Opinión / Sabatinas

Los neo-sinceros (o los groseros de siempre)

Por Fermín Mínguez 21 diciembre, 2019 - 11:04

No hace falta que nos contemos todo. Estoy por sacar una línea de camisetas con la frase, o tatuármelo en la frente. Qué necesidad de ir por la vida de sinceros, que no, que la verdad muchas veces no es la misma. Basta de confundir sinceridad con necesidad de autoafirmarse.

A veces es mejor guardarse la opinión para uno mismo.
A veces es mejor guardarse la opinión para uno mismo.

Mi hija me decía el otro día (no se esperen aquí una lumbrerada sociopolítica, que ella es muy digna pero sin intenciones de ser Greta reloaded) que se sabía todas las palabrotas, pero todas, pero que no las decía porque eso era ser maleducada. “Pero me las sé y, cuando quieras, te las digo, por si te falta alguna”. Generosa ella, me las iba a decir para mejorar mi diccionario de insultos. El mensaje me encantó; lo chulo es saberlas por si alguna vez hacen falta en alguna pelea de patio, pero no tenía intención de decirlas, sabe que puede hacer daño y que, además, le perjudica. Sabe, con seis años, que no hace falta decirse todo.

Sin embargo, en la edad adulta tenemos la imperiosa necesidad de hacer saber al otro que somos sinceros y, para ello, le vomitamos nuestra opinión, generalmente no pedida, añadiendo, además, que lo hacemos porque les queremos. Venga ya, lo que queremos es oírnos, encantados de habernos conocido y convencidos de ser los más listos del mundo, los champions de la vida, el oráculo de Delfos hecho opinión. Que quieren que les diga, a lo mejor no hace falta. A lo mejor nos creemos alguien importante y, para el otro, somos unos soplagaitas del veintiquince. Ustedes no, quede claro, los que no me leen.

Empezar una frase con “te va a doler, pero quiero que sepas que…” ¡¡Que me va a doler!!, que igual no hace falta que lo sueltes, que igual lo que tienes que hacer es hacer una bola con tu opinión y preguntar a Paco Show dónde puedes dejarla. Ahora que somos todos expertos en todo, porque las redes sociales nos han convertido en fotógrafos, cocineros, pintores, críticos, músicos y hasta pilotos de F1, confundimos opinión con verdad, grosería con sinceridad. Es esa necesidad de tener la última palabra, sentando cátedra, sin valorar si al otro le interesa o si le va a molestar. Hacer, lo que se dice hacer, poco; pero opinar sobre lo que hacen otros, eso a saco. Porque ser poseedor de la verdad obliga a contarla, venga ya. Unos chapas es lo que sois. Perdón, son, que ustedes no, encima que me leen…

“¿Qué tal la cena?”. “Pues bien, pero el punto de cocción estaba algo pasado, ya sabes que soy sincero, y así puedes mejorar”. Imbécil es lo que eres. Pero, ¿qué necesidad de valorar así, en lugar de decir “todo perfecto” y ponerle a parir al llegar a casa, que es lo que se ha hecho siempre? Que lo más cercano a una estrella Michelin que has estado en tu vida es cuando has comprado la revista de Masterchef.

Pero no se cortan un pelo, oigan, los sinceros de corazón. Para ellos, todo es mejorable. Mejorable. ¿Mejorable respecto a qué? Y cuanto más incapaces, más evaluadores de todo. Más mejorable es todo. “Es que yo soy así”, ¿así cómo?, ¿egocéntrico?, porque sí es así, sí, y mucho. El mundo se cambia con decisiones, no con opiniones.

También están los yo-en-tu-caso. Ojo con estos. “Mira, no tengo ni idea de cómo has llegado hasta aquí, ni de lo que te espera, ni de cuanto te cuesta mantenerte, pero hoy me he levantado con la hormona fuerte, me he tomado dos cañas, me he venido arriba y he decido que, si fuera tú, lo hubiera hecho diferente y, por su puesto, mejor, claro”. Olé. Chapeau. Great. Esto no es un tema de empatía, ni de ponerse en los zapatos del otro (que, además de una horterada, me parece un ejemplo bastante antihigiénico), es un tema de capacidad y sentido común. Si no es necesaria nuestra opinión, pues no la soltemos, guardémosla para cuando realmente haga falta. Para cuando podamos aportar valor, ¿no creen?

Sincero está bien, pero no es objetivo. Ecuánime, o justo, sería más adecuado. Es conveniente tener en cuenta el esfuerzo que cuesta lo que vamos a valorar, y esto no significa que seamos benevolentes. “Mira, lo que has hecho no me gusta mucho, pero no me gusta a mí, al resto parece que sí, así que enhorabuena. Y si quieres mi opinión para la próxima, encantado”. Oigan, perfecto, ¿no creen? Si este tipo de valoraciones sustituyen al “mejorable” habitual, otro gallo cantaría.

Imponer la visión personal como elemento de evaluación denota una necesidad de hacerse fuerte a costa del otro, del yo no sé hacerlo, pero lo haría mejor. Vestir de sinceridad lo que es una falta de consideración no va a ayudar. Lo peor es que esto ha saltado del ámbito particular al social, y estamos rodeados de troles de Twitter, de colaboradores de Sálvame, de congresistas y diputados y de opinadores que, desde el pedestal de la mediocridad, ejercen de jueces de lo correcto según su criterio.

Y entre tanto grito y opinión macarra, perdemos la capacidad de admiración y, con ella, la de aprendizaje, porque, ¿para qué esforzarse en mejorar un poco aprendiendo de los demás, si podemos hacerlos peores a latigazos de opinión? Uno mismo también es mejorable, quizás hay que empezar por ahí. Y por pensar un poquico antes de abrir la boca.


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