Opinión / Sabatinas

Otra vez

Por Fermín Mínguez 23 febrero, 2019 - 9:45

Parece que en abril hay elecciones. Otra vez. Y en mayo. Otra vez. Ya he perdido la cuenta de las veces que he votado estos últimos cuatro años, me recuerda a esa escena de Forrest Gump cuando habla de sus visitas a la Casa Blanca.

Una persona deposita en una urna su voto para las elecciones generales EFE/Jose Manuel Pedrosa
Una persona deposita en una urna su voto para las elecciones generales EFE/Jose Manuel Pedrosa

¿Se acuerdan? Está sentado en el banco contando cómo le invitan a la Casa Blanca por segunda o tercera vez, y dice que tiene que volver, “otra vez”, con ese tono de voz. “A conocer a otro presidente, otra vez”, como si fuera una rutina, aburrido casi de ir, ante la cara de sorpresa absoluta de la señora que le escucha, alucinada, por algo que le parece del todo extraordinario.

Tengo una sensación parecida ante la enésima fiesta de la democracia, que como sigamos a este ritmo se va a convertir en la rave de la democracia porque no acaba nunca, que a fuerza de repetir elecciones nos aburramos de celebrarlas, problemas del primer mundo…

Es una pena que normalicemos lo extraordinario de esta forma, hasta quitarle valor. Algunas cosas ha costado mucho conseguirlas, o son del todo desconocidas todavía para otros. Y no solo me refiero a votar, que habría que preguntar a las generaciones anteriores que no pudieron hacerlo en este país, sino a tantas otras cosas que por cotidianas ya no apreciamos. Quizás les parezca una broma, pero todavía recuerdo con cierto cariño cuando algunos residentes en centros de mayores guardaban pan y galletas en los cajones de sus habitaciones por si no hubiera al día siguiente. Daba igual que ahora comiesen todos los días, recordaban que hubo un tiempo en el que no y eso les hacía actuar con cierta precaución.

Ahora parece que es mejor volar puentes y recuerdos, dar por hecho que lo que tenemos es poco o insuficiente y muy mejorable. Esto último es cierto, aunque no parece que la dejación sea una buena forma de mejorar. Renunciar a lo conseguido porque parece insuficiente como medida de protesta deja bastante que desear, y lo único que hace es precisamente eso, poner en riesgo lo conseguido en sí mismo.

Vale que la desconfianza en que votar sirva para algo es lógica ya que muchas veces lo prometido se desdibuja una vez que se ha votado; vamos que las promesas electorales quedan en agua de borrajas a las primeras de cambio y los digos, dijes y Diegos se intercambian para dejar el campo de la esperanza como el patio de Atila. Pero esto, discúlpenme, tiene tanto que ver con la estructura del sistema, que se ha hecho fuerte protegiéndose de sí misma, como con la inacción de las personas que formamos parte de ella. Ayer comentaba con un amigo lo contradictorio que era que inmigrantes latinos en Estados Unidos hubieran votado a Trump, y la conclusión era que les daba seguridad que alguien les defendiera de una amenaza que hasta hace poco habían generado ellos mismos y que les garantizara una tranquilidad, aunque eso fuera negársela a sus compatriotas que llegaban ahora. El problema ahora es de otros, que apechuguen.

Ojalá que todo el mundo que pueda votar vote, ojalá votos a mansalva, y que gane quien tenga que ganar, y ojalá poder exigir responsabilidades por incumplimiento. Siempre me ha parecido muy mala señal que quien pueda elegir su destino renuncie a hacerlo, tanto por desaprovechar la oportunidad como porque esto pueda dar paso a otras formas de gobierno manifiestamente peores. Al igual que cuando los equipos de trabajo no son capaces de asumir la autogestión de necesidades y prefieren que sea un tercero, un superior jerárquico, quien imponga las pautas. Siempre es más fácil quejarse que decidir, pero eso de delegar en pocos lo que pueden decidir muchos insisto en que me parece muy mal plan.

Leía el otro día que generaciones que viven en precariedad generan épocas de bonanza y mejora y que sin embargo las que viven con más holgura generan lo contrario. Creemos que lo que tenemos lo tenemos por derecho, olvidando los esfuerzos que otros hicieron por nosotros para conseguirlo, y sólo pensamos en que necesitamos mejorar, o que nos lo mejoren, perdiendo de vista que en este medio agridulce al que llamamos vivir también se puede perder. Y tanto que se puede perder. Se puede perder poco, se puede perder mucho, o se puede perder absolutamente todo y volver a situaciones a las que quienes las vivieron no quisieran nunca regresar.

Se dice que la Historia es cíclica y que se repite, como si la Historia se programase sola. La escribieron quienes la vivieron y la escribimos ahora quienes la estamos viviendo. Quizás pensar en cómo nos leerán en un futuro a esta generación nos ayude a dejar de hacer tanto el imbécil jugando a las verdades absolutas y a los enfrentamientos de arrabal para poner el foco en reafirmar lo que tenemos y trabajar para mejorarlo. Pero no solo porque sean los 15 días de campaña electoral, sino para que perdure.


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