Opinión / Sabatinas

Ley de vida

Por Fermín Mínguez 10 noviembre, 2018 - 9:15

Qué le vamos a hacer, es ley de vida. La vida es así y así hay que asumirla, no la podemos cambiar. Una especie de anuncio de Cucal, aquello de nacer, crecer, reproducirse y morir, ¿se acuerdan?, sin posibilidad de cambiarlo. Pues ante algunas de estas leyes de vida mejor ser insumiso.

Dos personas celebran su vida sobre un atardecer en una montaña. ERIC WARD.
Dos personas celebran su vida sobre un atardecer en una montaña. ERIC WARD.

Hay un matiz entre “Ley de vida” y “Leyes de la vida”, el lenguaje, siempre es lenguaje. Wilhem von Humboldt, o Guillermo de Humboldt un tipo interesante que vivió entre los siglos XVIII y XIX, decía que “toda comprensión es siempre una incomprensión, toda coincidencia en ideas y sentimientos una simultánea divergencia” que puede sonar pedante hoy, pero viene a decir que aunque creamos estar de acuerdo con alguien es posible que hayamos entendido cosas diferentes y que lo que decimos y lo que creen que decimos no suele coincidir. Simplificándolo al máximo, claro.

Ahí está la importancia del lenguaje, de llamar a las cosas por su nombre y sobre todo de saber a qué nos referimos. Ya que va a ser bastante improbable entendernos de verdad entre nosotros según Humboldt, vamos a intentar ponérnoslo fácil.

Hay unas leyes de vida, inherentes al hecho de vivir. Estos son las que son y es un absurdo oponerse a ellas: sabemos que no tenemos decisión sobre cuándo venir al mundo y sabemos que esto de vivir acaba en algún momento que tampoco conocemos, si hablamos de morir y no de matarse, esta es la principal. Hay otras que tienen que ver con que es necesario aprovechar las oportunidades que se presentan, o con sacar el máximo partido a los talentos de cada cual.

Pero el cómo se haga, cómo se transite por la vida entre que nos traen y nos llevan y cómo decidamos aprovecharla no está ni definido ni regido por ninguna ley. Así que lo que se llama “ley de vida” tiene más que ver con modas, estéticas y aritméticas, las dos  en este caso. Llamamos “ley de vida” a lo que más se repite y lo asumimos como normalidad, para acabar dándole galones de inevitabilidad, pero no, no es verdad que sea inevitable. Estas son las “leyes de la vida”, de hecho son las “leyes de la vida que nos ha tocado vivir”, porque dependen de la situación y el momento histórico y social. Y sobre todo de lo que nos convenga creer.

Las leyes de la vida son aquellas que hemos consolidado a fuerza de fomentarlas, y se fomenta lo que se consiente. Esta era la frase que apunté el otro día, se fomenta lo que se consiente y cuando lo consentido se convierte en creencia es difícil volver atrás. Ahora es fácil quejarse de que la nuevas generaciones hacen tal o cual cosa, pero el hecho es que durante años lo hemos consentido y ahora hay quién se cree poseedor de derechos. Hemos consentido que nos robaran descaradamente quienes nos gobernaban, fomentando una clase política llena de mediocres que buscan sólo el corto plazo sin ningún tipo de escrúpulos. Hemos consentido que los verdugos se convirtieran en víctimas creando una nebulosa entre culpas, causas y consecuencias que ha fomentado la creación de grupos que están convencidos de que la violencia está justificada.

Hemos consentido que nos convenzan que las leyes de la vida son leyes de vida, fomentando una creencia social sostenida de que los cambios tienen que venir dados por terceros, por aquellos que las leyes actuales de la vida dicen que tienen el poder, olvidando que la estructura descansa sobre cada uno de nosotros. Hemos consentido el abuso de las economías de escala hasta fomentar la economía de escala de la decisión, que defiende que es más importante agrupar el mayor volumen posible de opiniones comunes en lugar de defender la importancia de cada opinión individual.

Compramos tomates fuera de temporada y además los queremos baratos y luego nos quejamos de la calidad y el sabor, ¿les suena?, pues nos hemos convertido en tomates de la decisión. No importa la calidad de lo que opinemos, incluso mejor renunciar a algunos principios para encajar en un grupo grande de opinión, que asumir el riesgo de opiniones puntuales. Y vuelvo al comienzo y a Humboldt, que también decía que “al escuchar una palabra no hay dos personas que piensen exactamente lo mismo, y esta diferencia, por pequeña que sea se transmite, como las ondas en el agua”.

Bonito, ¿no creen? Pues si fuera así, todas las conversaciones, todas las tertulias y las redes sociales estarían llenas de ondas cruzándose pidiendo explicaciones y lo que hay es un único ciclo de ola que va y luego viene. Poca diversidad, pocos pastores y muchos rebaños.

Ley de vida decimos, cuando deberíamos llamarlo resignación. Nos empeñamos en luchar contra lo invencible, que es que nuestro tiempo es finito, y nos conformamos con posturear en aquello sobre lo que tenemos capacidad de cambiar.

La única obligación que nos marca la vida es vivir, su ley es bien sencilla, las nuestras, con las que intentamos tenerla bajo control son complejas y disfuncionales, pero nos permiten quejarnos y parece que es suficiente.

La portada de un disco de Extremoduro, "La ley innata", tiene una frase que se atribuye a Cicerón que habla de estas leyes de vida: "En efecto existe, jueces, una ley no escrita, sino innata, la cual no hemos aprendido, heredado, leído, sino que de la naturaleza hemos tomado, extraído, exprimido, para la que no hemos sido educados, sino hechos, y para la que no hemos sido instruidos, sino impregnados."

Estamos hechos para vivir, no elijamos sobrevivir.


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