Opinión / Sabatinas

'Japi Javoluin'

Por Fermín Mínguez 03 noviembre, 2018 - 9:23

¿Ya les ha felicitado Vanesa por whatsapp?, seguro que les ha llegado ese mensaje en el que les desea un feliz jauvelin, juavelin, javoluin o como se diga. No deja de tener su aquel esa insistencia, real o no, por integrarse pronunciando algo que ni se conoce.

Cementerio Municipal de San José de Pamplona en el día de Todos los Santos. IÑIGO ALZUGARAY
Cementerio Municipal de San José de Pamplona en el día de Todos los Santos. IÑIGO ALZUGARAY

Soy consciente de que esto va a sonar como si fuera el abuelo cebolleta, pero me siento muy identificado con esa otra imagen que corría por redes sociales donde se decía que lo más cerca que ha estado mi generación de Halloween ha sido con la calabaza Ruperta del programa Un, dos, tres. Algún capítulo de Cosas de casa o El príncipe de Bel Air, pero poco más, y de esto no hace más de 20 o 25 años.

Pero en esta lucha entre tradición y novedad, ha sido la novedad la que ha ganado por goleada. Me encantaría tener el nivel necesario para hacer una lectura antropológica de esto, y cruzar teorías sesudas y hablar de por qué preferimos la inmediatez al poso lento, pero no doy para tanto, sin embargo estos días de cementerios y recuerdos, con sus tradiciones arraigadas, de raíz, me han dado algo de luz.

Ayer dos de noviembre fue el día de los Fieles Difuntos, seguro que les suena ya que en algunos pueblos se sigue celebrando la tradición de celebrar una misa en el cementerio y ofrecerla por el alma de los allí enterrados. En el mío, en Mañeru, todavía se celebra y he de reconocer que es conmovedor y emocionante ver la devoción de un pueblo con sus difuntos, con los que les precedieron. Me gusta pensar que son nuestra raíz, por eso es tan bonito que estén en tierra.

Una de las frases que escuché fue “se van y perdemos nuestras referencias” refiriéndose a los mayores. “Se van” me pareció muy bonito, como si hubiera algo de voluntario en la partida, como si fuera necesario partir para que los que quedamos sigamos progresando, pero lo de perder las referencias da vértigo.

No tengo nada en contra de Halloween, me parece una sandez como otra cualquiera, una justificación para la fiesta (como si nos hiciera falta) y un desperdicio de calabazas que mejor estarían en crema, pero lo que no me gusta es que sustituya a otras tradiciones. Integrar no es sustituir, por mucho que sea a lo que nos tienen acostumbrados los advenedizos del poder.

Es la cruz de estos tiempos de dicotomía que estamos construyendo, o una opción o la contraria, como si no pudieran convivir juntas más de una. No me hagan mucho caso, estos días no me sientan bien y pierdo el norte con facilidad, pero he visto reflejado el llamado espíritu de Halloween en muchas de las realidades sociales y/o de empresa de las que he venido hablando últimamente.

No me gusta que la forma de conseguir recompensa sea mediante la amenaza de truco o trato, que se acaba convirtiendo en dame-lo-que-tengas-y-punto. Que cueste un poco, no sé, que canten, que hagan un truco de verdad o el pino puente, que haya que sudar los caramelos. Es la recompensa inmediata en lugar de conseguirla como consecuencia del esfuerzo realizado.

Me preocupa todavía más la negación del legado, de lo que nos ha traído hasta aquí, o de quienes lo han hecho. Esa creencia que yo lo valgo por lo que soy, y no por todo lo que me han aportado que ha hecho que llegue a ser lo que soy. Lo consciente, lo pausado, lo que lleva tiempo, todo lo invertido que no tuvo recompensa visible pero que ahora florece. Todas aquellas personas que han estado a mi lado en la vida más allá de su presencia física. Ese consejo, esa frase y sobre todo ese ejemplo de quienes nos han precedido. Todos aquellos que viven en nosotros porque vivieron con nosotros.

Todas aquellas referencias que no nos podemos permitir perder, esas raíces que cada vez son más profundas en la tierra pero que son las que harán lucir brillantes nuestras hojas y flores.

Mi querido Antonio, el nieto de Nicómaco, dice que en España se entierra muy bien, refiriéndose, entiendo, a que una vez no estamos se nos despide con buenos gestos pero pocas profundidades, lo cual no es ninguna buena noticia. Somos muy de dar carpetazo, de los vivos al bollo y de los sustos de la Vane en Javoluin, y renunciamos a asumir las herencias, a entenderlas, a curarlas si han producido heridas, a cambio de conseguir objetivos inmediatos y sonantes.

Pocas tradiciones tan necesarias como recordar a los que nos precedieron, incluso para repudiarlos si lo merecen. Pocas cosas tan útiles como reconocer a quienes viven en nosotros y nos han ayudado a construir lo que somos y lo que tenemos. Poco más importante que agradecer.

Que igual es que no estoy fino, insisto, y esta predisposición a lo inmediato poco tiene que ver con todas las crisis éticas, profesionales y personales que llenan los libros de autoayuda y renovación empresarial. Que seguramente el hecho de no saber reconocer errores y éxitos de los que nos precedieron poco tenga que ver con que repitamos una y otra vez los mismos bucles y los mismos sufrimientos, convencidos de que esta vez sí, de que nosotros sí somos los portadores de la verdad y las soluciones.

Que seguramente lo que me pase es que esté echando de menos con tanta intensidad que me nubla el raciocinio y lo correcto sea ir detrás de la inmediatez y no darle demasiadas vueltas al resto. A ustedes les dejo decidir.


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