Opinión / Sabatinas

Pandemials

Por Fermín Mínguez 19 septiembre, 2020 - 9:22

El otro día escuché que se referían así a los niños que están padeciendo los efectos de la pandemia, y a los que han nacido en ella. Me parece fatal que además de amargarles la vida, les pongamos un nombre para que no se les olvide. No puede ser que sólo vivamos para el bicho.

Una docente saluda a una alumna durante el primer día de clase. EFE/Biel Aliño
Una docente saluda a una alumna durante el primer día de clase. EFE/Biel Aliño

El otro día quedamos con una amiga de mi hija que se cambió de cole y hacía un año que no veíamos. Y allí estábamos preocupados los adultos hablando de como nos cambia la vida, y los riesgos que tiene esta COVID, y que ya nada será igual que antes, acuérdate de lo fácil que era todo y ahora mira, una pena todo.

Mientras tanto las dos niñas ya habían empezado a jugar y estaban haciendo lo mismo que hacían hace un año pero con mascarilla y sin compartir juguetes con otros niños. Pero jugaban ajenas a nuestras preocupaciones y miedos. Se estaban poniendo al día y la pandemia no entraba en sus planes. Les cuento esto porque quizás le estamos dando un espacio que no le toca a esta situación. Claro que hay que tener cuidado y seguir las recomendaciones básicas, pero una vez que se cumplen toca vivir.

Igual hay que vivir adaptando algunos hábitos y teniendo más cuidado con otros, pero ser cuidadoso no significa ser temeroso. De hecho la RAE de mi corazón define cuidadoso como atento y vigilante, que es como debe estar uno ante una situación como esta. Pero atento y vigilante son palabras bonitas, positivas, que denotan una actitud proactiva ante el riesgo, lo espero, no dejo que me sorprenda. Sin embargo para temeroso elige palabras feas como medroso e irresoluto, para definir a alguien cobarde, miedoso e indeciso, una birria humana, vamos. Pero estos miedosos tienen una cara oculta que a nuestra RAE no se le escapa, también dice la RAE que causan miedo. Lo tienen y lo provocan. Y en eso estamos ahora, refugiándonos en el miedo como si este nos fuera a sacar de algo.

El miedo es el enemigo de la imaginación y el asesino de la alegría, y sin alegría no se puede vivir. Yo que soy mariobenedettista militante y radical no puedo quitarme de la cabeza esa maravilla que es Defender la alegría, donde pide que se defienda a la alegría de todos sus enemigos, incluso de la alegría misma. Es importante que no lo perdamos de vista. Estamos en una pandemia, sí, pero esto no significa que no haya resquicios para la alegría en cada rincón. Como esas flores raras que crecen en las aceras de la canción de El último de fila, que buscan cualquier resquicio en el asfalto o en el hormigón para salir adelante. Seamos responsables pero no miedosos.

No nos neguemos la capacidad de salir adelante no solo a pesar de esto sino también con esto, No le demos a esta pandemia y a este virus más espacio del que ya nos están quitando. No puede ser que enfrascados en conversaciones sobre virus y contagios de los que todos somos expertos ahora, nos perdamos que la vida sigue latiendo o jugando delante de nuestras narices.

Parece que nadie sabe bien lo que hay que hacer con todo esto, y que al final seremos los ciudadanos de a pie los que tengamos que arrimar el hombro, como casi siempre vamos. Los que nos quedemos en casa con los niños confinados mientras alguien debate largo y tendido sobre qué hacer con los niños confinados. Los que tengan que ir a trabajar en transporte público, porque es peligroso cogerlo pero no para ir a trabajar. Pues ya que es una solución individual, pongamos todo lo que esté en nuestra mano para protegernos de forma individual y ayudar a que otros no se contagien, pero no caigamos en la trampa del miedo.

No dejemos que esta grisura de pandemia nos llene de ceniza el presente y muchos menos el futuro. No renunciemos a derechos y libertades por miedo a algo que seguro que controlaremos. Démonos alegrías.

Por mi parte me comprometo a que este sea la última Sabatina que le dedico a esta mierda si no es en positivo. Pienso escribir sobre lo bonito, que para eso está, y no sobre lo urgente que es todo y los sacrificios que toca hacer. Es en este caldo de cultivo del miedo donde acabamos recelando los unos de los otros y perdiendo costumbres bonitas y sobre todo afectos necesarios. Miren, el otro día estuve con unos amigos, negativos confirmados todos y no nos abrazamos ni con mascarilla, hasta que nos dimos cuenta de que podíamos hacerlo y fue más reconfortante que todo el tiempo anterior.

Voy a ser feliz con mascarilla y con distancia social, y con las manos desgastadas de geles pringosos que cada vez huelen peor incluso. Basta ya de pedagogía del miedo, de moriremos todo y arderemos en el infierno. Toca empezar con la pedagogía proactiva, con la de de ti depende mantener al virus a raya. Con las medidas de profilaxis adecuadas. Pero también con una alimentación saludable y con la alegría, que la alegría también cura.

Y aquí acaban mis reflexiones en bucle sobre la pandemia, mis críticas políticas a la gestión de la misma y los comentarios a los avances técnicos porque nada de esto depende de mí. Y voy a poner el foco en lo que sí puedo hacer y no depende de ningún político iluminado: protegerme y ser feliz. Y a estar atento y vigilante para recuperar cada espacio de libertad que me han ido comiendo a justificaciones de pandemia.

¿Juegan? Alegría, y fin de pandemials.


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