Opinión / Sabatinas

Mariano

Por Fermín Mínguez 05 noviembre, 2016 - 9:49

Un año después de cosechar el peor resultado electoral de su partido, de perder 63 escaños, de tener el peor dato electoral desde 1989 y pasar de una mayoría absoluta a no poder formar gobierno, Rajoy ha sido investido presidente de nuevo.

El presidente del PP, Mariano Rajoy. EFE. BALLESTEROS
El presidente del PP, Mariano Rajoy. EFE. BALLESTEROS

Lo que a todas luces podía haber sido el final de la carrera política de Mariano Rajoy, sólo un año después culmina con el retorno a la presidencia.

Por el camino se han quedado un secretario general  de otro partido, algún ministro propio, un grupo editorial cuestionado, dos partidos políticos emergentes que han perdido algo de fuelle (más uno que otro), pero Mariano ha permanecido impertérrito. Como si él fuera el único convencido de que era algo pasajero y que iba a volver a ser presidente.

Para darle más intensidad, en este año también han tenido lugar juicios por corrupción que afectaban, o podían afectar a su partido. Sobre todo el de la trama Gürtel. Gürtel, cinturón en alemán, por Correa. Correa tenía que llamarse, no deja de tener gracia el lenguaje y sus giros. Correa de transmisión, que reparte, y que cuando se rompe de latigazos. Correa, como cinturón que sujeta, no me digan que no tiene guasa. Pues ni los correazos. Hay a quien le parece increíble, como si nunca hubiera pasado. Y lo peor es que sí. Que la figura del político cuestionado que sigue adelante, incluso que prospera no es patrimonio nacional.

Berlusconi, lo recuerdan, estuvo acusado de cosas tan bonitas como corrupción en actos judiciales e inducción a prostitución de menores. Las típicas cosas que uno hace sin querer, una tarde aburrida, de esas que repiten El señor de los anillos en la tele y te lías con unos jueces y unas crías. Y ahí siguió un tiempo Don Silvio.

No veo justo cuestionar el voto de nadie, cada cual vota lo que cree mejor y sus razones tendrá. O quizás vote lo que cree menos malo, y esto es más preocupante. Me gusta seguir las elecciones americanas, y desde que soy fan total de Frank Underwood, todavía más, las entiendo mejor, puedo imaginar qué está pasando detrás. Pues bien, en estas elecciones si los viera por separado no sé si me gustaría ninguno de los dos por lo que significan, pero es que si hay que elegir la cosa cambia.

Me parece tremendo que el hecho de hacer un uso incorrecto del correo electrónico (si, consciente del riesgo que supone, pero como si Wikileaks bebiera sólo de gmail, en fin) pueda estar al mismo nivel de un tipo que acumula declaraciones misóginas, xenófobas y clasistas. El país que marca el ritmo a nivel mundial tiene que decidir entre dos perfiles que no acaban de convencer a sus electores según parece. Sobre todo Trump, al que no respaldan ni siquiera algunas de las estructuras de su propio partido. Y aquellas personas que son fieles a su partido, o a las que el otro candidato no les encaja votan al que queda. La fiesta de la democracia se convierte en la fiesta de la resignación.

Es curioso ver qué mecanismos, intereses, necesidades y egos deciden y acaban eligiendo a los candidatos y los terminan separando del electorado. Y el debate político, el de verdad, el de las necesidades reales queda relegado a un segundo plano eclipsado por el debate partidista, el de las necesidades de particulares. El que justifica lo malo propio con lo peor del otro, el que transforma  el aroma de lo bueno por conocer en ese olor de armario cerrado ya conocido, y lo malo conocido se convierte en opción posible y acaba siendo bastión. Y aumenta el ruido, y la crítica, y se reducen las opciones y no se piensa en votar lo mejor sino en ganar unas elecciones, y una vez que pasan ya hemos entregado el poder y nos rendimos hasta la próxima.

Resignados.

El problema no es de la democracia, bendita sea, sino del poco uso que hacemos de la misma. Tendría que ser un proceso de evaluación continua, de reválida permanente. Y que nadie se eche las manos a la cabeza, esto es lo que pasa en cualquier empresa, ajuste y reajuste. Tiene sentido que la mayor empresa del país, la Administración, funcione igual.

El problema, insisto, es que nos resignamos, y cuanto más ruido y alboroto más nos deja de apetecer, y hay marejadas y mar de fondo, y tormentas, y mientras tanto, con la seguridad que nadie tenía en él, denostado como estaba hace un año, con la sorpresa de algunos, la indignación de unos y la satisfacción de otros, Mariano, que incomprensiblemente parece el único ajeno a esta tormenta, jura su cargo.

Quizás hasta resignado.

Tendrá que haber un camino. Tendrá que haber otro.


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