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Opinión / Sabatinas

Fin de temporada, o no

Por Fermín Mínguez 26 junio, 2021 - 8:22

A las puertas del verano otra vez, qué rápido pasa el tiempo, ¿no les parece? A pesar de restricciones y pandemias, y cuarenta sabatinas después, cerramos la temporada de nuevo. Hay que ver cómo es la vida, que parece que no pasa, pero no deja de correr.

Cuarenta sabatinas han pasado desde aquel La bolsa o la vida con el que abría la nueva temporada en septiembre del que ni me acordaba ya, pero que podría haber cortapegado esta semana perfectamente y no hubiera quedado raro. Por un lado parece que hemos perdido un año entre restricciones, mascarillas, prohibiciones y confinamientos, y por otro parece que no hubiera pasado el tiempo, y siguiéramos en una especie de bucle donde no avanzamos. Como en El día de la marmota, pero sin Bill Murray, y todos sabemos que la vida sin Bill Murray es siempre más aburrida.

Seguimos hablando de los mismos temas, o al menos teniendo las mismas discusiones, militando en las mismas sinrazones, muchas veces enfrascados en las mismas guerras partidistas buscando victorias pequeñas que nos refuercen el orgullo, mientras la vida real, tramposa como es, nos sigue restando días, como si fuera una trilera profesional que se queda nuestro dinero mientras nos distrae con la bolita.

Otra temporada más.

Leyendo en diagonal los títulos de las sabatinas, (sólo los títulos, me da vergüenza releerme, así de rarico soy, y seguramente por eso hay algún gazapo siempre en la Sabatina que se encargan ustedes de recordarme), tengo la sensación de que hay más queja que celebración, más enfado y decepción que alegría, y eso no puede ser.

Claro que la vida se estrecha, y duele, y nos quita, pero también nos da y a veces se nos olvida, a mí el primero. Y no voy a caer en la Coelhada (Paulo, no podía despedirme sin ti), de decir que lo que se va por un lado viene por otro, o la mierda de consuelo de refrán que se abren ventanas cuando se cierran puertas porque no. La vida a veces te cierra puertas, tapia las ventanas y te mete una serpiente en la habitación, o te hace compartirla con alguien sudado y en camiseta de tirantes. No me creo nada esa historia  dulce de la compensación, soy más de Cándida y su “cuando Dios aprieta, ahoga pero bien”, que del que aprieta pero no ahoga. No sé a ustedes, pero a mí me ha dejado sin aire varias veces y ha tocado abrir ventanas a cabezazos para respirar, como el butrón de la canción de Extremoduro en La Ley Innata.

Pero esto no significa que todo sea malo, que vivir sea la pena con patas, que va. A veces pasa que algo florece en el caos, ese "la vida se abre camino” inmortalizado por Ian Malcolm (Jeff Goldblum) en Jurassic Park y que les  cito con frecuencia. Reconocer esas alegrías ayuda.

No quita un ápice del dolor, o de la rabia, o de la pena de las pérdidas, pero ayuda. Javi decía el otro día que no es lo mismo el dolor que el sufrimiento. Que doler nos tiene que doler pero que mantener ese dolor y convertirlo en sufrimiento depende de nosotros. Por una vez le voy a dar parte de razón, poca para que no se venga arriba. Que nos vaya mal no implica que no podamos aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Desde lo más sencillo a lo más complejo. Les confesaré, como ejemplo de lo sencillo, que hay semanas que me cuesta mucho escribir, y seguro que lo notan, pero me merece mucho la pena insistir por lo bueno que me trae, sus comentarios, y esa liberación terapéutica que tiene escribir, algo así como lo que decía Bukowski que escribir sobre las cosas le ha permitido soportarlas.

También en lo complejo aparecen oportunidades. La mayor de mis pérdidas ha traído consigo la aparición o recuperación de quienes se han ido haciendo importantes mientras me acompañaban. Personas con las que compartir la vida la hace más agradable, ya sea comiendo en Mendebaldea o con dos cervezas en una terraza, en conversaciones con el lagrimal cargado deseando abrir fuego pero balsámicas para esas cicatrices que no cerrarán nunca.

Me dirán que una cosa no compensa la otra, y claro que no compensa, que narices va a compensar. Cualquiera cambiaríamos una idílica relación post caos por volver a la vida anterior, por supuesto. Pero es que la vida no va de compensar, ese es el error. Lo que gana no compensa lo perdido, nunca. Lo que se gana se gana, y lo que se pierde se pierde, y punto, como le gusta cerrar a Laporte. Y punto.

Esperando compensar nos vamos a amargar, porque nunca será suficiente. Por eso es mejor buscar justicia que compensación. Por eso hay que ser bueno. La compensación en la vida es como el botox para el alma, que hay quien se lo pone convencido de que le mejorará la sonrisa y lo que hace es desfigurarla convirtiéndose en una Carmen de Mairena de Hacendado. Y Carmen de Mairena solo ha habido una. Nos empeñamos en rellenar huecos buscando la forma anterior, como si fuera mejor que la actual, como si no fuera bueno tener cicatrices, ojeras, arrugas y agujeros. Como si no fuera bueno, y bonito, llorar por que sí, porque te asalte un recuerdo, o porque te reconoces en una mirada. Como si fuera necesario estar todo el día enfadado con alguien, o reclamando compensaciones y pidiendo nuestra dosis de casito diario. Como si para ser feliz hubiera que militar en grandes causas ajenas, cuando las causas diarias y propias ya son fascinantes.

Creo que Asimov sabía muy bien de lo hablaba cuando decía que igual la felicidad era no sentir que debes estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más. Ocupados intentando ser alguien más será difícil hacernos felices. Empeñarnos en que alguien nos compense lo que la vida nos quita perderemos el tiempo amargandonos. A lo mejor hay que seguir echando de menos las pérdidas a la vez que abrimos la puerta y damos la bienvenida a las nuevas oportunidades que se nos presentan, y dar las gracias, como decía Sa, por el tiempo que tuvimos. Un tiempo que fue nuestro y el error es compararlo con que si fue poco o mucho, más o menos que otros, en lugar ponerlo en valor e intensidad. Abrir la ventana a las piedrecitas que la felicidad nos tira y contaba Benedetti. Igual es que eso de superar los traumas y rehacerse es una mentira como un templo y un sacacuartos de motivadores cutres y lo que hay que hacer es aprender a ser feliz de nuevo con lo vivido.

A ver si nos están engañando con tanta tontería de equilibrio y compensación como camino a la felicidad y el truco está en hacer lo que se pueda con lo que se tiene, y que está bien ser frágil, desequilibrado e imprevisible como forma de vida. No vaya a ser que con tanta discusión programada y tanta necesidad de posicionarse se nos esté olvidando vivir como queremos, con lo que tenemos y sin miedo a perderlo.

Confío en verles a la vuelta de verano por aquí, pero si no, porque es posible que nos podamos quedar en el camino porque la vida también juega, ha sido un placer llegar hasta aquí, disfrutarles y compartirnos, así que gracias. Lo que sea que nos encontremos en septiembre estará bien, y no quitará un gramo de de valor a lo vivido, ¿trato?

Que tengan ustedes un buen verano, que lo disfruten, ojalá reconozcan muchas oportunidades para ser felices. 

Y recuerden, sean buenos, pero sobre todo, sean felices.

Sonrío, hasta pronto.

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