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Opinión / Sabatinas

Las gotas de Mercurio de nuestra vida

Por Fermín Mínguez 10 diciembre, 2022 - 9:37

Se llama fuerza de cohesión, y es la que hace que las moléculas de un mismo elemento se atraigan y se mantengan unidas, siendo así más fuertes. Es la que permite que algunos elementos se separen o se rompan en diferentes unidades pero que, si se acercan, vuelvan a juntarse de nuevo formando una nueva unidad.

Supongo que si hay algún físico en la sala podría decir mucho más y mucho mejor sobre la fuerza de cohesión, aunque espero que como resumen haya quedado claro. Esto le pasa a algunos líquidos en mayor o menor medida. También pasa con el agua, pero al moverse por las superficies las va mojando y va perdiendo volumen, es decir, al agua le cuesta más recuperar su fuerza inicial porque ha ido dejando jirones por el camino. Que puede tener una lectura bonita, que es que en el camino de romperse y reagruparse, de reconstruirse, ha ido dejando parte de sí misma en el camino, dejando un rastro que otros pueden seguir e, incluso, mejorando, regando, la vida de otros. Esta es la lectura más Coelhista. La otra lectura es que en el camino ha ido perdiendo fuerza hasta que llegue un momento en el que desaparezca, vamos, que vivir desgasta y que el mismo hecho de vivir es la causa de morir, lo dice el siempre alegre Diego Vasallo en una de sus canciones, “los golpes duelen, la vida mata”. Júbilo puro.

Al mercurio le va mejor con esto, me lo explicaba Super Gómez en otro café matutino, se reagrupa con más facilidad, no deja rastro al desplazarse y puede volver a su forma original con más facilidad sin perder demasiado. No hay más que fijarse en Terminator 2 y la guerra que daba el malo venga reagruparse una y otra vez, que no había forma de cargárselo. Lo separaban a balazos, y él volvía a juntarse, una y otra vez. Tremendo. Y sin perder nada por el camino, no como la desgraciada del agua, que cada vez que se arrastra se le va la vida.

Lo del mercurio tiene truco, claro. Primero porque es un metal pero no sólo por eso. Al mercurio lo que le pasa es que se gusta demasiado, el resto de elementos no le gustan demasiado y pasa de juntarse con ellos, por eso ni moja, ni se disuelve ni nada. Si eres mercurio te acoge, y si no pasa de ti, sin problema ni remordimiento. O mercurio o sobras. Por eso parece más fuerte. Se agrupa alrededor de sí mismo. Socialmente hay mucho mercurio suelto, mucho iluminado que ha encontrado un motivo sobre el que agruparse y sentirse fuerte. Gotas que solas no valen un pimiento, con discursos vacíos, rancios, hirientes, o directamente imbéciles, que han encontrado otras gotas para hacerse fuertes. Y, como no tienen muchos más motivos que los suyos propios, se reagrupan rápido y fuerte. Aunque su vida sólo cobre sentido en el grupo, perdiendo su valor individual para ser una mancha gorda que arrastra. Por una vez en su vida se sienten grandes, por eso cada vez que se quedan solos o se les disgrega, buscan la manera de unirse a otra mancha grande. Los mercurios, así son. La parte mala es que con esa densidad, y no dejando rastro, al mercurio se le puede encerrar fácilmente, meterlo en una caja, y ahí se quedará para siempre. Como no se mezcla no podrá salir a menos que alguien lo saque. De hecho, los que sean anteriores a la ESO, recordarán aquellos termómetros de mercurio que cuando se rompían podía jugar con la bolicas. Luego se prohibieron porque, además de rancio, el mercurio es tóxico. Lo tiene todo, oigan.

La idea de volver a juntarse siempre después de que te rompan es tentadora, y uno piensa que ojalá ser mercurio y poder volver una y otra vez al punto inicial. Sin problemas, sin dejar retales por el camino, volver siempre entero. Me temo que esto no es posible, o al menos sin tener una sociopatía asociada, sin tener que renunciar a relacionarse y dejar rastro y ser tóxico y peligroso para los demás.

A veces buscamos ser mercurio para recuperar una vida que tuvimos, una oportunidad que personas o a la persona que fuimos, y en ese camino, en esa obligación autoimpuesta de volver, nos volvemos tóxicos y nos aislamos, frustrados además por no poder recuperar la forma original.

Quizás, Super Gómez querido, mejor que ser mercurio sea ser agua. Que se junta con cualquiera, que se disuelve con cualquiera, que se embarra y se ensucia, pero que también quita la sed, riega y limpia las heridas aunque se vaya quedando por el camino.

Lo bueno no es volver a ser quien fuimos, sino ser quien somos a pesar de lo que nos hemos dejado en el camino. Esto parece un trabalenguas, pero es sencillo. Quizás es mejor ser consciente de lo que se ha vivido y asumir que esto nos cambia irremediablemente, que nadie tiene la culpa muchas veces, y que lo que está, está, y está bien.

Vale que ser mercurio unido es ser más fuerte, pero, ojo, que siendo agua somos más. Un tsunami de fragilidades, gotas sucias, arrastradas y pequeñas no deja de ser un tsunami..

Mejor compartirse e irse desgastando un poco cada día, mejor dejar rastro, que cerrarse en un grupo que arrasa. Mejor arrastrar que arrasar, sí. Y, si tienen la tentación de mercurizarse, o si quieren atajar a esos grupos de mercurios que circulan por la vida, la opción de meterlos en termómetros para tomar la temperatura rectal puede ser una buena opción, ¿no les parece? Que sean útiles al menos.

Sonrío

Sean buenos pero, sobre todo, sean felices. Y dejen rastro aunque les duela, que a la vida se viene a vivir. Y vuelvan a reagruparse, aunque ya no sean los mismos, que entre gotas nos querremos siempre.


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Las gotas de Mercurio de nuestra vida