pensar en que sería bonito recuperar a algunas que tengo descontroladas aun a riesgo de encontrarme algún susto, pero aquí hemos venido a jugar. Así que he decidido empezar una serie de Quién sabe dónde en las sabatinas, donde de vez en cuando les contaré alguna historia de alguien que tengo perdido para ver si me ayudan a encontrarlo, ¿les parece? A ver si algunas personas latentes se convierten en personas patentes. Puede ser divertido.

Al final siempre son las personas lo que quedan, las que cuidan, las que quieren y las que duelen, lo permanente es lo que no podemos cambiar porque lo hemos vivido, aunque ahora consideramos importante lo que se puede cambiar. Es más importante tener determinado teléfono que lo que podemos hacer con él, que es llamar. Priorizamos posesión frente a vivencia, y aquí, queridas y queridos, además de a jugar se viene a vivir. Ya les iré contando como sale, pero voy a probar a descruzar vidas.

¿Juegan?


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