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Opinión / Sabatinas

Los cualquieras

Por Fermín Mínguez 05 diciembre, 2020 - 10:14

¿Los conocen?, ¿tienen alguno cerca? Son esas personas que siempre dicen que eso lo hace cualquiera pero que no asumen nunca ningún riesgo. Parece que florecen en este invierno pandémico.

Una persona disfruta de una serie de televisión mientras come palomitas. ARCHIVO
"Su hábitat natural suele ser el sofá, camuflados con una manta y el pelo con la forma del reposacabezas".

Seguro que conocen a más de uno. Su hábitat natural suele ser el sofá, camuflados con una manta y el pelo con la forma del reposacabezas. Ahí es donde van acumulando cualquierismos que luego comparten y propagan en cualquier tertulia en las que les dejen estar, a poder ser con palillo. Con ese mantra de que cualquier tiempo pasado fue mejor, o que para qué complicarse la vida haciendo algo que cualquiera puede hacer, pero que ellos, o ellas, no hacen. Esa justificación de la inacción propia criticando la proactividad de otros se cronifica y se convierte en estructural, como si fuese un radar que detecta aquello que puede cuestionar y lo ataca directamente. Vaya banda los y las cualquieras.

Este cualquierismo, me va a dar un toque la RAE hoy, se refleja en el lenguaje, que se acaba impregnando de negatividad. Siempre es el lenguaje, siempre. La realidad toma la forma del que la nombra, por eso es tan importante trabajarlo y utilizarlo en positivo. Sólo existe lo que se nombra, y con la forma de cómo se nombra. Por ejemplo, una de las frases favoritas del cualquierismo es esa de “para qué te complicas la vida” cuando detectan a alguien que va a tomar una decisión que ellos no tomarían ni hartos de anís. Me temo que lo que quieren decir es que “mejor apaláncate como yo”.

Claro que es necesario hacer una reflexión antes de tomar decisiones, pero quizás sea mejor un “¿estás seguro? “¿lo has pensado bien?”, que un “no te compliques la vida”. La diferencia es que la primera pregunta invita a la reflexión, y la segunda es un juicio de valor, y esto implica que también lleva nuestros miedos dentro. Tendemos a intentar condicionar las decisiones de terceros para que sean como las nuestras, una especie de inmunidad de rebaño de la conciencia. Es fácil decir a alguien que no se complique la vida, y que se preocupe por si es verdad que se complica y toca asumir riesgos, ya damos por bueno que nos metan miedo, hasta lo agradecemos. 

Ahora piensen en que cambiamos el lenguaje, y que cuando alguien nos pregunta nuestra opinión le contestamos “es mejor que te quedes como estás, con tu vida que no te convence”. ¿Se imaginan? O contestar con un “mucho mejor una vida fácil, de la que te aburrirás antes o después, que saber qué puede pasar si eres valiente”. O cuando alguien nos diga que tiene miedo a decidir contestásemos con un “tingii miidi, tingii midii” burlón. Insisto, ¿se imaginan? Pues es exactamente lo mismo, el mismo consejo de “no te compliques la vida”, un juicio de valor. Lo único que este no está socialmente aceptado. No tomamos como burla que alguien nos anime a ser pasivos según usemos el lenguaje.

Siempre es el lenguaje, y los cualquieras lo saben. Ridiculizan y critican todo aquello que no se atreven a hacer, generalmente a la espalda o en grupo si es de frente. Van minando la alegría donde les dejan, lo tiñen todo de gris conformismo. Esto es peligroso en un entorno laboral, ya que criticar la proactividad en lugar de celebrar el éxito de tus compañeros lo único que hace es matar la creatividad laboral, esteriliza sus procesos y tapona sus cauces. Si se promueve la crítica en lugar de incentivar la creatividad trabajar se convierte en un suplicio. Cada vez que oigamos un “eso lo hace cualquiera” alguien tendría que decir “demuéstralo, hazlo tú”.  Prueben, es divertido, no hay respuesta para esto.

Está bien poner en valor lo que nos asusta, y está muy bien tener, miedo porque nos hace centrar las decisiones, pero centrar, no decantar. Proyectamos nuestro miedo más allá de lo que abarca, y acabamos temiendo la acción en lugar de sus consecuencias, que son lo que realmente nos asusta. No tenemos miedo a volar, sino a estrellarnos y el matiz es importante. Volar siempre es bueno, es bonito, me cuesta pensar que alguien no quiera sentir la sensación de ir por el aire sin necesidad de transporte o caminos, tiene que ser precioso. O la posibilidad de conocer lugares lejanos. Que sí, que puede ser claro, que también hay gente que pone cebolla en la tortilla de patata y les queremos igual, pero tengo la sensación de que el miedo a volar tiene que ver como el miedo a estrellarse, pero no lo llamamos así. Si supieran que no van a estrellarse nunca, ¿volarían? La pregunta no se refiere solo a los aviones, también a esos proyectos que todos tenemos dormidos por miedo y/o falta de apoyo, piensen en esos planes también y, si supieran que no van a estrellarse, ¿volarían?

Pues la vida tiene eso, que no te dice jamás si vas a triunfar o a dejarte los dientes aterrizando, si vas a cumplir expectativas o vas a acabar más solo que la una. De hecho a esto se le llama vivir. El cualquierismo al final te convierte en personaje del museo de cera, en alguien parecido a lo que intenta reflejar pero que acaba en un rincón cubierto de polvo.

Dice la RAE, y así compenso las patadas que le he metido hoy, que alígero es lo que está dotado de alas, es una palabra preciosa. Y también dice la RAE que en algunos países a los brazos se les llaman alas.  Sonrío. De cada uno depende utilizar los brazos para señalar y taparnos con la manta, o para agitarlos.

¿Vuelan?


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