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Opinión / Sabatinas

La guerra frí(vol)a

Por Fermín Mínguez 26 febrero, 2022 - 7:45

Una guerra siempre es una guerra, fría, caliente o frívola. Siempre es lo mismo. Desde el principio de los tiempos mueren los mismos, pierden los mismos y, si gana alguien, son siempre los mismos.

No sé mucho de política internacional, ni de conflictos bélicos, por lo que no tiene ningún sentido que me erija en el enésimo experto opinador y hable de la naturaleza del conflicto. De lo único que sé un poco es de pérdidas, como todos ustedes, del dolor que suponen y de lo dañino que es pensar qué hubiéramos podido hacer para evitarlas, y las guerras lo único que dejan siempre es esto: pérdidas.

No sé a ustedes, pero a mí me da un miedo atroz que de un día para otro pueda desencadenarse una guerra. Que todo lo conseguido en años vuele por los aires de un día para otro y que, como nos pilla lejos, no pasemos de la condena y la queja temporal. ¿Se acuerdan de Afganistán? Supongo que como ya no sabemos nada estará todo en orden, las mujeres habrán dejado de ser tratadas como escoria y tendrán derechos, que ya no pasarán a nadie a cuchillo por discrepar y habrán dejado de quemar libros esa panda de yihadistas analfabetos a los que permitimos desde el mundo occidental, (iba a poner permite, pero usted y yo somos parte de esta permisividad), hacer lo que les brote con nuestros iguales en nombre de una fe que tergiversan y de una cultura que mata a la cultura. Lo mismo pasará con Ucrania, me temo. Que nos indignaremos pero les dejaremos a su suerte, su puta suerte, mientras sancionamos a su oligarquía a la que se la chupa un pie, o, si no, siempre serán los que menos pierdan. Porque ellos no serán el joven que muere reventado a tiros con veintipocos años creyendo defender unos valores en nombre de una sociedad que le ha dado la espalda. Ni la madre que se desgarrará el alma viendo como muere. O el niño que no encontrará cobijo y pasará hambre y frío. O la mujer que será víctima de esas aberraciones que trae la guerra. Ese odio inyectado en los ojos de personas que no tendrían por qué odiar.

Es un fracaso colosal permitir que cualquier situación llegue a una guerra. Permitirlas es perpetuarlas, renovar la posibilidad de que esos pulsos de banderas acaben a tiros cada vez más cerca. Leía a una profesora de geriatría australiana, Rhonda Nay, enfermera, por supuesto, decir que “La vida misma es un riesgo. No podemos eliminar el riesgo sin eliminar a la persona”. Y es verdad. Siempre habrá quien esté dispuesto a matar por una bandera y la orden de un tercero que no corre peligro. Lo que tenemos que hacer el resto es que vea que no le merece la pena. Porque las glorias de hoy, de esta guerra, no pasarán de un párrafo o dos, quizás una página, en los libros de texto de dentro de veinte años. Página que no hablará de los muertos, de sus familias ni de todas las cicatrices que no cerrarán que habrá dejado en el camino.

Pena infinita por lo que está pasando y dolor intenso por todo lo que está por venir, por todo el sufrimiento que esta guerra va a causar en nombre de unos egos desmedidos, egos que siempre esconden un miedo tremendo a que nos vean como somos. 

Hay días en los que cuesta escribir, no sólo por el dolor que causa ver que de nuevo estamos dispuestos a sacrificar vidas de terceros con tal de no perder el control del orden establecido, también por la sensación de que por mucho que escriba, o escriban ustedes, esto no va a cambiar. Así que, si no les importa, voy a dedicar el tiempo que dedicaría a cerrar bien la Sabatina a buscar en qué forma puedo ayudar a la gente de Ucrania, a la que se le viene encima lo peor que hayan vivido. Les animo a hacer lo mismo, seguro que podemos ayudar de alguna forma.

También les animo a dejar bien claro a cualquiera que crea que puede imponer su criterio o sus ideas, que con nosotros no cuente. Piensen que hay un momento en el que todos somos susceptibles de intervenir en la historia. También Putin fue accesible en algún momento, quizás un adolescente tontolaba al que le hubiera venido bien un correctivo; o un compañero de trabajo machista; o una amiga racista; o cualquier imbécil que se cree que puede ir por la vida pisando ideales. Piensen que si se vienen arriba no podrán hacer nada, pero que igual dos guantazos a tiempo, o un discurso pacificador, pero el cuerpo me pide ser más expeditivo hoy, evitan que luego se convierta en un tirano plastificado a botox con capacidad de decisión militar. Hagamos lo posible por evitar que estos especímenes, en cualquiera de sus categorías políticas, crezcan. Que se maten entre ellos si quieren.

Lo dicho, les dejo ya, no sin antes pedir perdón al pueblo de Ucrania por todo el sufrimiento que les va a provocar mi inacción, la de mi mundo. Perdón a todos los que van a morir estos días mientras aquí discutimos sanciones económicas y hacemos memes con la guerra, como si hubiera algo de lo que reírse. La guerra frívola. No la endulcemos, no nos acostumbremos nunca a ella. Sea donde sea. 

No servirá de nada pero lo siento mucho Ucrania. 

Hay días en los que cuesta ser bueno y, sobre todo, ser feliz, pero séanlo, no vaya a ser que un día nos quiten de golpe la posibilidad de serlo.


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