Opinión / Sabatinas

(Apagad) los micrófonos

Por Fermín Mínguez 25 abril, 2020 - 9:29

¿Les suena la frase? ¿Han disfrutado de video teleconferencias profesionales? ¿Y del cole?, ¿qué me dicen?, esas fantásticas reuniones multiniño, ¿también las han disfrutado? ¿Hablamos un poco si realmente estamos preparados para que nos salve la tecnología? Pasen, por favor, pero primero apaguen los micros…

Los Reyes mantienen una videoconferencia con el sector de la hostelería durante la crisis del coronavirus en España. CASA REAL
Los Reyes mantienen una videoconferencia con el sector de la hostelería durante la crisis del coronavirus en España. CASA REAL

Es tremendo. Esto de popularizar las videoconferencias está siendo revelador del uso medio que hacemos de las tecnologías. Lo único que se pide es que se apague el micro, que se pulse el botón donde aparece dibujado y ya. No sé si les ha tocado una reunión de estas. Apaguen el micro. Voy. No diga voy y apague el micro. Sí. Que los apaguen. ¡Hola Juan! Hola Luis. Apaguen los micros. Va, lo apago. (Ruido de fondo). Empezamos. Una tos. APAGUEN LOS MICROS, POR FAVOR. Ya. Perdón. No digan perdón y apaguen los micros. Silencio. Silencio. Vamos a empezar. ¿Me oís? A-PA-GUEN-LOS-MICROS. Silencio. Empezamos. Mamaaaá. Los micrófonos. Silencio. Suena Rosalía de fondo. Silencio. Los micrófonos por favor. Alguien tararea Rosalía. LOS-MI-CRÓ-FO-NOS.

Y así. No sé cuánto tiempo se pierde en las reuniones porque alguien no apague el micro. Y lo que es peor, no entiendo por qué cuesta tanto un gesto tan simple. Con la de trabajo que habrá costado desarrollar las aplicaciones que utilizamos con esta alegría, la de horas que habrán metido los desarrolladores para hacerlo fácil, para que lo único que tengamos que hacer, que es darle al botoncico, no lo hagamos. Es desesperante, ¿no creen? Pues con este panorama hemos decidido, ahora, que la tecnología puede ayudarnos. Mira tú que bien, no sabemos apagar un micro en una conferencia pero estamos convencidos de que nos vamos a salvar de pandemias y bichos malos utilizando el móvil. Esto de los puntos medios no se nos da demasiado bien, o la tecnología no vale para nada y la ninguneamos o ahora es la panacea.

Hemos confundido tecnología con televisión, perdónenme, y nos hemos quedado tan anchos. Llamamos teleformación a leer manuales de cursos en PDF; telesalud a hacer una videollamada con un médico y teletrabajo a llevarnos a casa el ordenador. Ojo, y todo esto además sin tener ni idea de cómo apagar un micrófono… Estamos obviando la potencia de la ayuda tecnológica por desconocimiento.

Muchas veces, al ver estas noticias sobre tecnología e investigación, me vienen a la cabeza fragmentos del NODO que veía en algunas películas donde se presentaban innovaciones que ahora parecen del pleistoceno, ¿se acuerdan? Hay una que explica el funcionamiento de la red telefónica, “y la máquina la manejan unas amables señoritas, mil seiscientas en Madrid, donde conectan y registran cada llamada emitida”, donde se anuncian novedades tecnológicas que ahora nos sacan una sonrisa. Pues tengo la misma sensación viendo algunas noticias ahora, que ya nacen demodé. “Una aplicación ayudará a los ciudadanos…”, “los diputados, en sesión telemática votaron…” o la que me cuesta incluso ver en color “los científicos informaron a los reyes de sus avances en la investigación”, ahí, en una mesa de caoba negra tomando apuntes, en fin…

La tecnología lleva años llamando a las puertas de la sociedad, pero parece que para lo único que sirve es para tener móviles de mil euros con los que hacer memes y selfies de bizcochos en confinamiento. La tecnología es algo más que desarrollar aplicaciones oportunistas en momentos de crisis, es la oportunidad de descargar a la estructura, la social, la administrativa y la sanitaria, de un montón de procedimientos que nos empeñamos en hacer presencialmente por la tranquilidad que da tener papeles guardados. Claro que aquí la tecnología es causa y consecuencia, ya que los departamentos de atención al cliente, por ejemplo, se han abandonado a una atención impersonal, digital y disfuncional, que hace que no confiemos en ellos. Volvemos a elegir la versión barata, a usar la tecnología para quitarnos marrones, y así nos va y nos seguirá yendo.

No tiene ningún sentido que en una sociedad hiperconectada, cuando toca hacer un uso intensivo de las videoconferencias, por ejemplo, seamos incapaces de hacerlo por desconocimiento, y encima las vendamos como el paradigma de la evolución. “A través de las videollamadas, la población del país puede comunicarse con sus seres queridos sin necesidad de desplazamientos…”, el NO-DO otra vez.

Para que se hagan una idea, Skype nació en 2003, hace diecisiete años. Diecisiete, ojo, tiempo hemos tenido de integrar esta tecnología en la vida diaria y no hacerlo ahora de golpe y pasarnos de frenada.

Ojalá esta obligación de repensar la forma de relacionarnos, trabajar, cuidar y curar nos lleve a un escenario donde la tecnología sea la ayuda real que puede ser, no un pegote para justificar nuestras miserias estructurales. Ojalá un programa de desarrollo e inversión en desarrollo de aplicaciones y sistemas de prevención reales. Una tecnología tutelada por las necesidades reales de la población y que sea complementaria, no sustitutiva. Que permita por ejemplo un primer cribaje sanitario fuera de la atención presencial, que favorezca el seguimiento online de enfermos crónicos y que permita hacer una prevención efectiva en poblaciones de riesgo, así se conseguirá, por ejemplo, dedicar el recurso sanitario presencial a la atención de los casos que lo precisen y no desbordarlo con una atención masificada innecesaria. Lo mismo para el sector sociosanitario, que necesita más tecnologizarse que medicalizarse, y sobre todo para el administrativo y burocrático. Hay cientos de trámites presenciales que para lo único que sirven es para justificar una estructura administrativa obsoleta y sobredimensionada, y por tanto cara.

Pero bueno, tiene pinta de que se nos olvidará pronto y volveremos a esas jornadas donde la presencialidad será lo más valorado, donde se metan más horas que las necesarias solo para decir lo mucho que trabajamos y nos toca viajar. Habría que ver cuánto de voluntario hay en este presencialismo y de qué estamos huyendo, pero esto, lamentablemente, no nos lo va a solucionar la tecnología.

Espero que esta reclusión obligada nos haga reflexionar sobre las posibilidades de conciliación y optimización de rendimiento que nos ofrece la tecnología, y de la importancia de adaptarnos a ella y aprender a utilizarla de forma que no tenga tampoco más importancia de la que merece. Que ayude sin substituir.

Mientras tanto, por favor, no olviden cerrar sus micrófonos.


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