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Opinión / Sabatinas

Guapos de mascarilla

Por Fermín Mínguez 19 diciembre, 2020 - 10:51

¿No les pasa a ustedes que ven más guapa a la gente desde que llevamos mascarilla? Esos cruces de miradas misteriosos entre ojos que esconden caras, ¿no les pasa? Pues es culpa suya, que lo sepan, como casi todo en esta pandemia ahora que lo pienso.

Varias personas en la terraza de un bar, el día que entra en vigor la modificación de la orden de 14 de julio que regula el uso de mascarillas en Andalucía, aprobada este jueves por el Consejo de Gobierno de la Junta para frenar el avance de los contagios de coronavirus Covid-19. El uso de mascarilla será obligatorio en los establecimientos de hostelería y restauración mientras no se esté consumiendo. En Sevilla (Andalucía, España), a 23 octubre de 2020.
María José López / Europa Press
  (Foto de ARCHIVO)
23/10/2020
Varias personas en la terraza de un bar con mascarillas. María José López / Europa Press.

El otro día discutimos este tema de la guapura y las mascarillas en el chat de los P’alanters, que ya saben que es una versión del oráculo de Delfos digital. Las teoría era que como los ojos son la parte más bonita de la cara nos gustaban más, y que era la forma de nariz y boca la que definía al final cuánto nos gustaba una cara. Pero entonces Segura compartió una foto de Marty Feldman y la teoría se fue al garete. Intenté contar la mía, pero el tema giró al rockabilly, hacer el cangrejito y alguna dificultad de expulsión y ya no fue posible.

Yo estaba convencido de que esto pasa gracias a nuestra imaginación, a que el cerebro completa lo que no ve de la forma que más le gusta, así de sencillo. Como me gusta contrastar lo que les cuento, he encontrado algunos estudios, uno de la Universidad de Osnabrück, que no concocía, pero como tiene diéresis y está en Alemania es un respaldo incuestionable, que dicen esto, que el cerebro tiende a rellenar la información que le falta con información que ya tiene. En resumen, y generalizando mucho, amigas y amigos neuropsicólogos queredme así, que el cerebro prefiere tirar de lo que conoce y le gusta que en hacer caso a los sentidos. Vamos, que vivimos en una especia de adolescencia cerebral perpetua, no me digan que no les parece precioso. Al órgano que rige nuestro destino, lo que nos hace serios y decentes, personas cerebrales decimos, le encanta rellenar al realidad con lo que le brota. Sonrío, me encanta.

No es que veamos a la gente más guapa, no, es que nos la imaginamos más guapa. Jugamos a Mister Potato pero con material de cirujano plástico. Esta nariz que me gusta, la boca así, una pomulosis de celebrity, un mentón redondico, y voilà!, ya tenemos a nuestro guapo o guapa ideal. Y todo esto solo por ver unos ojos tras una mascarilla.

Es extraordinario, ¿no les parece?  Pues parece que nos estamos negando el poder de la imaginación.

Carlos Fuentes, el escritor mexicano, decía que “Necesito, luego imagino”, como una evolución lógica del “Pienso luego existo” de Descartes. Me parece mucho más bonita la propuesta de Fuentes. Existir, como objetivo vital, es algo justo. Transitar por la vida cumpliendo las expectativas, que casi siempre son de terceros, no tiene demasiado mérito, de verdad, corres el riesgo de acabar embotado en una realidad de mínimos. Oigan, que si la encuentran bien y son felices, nadie puede cuestionarlo, faltaría más. Que es fantástico ser feliz cumpliendo un horario y obedeciendo pautas sociales, sin cuestionarse mucho y entendiendo que todo lo que los demás hacen por nosotros es por nuestro bien, aunque nos corte las alas y nos encierre en una vida que no es la que imaginamos. Es curioso, cuando uno está empezando a vivir, a este concepto lo llamaremos los veinte de Porta, es como si sólo le viera los ojos a la vida, te seduce, y te imaginas cómo será debajo de la mascarilla. Haces planes, asumes riesgos, te imaginas la vida maravillosa, lo maravillosa que necesitas al menos. Luego la vida empieza a jugar, porque la vida juega, y al ir bajándole la mascarilla empieza a no gustarnos tanto. Y este es el momento crucial, podemos asumir lo que vamos descubriendo, o podemos seguir imaginando lo que necesitamos, como decía Fuentes.

Es la necesidad la que enciende la imaginación, y es la imaginación la que enciende la creatividad. Ojo que la necesidad no es algo solamente económico o comercial, que no les hagan el lío. Cuando hablamos de necesidad hablamos de necesidad personal. Lo material, que puede ser estupendo, forma más parte de la mascarilla que de la imaginación, aunque tenga sesenta y cinco pulgadas…

Es muy peligroso capar imaginaciones y creatividades, porque al final son ellas las que nos sacan de pozos oscuros, y las que han sido motor de progresos en muchas etapas de la historia. En una época de crisis muchas estructuras o empresas optan por perfiles ejecutores, enfocados a la producción, y prescinden de los que son más talentosos o imaginativos ,(suelen ir de la mano), centrados en el pan para hoy, convencidos de que no estarán en el hambre para mañana.

Parece que imaginar situaciones mejores cuestiona demasiado y mejor renunciar a asumir el riesgo de la creatividad que darle gas a la vida. Volvemos a fiar el riesgo al resultado final,) ¿y si me sale mal?), que al beneficio del viaje que supone decidir, (¡ha merecido la pena!). La falta de creatividad es expansiva y aplicable a trabajo, familia, amigos, parejas y lo que sea que toque. Renunciar a mejorar es empezar a menguar hasta mimetizarse con el ambiente que curiosamente nosotros mismos hemos creado para no cuestionarnos. Una especie de Bill el Botas de Piratas del Caribe, que acaba siendo parte del barco a fuerza de abandonarse.

Lo mejor de esto es que cada uno de nosotros está siempre por encima de su propia amenaza. Ahora que nos toca llevar mascarilla a todos, despersonalizándonos y unificándonos, a nuestro cerebro, ese racional, le da por llenar los huecos que no ve de la forma que más nos gusta, y si le dejamos convierte la rutina en una fiesta, y podríamos ir por la calle enamorándonos cada cinco minutos de las miradas que nos cruzamos. Vale que la decepción cuando desaparece la mascarilla puede ser terrible, que lo es muchas veces, queridas y queridos, que lo es, pero ¿y ese rato de imaginación?, ¿esa chispa de ilusión?, no me digan que no les cambia el humor e incluso les alegra el día.

No renunciemos a imaginar, por favor, porque de las imaginaciones de hoy salen las realidades mejores de mañana. Y tampoco renunciemos a ayudar a otros a que imaginen, no sabemos en qué cerebro vive la ilusión que nos puede cambiar la vida. Sonrío.


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