Opinión / Sabatinas

Mirar a Navarra

Por Fermín Mínguez 03 octubre, 2015 - 8:40

“Lo único que nos gustaría es que tenga una mirada a Navarra. Puedes escribir de lo que quieras, lo que te guste, pero con esa mirada”

Esta fue la única pauta que recibí cuando me propusieron colaborar con este medio, ninguna guía, ninguna sugerencia, solamente esa mirada a Navarra del que vive fuera. Y no pude menos que sonreír. Nunca he dejado de mirar a Navarra.

Llevo un tercio de mi vida fuera, entre Madrid y Barcelona, y no he dejado nunca de sentirme navarro, creo que este navarrismo militante es común a todos los navarros que estamos fuera, bueno, a casi todos. Incluso a muchos que, no siendo navarros, han pasado alguno de sus años de juventud por aquí, y siguen mirando a ver qué pasa.

Que sale una lista de las mejores ciudades dónde vivir, primero buscas en la que vives y luego…Pamplona. La mejor sanidad por comunidad autónoma, lo mismo. La ciudad más cara para vivir, buscas en la que vives y luego vas subiendo hasta que te encuentras con Pamplona. Dónde se es más feliz, lo mismo. De hecho, si el resultado de Navarra es mejor, que suele serlo en las variantes importantes, no me cuesta nada renunciar a la ciudad que me acoge y sacar pecho foral, uno es navarro y punto. No se cuestiona.

Con las elecciones pasa lo mismo, miras primero tu barrio, tu ciudad y luego te vas a ver qué ha pasado en Pamplona, en San Juan, y luego en tu pueblo y en el de tus amigos y miras Mañeru, Larraga, Peralta, Ribaforada, etc. Y lo comentas.

Seguramente es la forma de paliar lo difícil que es estar lejos, de querer sentirte parte, de sentir como tuya una tierra que de visita a visita cambia sin pedirte permiso, que hace que cada vez conozcas a menos gente por la calle, y que se empeña en demostrarte lo que pasa cuando te vas. Pero tú la sigues queriendo, y participando de todo lo que puedes. Hasta el punto de que el único partido al que he ido de Osasuna en los últimos años fue en el que se jugaba la permanencia en Sabadell, gritando como un energúmeno animando a un equipo del que sólo conocía a Martín y a Nino, pero eran los míos. Son los míos. Sobre todo si lo pasan mal.

Ese mismo vistazo que me hace saber que el nombre de mi hija es muy popular en Barcelona, pero no tanto en Pamplona, porque lo miré para cuando vayamos a ver a la familia. O que mantiene la alerta en las zonas de Navarra que nos gustan en los buscadores de casas por si toca volver. La misma alerta que lleva puesta más de 10 años, claro, porque uno nunca deja mirar.

Navarra es la raíz, la tierra de todas las primeras veces, de forma que siempre que alguna se repite, o que llega la fecha te hace recordar y sonreír, porque ya casi todos los recuerdos hacen sonreír. También es la tierra donde he empezado a despedir a quien quiero, y a donde voy a verlo siempre que lo necesito, y donde estoy seguro que me gustará descansar, pegado al camino de Santiago.

Dice el refranero, ese invento capaz de negar y afirmar la misma cosa con total alegría, que el buey no es de donde nace sino de donde pace, pues no, esta vez no. O al menos la mayoría de bueyes navarros de nacimiento o adopción que me he ido encontrando. Yo soy de donde nací, y allí me pertenezco, y que no me lo cuestionen que sigo manteniendo también esa rasmia característica, marca de la tierra. Ojico.

Así que en lugar de refranero prefiero despedirme con el tango de Gardel, que ya avisaba que “el viajero que huye / tarde o temprano / detiene su andar”. Así que de momento nos vemos por aquí, y quién sabe si pronto paseando por Pamplona.


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