Opinión / Sabatinas

Licenciados en mentir

Por Fermín Mínguez 15 septiembre, 2018 - 11:03

El autor sostiene que los casos de los másteres falsos hacen daño sobre todo a aquellos que se han esforzado mucho por sacar sus estudios adelante.

Estudiantes en una clase de la UPNA. ARCHIVO
Estudiantes en una clase de la UPNA. ARCHIVO

Con la educación y la cultura pasa como con lo del valor y el precio que decía Machado, que los necios lo confunden. Y estas semanas estamos viendo cómo hay quién cree que la forma de cubrir sus carencias es con títulos, y no, esto es un tema de caminos, no de finales.

Leía ayer en una cuenta de Instagram, @__nitch (al César lo que es del César), una frase de Frank Lloyd Wright que decía más o menos que “Cultura es lo que este país necesita. La cultura trae algo de adentro hacia afuera. La educación coge algo y trata de pegarlo desde fuera. La educación trata de decírtelo; la cultura te lo muestra”, y me encantó. Pensé entonces en esta semana en la que todo el mundo ha estudiado de mentira, en la que parece que si no tienes un máster no eres nadie, en esa necesidad absurda, tan patria, de demostrar que la valía y la capacidad dependen de tener un determinado número de títulos. Siempre exhibiendo una validación externa en lugar de enseñar los frutos del trabajo propio, ese “obras son amores” o aquel “qacta non verba” romano.

Pues no, aquí de obras poco, de bajar al barro a demostrar lo que se hace trabajando, nada; mucho mejor dedicarse a inflar currículum que a demostrar valía; y, ¿saben qué es lo peor de esto? Pues que determinada clase política demuestra estar de nuevo muy lejos de la calle y de quienes sostenemos el sistema del que ellos viven.

Seguro que hay miles de razones por las que uno decide estudiar pero como soy varón voy a dejarlas en dos, que me manejo mejor: porque gusta o porque se necesita. La primera es porque a uno le gusta estudiar y formarse, adquirir conocimiento y luego tener más material interesante para las conversaciones o porque cree que formándose, uno se convierte en mejor persona. Y para esto no hay objetivos ni niveles. Esto va desde leerse a Husserl para soltar que uno comparte su visión sobre la intencionalidad, a rebatir a cuchillo que la gallina es Turuleca y no Turuleta, porque así lo pone en los créditos del disco.

El conocimiento no es, o no debiera ser, elitista. Siempre me ha llamado la atención ese escalado de dificultad de contenidos para justificar la inteligencia. Lo que se estudia no capacita para todo en la vida, y esto es otra perogrullada pero parece que se nos olvida. Dos de los mayores referentes en mi vida no tuvieron demasiados estudios, porque la vida no lo permitió, y salieron adelante. Ambos fueron ejemplo de honestidad, trabajo, sacrificio, saber estar, humildad y compromiso. De la misma forma, me he encontrado con algunas personas con unos currículums que daban para empapelar El Sadar y que han sido ejemplo de lo mismo, humildad incluida.

Supongo que ustedes tendrán experiencias parecidas. Y las contrarias, me he encontrado con gente orgullosa, prepotente y faltona por el hecho de tener ciertos galones con y sin títulos que se han ido librando de un sopapo gracias a la formación y el ejemplo recibido de los ejemplos buenos que antes les comentaba.

Así que no, acumular títulos no garantiza que uno vaya a ser buen gestor o buen profesional, y si lo que se busca es admiración gracias a los títulos, lo que se es es imbécil (primera acepción de la RAE). Y si se admira a la gente sólo por lo que dicen tener, entonces lo que se padece es imbecilidad (también en su primera acepción: cualidad de imbécil).

La segunda razón por la que se estudia es por necesidad. Determinados puestos o carreras exigen una formación posterior a la formación académica, en otras ocasiones puntúa para la obtención de plaza pública, o favorece la contratación en puestos especializados. En estos casos, además del esfuerzo económico común a todos los másteres, suele haber un esfuerzo personal de robar horas a la familia, al ocio, al sueño o a todo a la vez con tal de sacarlo adelante.

Tiene mucho mérito acabar un máster, mucho. Los que lo han cursado lo saben. Y es a toda esta gente a la que están haciendo daño estos escándalos de másteres no demostrados, regalados, carreras hechas en dos tardes, doctorados y doctorandos puestos en cuestión.

Es una cutrez máxima jugar con la formación como arma arrojadiza, es cutre y miserable. Y me preocupa que estemos entrando en este circo en 2018. Si alguien ha hecho un máster, se comprueba y punto, para eso están los registros. Igual pasa con carreras, tesis, cursos de entrenador, de macramé o goles anotados en partidos de la segunda división de la liga de barrio.

Es absurdo especular con una información que está registrada. Se va, se comprueba y punto. De hecho, se comprueba y luego se suelta, no al revés, pero esto ya va con la calidad de la persona, con eso que hablábamos antes de la pasta de la que uno está hecho y la cultura.

Poner en tela de juicio el sacrificio de miles de personas que se esfuerzan por estudiar, pagar y aprobar sus másteres es estar muy lejos de la realidad social. Que a algunos no les cueste esfuerzo lucirse no significa que a la mayoría no le cueste horrores, y les da igual. Mezquinos.

Yo denunciaría a todos los que se demuestre que su formación ha sido adulterada si la hubieran cursado en alguno de los centros en los que me he formado, que me paguen lo que me han devaluado. Miren, si no van a estudiar, hagan el favor de no liar la manta diciendo que tienen unos títulos que no tienen, nos van a parecer igual de inútiles, de verdad, o quizás más, fíjense.

Hay muchos que nos hemos dejado las pestañas y los dineros en nuestra educación, así que, ya que no parece que vayan a hacer nada por mejorar el sistema, por favor dejen de empeñarse en empeorarla.

Lo único que debiera pedirse para ocupar un puesto político tendría que ser honradez, y eso pasa por decir la verdad antes de acceder al mismo. Y es que no decirla, además de falta de honradez, demuestra otra cosa en la era de la comunicación donde todo es fácilmente comprobable. ¿Saben lo que es, verdad? Efectivamente: imbecilidad. Aunque siempre será mejor que prepotencia por creerse por encima del bien y del mal.

Dice el Salmo 37 que “mejor es lo poco del justo que las riquezas de muchos pecadores”. Pues eso, mucho mejor hacer bueno aquello que tenga de verdad, ¿no les parece?


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