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Opinión / Sabatinas

Miedo

Por Fermín Mínguez 21 noviembre, 2015 - 9:34

Salió de casa con tiempo, quería disfrutar del día y no iba a permitir que el caos que reinaba en el centro le hiciera llegar tarde a su cita. Se miró al salir de casa, se gustó. Sonrió al espejo e hizo una mueca para verse más guapo.

Se rió solo. Pintaba bien el día. Esa sensación de autonomía, de libertad que acompaña a los veintipocos años le hacía sentir por encima del bien y del mal, se sentía inmortal.

Llegó donde había quedado con su grupo de amigos, no era el primero en llegar, parece que todo estaban tan nerviosos como él. Comentaron el plan de hoy y alguien propuso quedar al día siguiente para comer juntos, había oído que un conocido iba a recitar su nuevo libro de poesías. “Vaya muermo”, pensó, pero ella dijo que le encantaría ir. La había visto antes, tenían amigos comunes y se quedó totalmente colgado desde el primer día que la vio. “Que buena idea”, dijo en voz alta, demasiado quizás, confiando en que ella lo oyera y pudieran hablar. Nadie los había presentado. Alguien hizo un comentario sobre la hora y entraron dentro. Se acercó a ella al principio, para intentar hablar, se sonrieron, él iba a presentarse cuando alguien les empujó. Se giró y no pudo ver nada.

Una ráfaga. Seca. Breve. Y un “¡Alá es grande!” antes del griterío generalizado.

“No puede ser”, pensó, “no ahora, no a mí, no aquí”. La miró, estaba desencajada, muerta de miedo. Cogió su mano.

Otra ráfaga. Va en serio. Están matando gente. Más gritos. Otra ráfaga los calla. Siente que va a vomitar. “Esto no es como decían, no pasa ninguna película de tu vida”. Le falta el aire, agarra la mano de ella más fuerte. Le duele el estómago. La lengua amarga.

Pam. Pam. Pam. Caen  otros tres a su lado. Se tirán al suelo, ella llora. Él es consciente de que no saldrán de allí. Respira. Busca una salida. No la ve. “Al menos quiero que sepas mi nombre”, le dice, y le sonríe pensando que la calmará. Ella le devuelve la sonrisa en un gesto mecánico, aterrador.

“Me llamo…”

Pam. Pam.

Silencio.”

¿Lo ubican?, ¿sí?

Ahora les toca a ustedes decidir su nombre. Pueden elegir entre estos tres:

Reuben, que estaba entrando en la Universidad de Garissa, en Kenia

Naim, que se reunió con sus amigos en la zona de Burj al-Barajneh, en Beirut.

Bastien, que iba al concierto de Bataclán en Paris.

¿Hay alguna diferencia entre los tres?, ¿incluso entre los cientos de asesinados en nombre de una religión que prohíbe matar? El terror los iguala. La sinrazón.

La tentación de escribir esa semana sobre los atentados de París, y sus víctimas inocentes, y convertirme en un experto en política exterior, y terrorismo internacional era grande. Pero no sé nada del tema.

Pero algo tendremos que hacer. La realidad ha cambiado. Éste no es el mundo cómodo para Occidente  de hace unos años, y tendremos que adaptarnos a él. Porque no sé ustedes, pero yo no estoy dispuesto a vivir con miedo, y mucho menos estoy dispuesto a perder todas las conquistas que a base de sudor y sangre de nuestros antecesores tenemos ahora. Libertad de opinión, de voto, de religión, el papel de las mujeres, el derecho a la intimidad. Pero no quiero perderlo ni por miedo, ni como justificación de ese miedo. No quiero una sociedad que me sobreproteja. Y eso implica que tocará asumir algún riesgo, y tomar decisiones. Saber qué hacer la próxima vez que pase. Porque me temo que va a volver a pasar.

Y me gustaría pensar que permaneceremos unidos, pero más de 10 minutos y con algo más que con las banderas de Facebook, Twitter, Instagram, Whatsapp y demás. Que como gesto bien, pero como respuesta, justita.

Porque enseguida  empezamos a reclamar lo que más nos afecta. Que si esto está muy mal pero peor es lo que hacen en Siria. Qué va. Mucho peor los ataques de Líbano. Y lo que pasa en África, todavía peor.  Y ya hemos cambiado el foco. Ya hemos dejado de centrarnos en quién está haciendo el daño (que además, queridos, son los mismos, y a ellos sí que les da igual donde hacerlo porque tienen claro su objetivo) Es más, luego entramos en viejas rencillas locales, o de desprestigio del resto de opciones, porque a justos, ecuánimes y ponderados no nos gana ni el Tato. Que sí menos rezar y más pensar. Que mucho criticar a los musulmanes pero los cristianos tienen lo suyo. Que hay otras víctimas más cercanas. Y de nuevo cambiamos el foco. Y cuando algo así nos vuelva a pasar, porque tienen pinta que ellos sí están en guerra y que no van a abandonar la idea, nos seguiremos sorprendiendo, quejándonos, y teniendo que cerrar otra cicatriz de dolor y horror. Pregunten si no a Naim, Reuben o Bastien. Pregúntenles ahora por su procedencia o credo.

Habrá que estar preparados, pero no como defensa, sino como actitud. Y habrá que seguir militando en la libertad, y hacer ver a quien no cree en ella que así se vive mejor. Que nadie es mejor que nadie, que todos tenemos el derecho y la obligación de ser lo que queramos ser. Que nadie es quien para dictarnos por quién morir y mucho menos por qué matar. Y tendremos que enseñarlo con el ejemplo. Como se hacen las cosas. Y habrá que acoger y asumir riesgos. Pero no menguar ante el miedo. No cambiar por miedo. No entrar en la oscuridad por miedo.

Voy a cerrar recordando el mensaje de la pancarta con la que mi colegio en Pamplona, el BUP Leyre, fue a una de las manifestaciones contra la guerra de Irak del 90. “Queremos que nunca nadie mate a nadie”. Ojalá. Y el que lo haga, que pague las consecuencias de sus actos. Pero el resto que intentemos vivir como creemos que hay que hacerlo.

Sin miedo.

La vida cambia. Las situaciones. Las realidades. Pero hay que aferrarse a lo bueno. Los buenos tienen que ganar. Y a malas gana el que no tiene nada que perder. La muerte nos iguala, la vida nos diferencia. Insisto, pregunten ahora a todos esos inocentes víctimas de una barbarie que no conduce a ningún sitio.

Parece que vienen tiempos de hacer de tripas corazón, pero será la tripulación, seremos nosotros, los que al final decantemos la balanza, no los capitanes, no lo duden

Ojalá estemos despiertos. Ojalá resucitemos nuestro canto, como dice la canción de Aute, aunque ahora toque hacer de tripas corazón.


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