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Opinión / Sabatinas

Lo presupuesto

Por Fermín Mínguez 28 noviembre, 2020 - 9:37

No, ni está mal escrito ni he adoptado el acento de la ministra portavoz, no voy a escribir sobre presupuestos, sino sobre lo que se presupone y como se utiliza para tomar decisiones en nombre de otro. Y sobre Dominici, y Movember, y quizás de Maradona.

Una persona camina por una carretera.
"Pero la vida juega y suele ganar, y hay que asumir el riesgo de escuchar la opinión de otros, asumir el riesgo de escuchar la incomodidad que producimos incluso, antes de anticipar una solución salvadora que no sea compartida".

Presuponer dice la RAE, (hermana, amiga, maestra) que es dar por sentado o cierto algo. La definición aunque es breve es precisa, porque no dice que ese algo sea cierto, sino que se da por, que no es lo mismo. Presuponer es lo que nos permite etiquetar sin constatar que la etiqueta sea cierta, de hecho nos la sopla que sea verdad porque la mayoría de las veces lo que necesitamos es definir a algo o a alguien para tranquilizar nuestra conciencia. Es curioso esto de etiquetar, creo que les he comentado alguna vez que Sara decía que detrás de cada etiqueta que ponemos y de cada juicio de valor que emitimos se esconde nuestro miedo a sufrir.

¿Conocen Movember? Es un movimiento que busca dar visibilidad a las enfermedades masculinas, poniendo el foco en cáncer testicular y de próstata, y también en salud mental, ya que manejan un dato que dice que cada minuto se suicida un hombre en el mundo, y parece que guarda mucha relación con los estereotipos, con las etiquetas que esa masculinidad mal entendida conlleva.

Los Movembers llevamos bigote en noviembre, que es una forma de dar visibilidad y además me permite hacer el hortera justificado una vez al año. ¿Por qué les cuento esto? Pues porque esta semana ha fallecido una leyenda del deporte como era Cristophe Dominici, jugador francés que ganó cinco torneos del VI Naciones, fue subcampeón del mundo, jugó tres mundiales, y estaba considerando como uno de los mejores jugadores del mundo entre finales y principios de siglo.

Un jugador muy querido por la afición, que sin embargo decidió que con cuarenta y ocho años no merecía la pena seguir viviendo y saltó desde lo alto de un edificio. Un final rápido y solitario. Lleno ahora de recuerdos y de remordimientos sobre su final. Un suicidio como el de Maradona, que en lugar de ser un suicidio rápido da la sensación de que fue un suicidio de años, cada vez más cerca del abismo y cada vez más solo. Todos cuentan ahora anécdotas sobre el Diego bueno, el generoso, y enseñan fotos y camisetas, pero cuando bajaba a los infiernos nadie estaba allí. Es que es un tipo muy difícil, es que no se deja, es que ya sabes. Es que a las malas es difícil estar.

Es más fácil dar por sentado algo que tener que aguantar el peso de la realidad. Estoy participando en una nueva edición de un programa llamado The Living Leader que les recomiendo con fervor, y esta semana Andrew Cannon, CEO de una empresa de cuidados inglesa decía que hay que ser curioso con las barreras, que hay que ofrecerse a entender antes de juzgar. Se refería a las necesidades de la gente que está en primera línea de su empresa, porque es fácil justificar y juzgar situaciones desde la lejanía de un despacho o de la comodidad de la vida.

Pero la vida juega y suele ganar, y hay que asumir el riesgo de escuchar la opinión de otros, asumir el riesgo de escuchar la incomodidad que producimos incluso, antes de anticipar una solución salvadora que no sea compartida. Basta de justificar con una etiqueta que avale nuestra opinión, basta ya de esa milonga de “lo hago por tu bien”, o “me duele más a mí que a ti” cuando no tenemos ni la más remota idea del dolor que causamos en el otro. No, asumamos que no lo hacemos tanto por su bien como por nuestra tranquilidad.

Piensen cuantas veces han pensado o han dicho eso de “no me llamará porque estará muy liado” como excusa que nos venía bien, y que era mucho mejor que tomar la iniciativa de llamar sabedores de las que nos podía caer. Cuántas veces validar nuestra opinión provocando la ausencia de otro. La única forma de saber es interesándose, escuchando más de una voz, no solo la que más nos conviene; así como la única manera de confiar es confiando, no hay otra forma, disculpen. O se confía o no se confía, y casi siempre la forma de solucionar conflictos es sentarse enfrente del problema y preguntar qué pasa desde la confianza.

El resto son ilusiones, o ingeniería de afectos para salirnos con la nuestra, y mientras dure la etiqueta nos absuelve de implicarnos. Ahora que Dominici ya no está podemos quitarle la etiqueta de altivo para ponerle la de mito, o más fácil todavía con Maradona que nos incomodaba con sus actitudes, y ahora que ya no está se le idolatrara. Quizás hubiera sido mejor ayudarle cuando llegaban esas imágenes terribles, algunas desde dentro de su entorno familiar incluso, que llorarle ahora un final que llevaba narrando más de veinte años.

Hay que afrontar la realidad como venga, viendo lo que realmente hay y no lo que se espera que haya. Y hacerlo con hombría, que dice la RAE que es la “cualidad buena y destacada de hombre, especialmente la entereza o el valor”. La misma RAE que define hombre como “ser animado racional, varón o mujer”, así que lo que define la hombría tiene que ver más con la capacidad de ser racional que con la de ser hombre o mujer. Qué curioso.

Tengo claro que la valentía es una opción personal sin género, como también tengo claro que valentía y honradez van de la mano, que el que se esconde puede ser porque tenga algo que no quiere contar por miedo, por vergüenza o porque no es honrado, y habrá que preguntar por qué es y obrar en consecuencia. No juzgar sin saber por una necesidad puntual, porque no sabemos a qué infiernos estamos condenando al otro con nuestro juicio.

Que al igual que existe la valentía, que afecta a hombres y mujeres valientes, también existen las plañideras y los plañideros, lloradores profesionales a posteriori da igual cual sea la causa. Y siempre es mejor llorar por lo que se ha perdido, y llorar a mares, que llorar por lo que no se ha querido evitar.

Los cobardes se secan las lágrimas con las etiquetas, ustedes sabrán por qué quieren llorar. Si por lo vivido o por lo presupuesto. Y vivir implica estar siempre ahí, disponible.


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