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Opinión / Sabatinas

Llamar a las cosas por su nombre

Por Fermín Mínguez 15 octubre, 2022 - 12:12

"Ninguna de las personas con las que he tratado, en diferentes lugares de la geografía española, en diferentes etapas de su vida, desde diferentes enfoques profesionales, durante veinte años, ninguna me ha hablado bien de la guerra".

Concierto de los Meconios en el que interpretaron su canción "Vamos a volver al 36".
Concierto de los Meconios en el que interpretaron su canción "Vamos a volver al 36".

La anomia es una alteración vinculada con el deterioro cognitivo. Es cuando se sabe lo que se quiere decir pero no se encuentra la palabra. La RAE lo define como un “Trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre”. ¿Les suena?

Seguro que les pasa mucho, eso de ver algo, o a alguien, reconocerlo, saber qué o quién es y no poder nombrarlo. “Tengo Alzheimer”, solemos decir, exagerando al máximo sin saber realmente lo que significa tener Alzheimer de verdad, igual que cuando estamos de bajón y decimos que tenemos depresión. La mayoría de los casos no pasa de ahí, de tener un lapsus puntual y seguimos con nuestra vida normal. El problema surge cuando esta imposibilidad de llamar a las cosas por su nombre impacta en nuestra vida diaria, y nos impide comunicarnos o relacionarnos, o incluso comprender lo que pasa a nuestro alrededor porque no podemos nombrarlo. 

La enfermedad real tiene una base fisiológica, es decir, hay una incapacidad real para nombrar lo que vemos. Les cuento todo esto porque hay otra forma de anomia que es más social, en la que, aun pudiendo llamar a las cosas por su nombre, las llamamos de otra manera. Esta es igual de peligrosa porque el resultado es similar, creamos una realidad adaptada a nuestras necesidades, evitando el riesgo o el miedo que produce. Imagínense que les enseño una foto de un lobo salvaje, agresivo, hambriento, enseñando los colmillos, a punto de reventarnos la yugular de un mordisco, rugiendo. Lo procesamos, identificamos todo lo que significa y al nombrarlo decimos: cachorrito. Al final llenamos nuestro entorno de cachorritos y cuando nos destroce el lobo a dentelladas no lo habremos visto venir.

Así como uno de los síntomas de una demencia puede ser la anomia, también puede serlo el de una sociedad enferma. Que alguien puntualmente disfrace la realidad puede no ser un problema, que lo hagamos todos en base a nuestras necesidades o militancia, sí. Y grave.

Para darle más emoción, anomia tiene otro significado, (no se imaginan ustedes lo que aprendo leyendo para preparar estas Sabatinas), en sociología. Anomia es, en este caso, la ausencia de normas sociales, o la no valoración de las mismas que hace que no se respeten o se incumplan, lo que provoca dificultades en la convivencia y adaptación de las personas al grupo. La RAE, hermana, amiga, maestra, la define como “Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”. Vamos, que pasan cosas que acaban provocando que no haya normas o estas ya no sirvan. Puede ser porque sean normas desfasadas, o que el repetido incumplimiento de las mismas las acabe haciendo inútiles. Robert K. Merton, un sociólogo americano fallecido en 2003, no hace tanto, decía además que la anomia representa la dificultad, o imposibilidad a veces, de las personas para acceder a los medios necesario para alcanzar lo que desean, y esto desemboca en violencia, crimen, drogadicción y lo que surja. La anomia otra vez como síntoma de sociedad enferma.

Si juntamos las dos es como mezclar fuego y gasolina. No llamar a las cosas por su nombre, en negativo o en positivo, y además no tener los medios para alcanzarlas, seguramente porque al llamarlas mal, estén idealizadas. Le añadimos unas gotas de “a mi plin, porque no me afecta” y tenemos la tormenta perfecta.

Esta semana el debate abierto es que si la canción de un grupo de niñatos diciendo que “vamos a volver al 36”, es una crítica a cómo actúa unos o una declaración de intenciones de los otros, pero nadie lo llama por su nombre. Se normaliza que podamos citar un momento dramático, doloroso y cruel como posible punto de partida de nada. 

Una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida ha sido dedicarme profesionalmente a trabajar con mayores. Aprendes mucho, te da perspectiva y te baja los humos. Pues bien, ninguna de las personas con las que he tratado, en diferentes lugares de la geografía española, en diferentes etapas de su vida, desde diferentes enfoques profesionales, durante veinte años, ninguna me ha hablado bien de la guerra. Ninguna. y he conocido a quien, como Luis, le fue bien en Madrid en la postguerra, y cuando hablaba del tema no podía evitar bajar la mirada y con la voz quebrada decir, con ese acento tan parecido a Paco Rabal en Juncal, “cusha, to lo que he ganao no compensa ni la mitá de lo que perdí”. O Mercè, que las pasó canutas para sobrevivir en el Raval barcelonés, que seguía guardando trozos de pan en su cajón “por si mañana no había”. Cuando le decías que no hacía falta, que no le iba a faltar mañana de nada, te clavaba la mirada, entre asustada y rabiosa y soltaba: “¿y tú cómo sabes eso? Y tenía razón, no lo podía asegurar, “no has vivido una guerra, no sabes cómo empiezan, siempre has vivido bien”.

Siempre hemos vivido bien, mi generación siempre lo ha hecho. No de forma idílica, pero mejor que las anteriores. Igual por eso tenemos esta anomia generalizada. Igual por eso llamamos chiquilladas a conductas delictivas, libertad de expresión a soflamas incendiarias, drama social a problemas menores, y así hasta que los problemas, y los riesgos, reales desaparecen o se disfrazan. Como si quisiéramos tener problemas de verdad. Terrible.

Mirar atrás no para aprender de los errores, sino como error a repetir, confiando en que a la segunda salga mejor es una pésima opción. Es como volver a esa relación tóxica porque puntualmente nos divierte, o como cuando, a partir de los cuarenta principalmente, sales con tus amigos como si tuvieras veinte y la recuperación es dramática tres días después. Pues esto pero jugándonos todo lo conseguido como sociedad. 

Hay que llamar a las cosas por su nombre, las buenas y las malas, y  escuchar a quien ha vivido antes. Corremos el riesgo de que llegue un día en el que sea demasiado tarde, y nos tengamos que arrepentir de no haber guardado pan, o le tengamos que dar la razón a Luis y reconozcamos que convencer no merece tanto la pena como convivir.  Mejor mirar al presente con esperanza que al pasado con rencor.

Sean buenos pero, sobre todo, sean felices.


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