Opinión / Sabatinas

Faulkner y el mal de muchos

Por Fermín Mínguez 14 mayo, 2016 - 0:05

“Puedes confiar en las malas personas, no cambian jamás”, esto decía William Faulkner escritor americano, Nobel de literatura en 1949.

He de reconocer que llegué a Faulkner a través del cabo Gutiérrez, brillante interpretación de Saza en “Amanece que no es poco”, me picó la curiosidad la escena en la que lo nombra y así lo descubrí.

Quiero pensar que estaba equivocado, a pesar de que no me siento muy capacitado para discutir a un premio Nobel, y que lo no cambia jamás son los malos hábitos, las malas costumbres. Por ejemplo cuando alguien llega a un puesto de responsabilidad y/o poder da la sensación de que se le habilitan determinados privilegios que los demás debemos comprender, entendemos como lógico que puedan incumplir normas o leyes por el mero hecho de ser representantes del pueblo y usar su puesto en beneficio propio.

Y que quede claro que no estoy haciendo crítica política, intento hacer crítica ética. Los navarros que me lean estarán pensando en los casos de asignación de proyectos públicos a familiares de cargos públicos que han pasado esta semana. Voy a intentar explicar por qué no es político y tiene más que ver con lo que decía Faulkner.

Para los que no lo sepan, una concejala de Aranzadi participó de la asignación de una subvención pública a una institución que dirige un familiar cuando la ley exige que no sea así, lo que parece lógico. La concejala admitió el error y vino a decir que disculpen y que no volvería a pasar, lo mismo hizo su responsable en el Consistorio que es el alcalde. Perdonen, ha sido un despiste, vaya por Dios, ya me sabe mal, qué cosas, y lo primero que me vino a la cabeza fue la disculpa del rey (el de antes) cuando le pillaron de caza mayor en Botsuana. Carica de pena, lo siento, no lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más, como la canción de Sandro Giaccobe, El jardín prohibido.

Por eso no es política, porque no creo que un Borbón, y un cuatripartito con Bildu y Podemos tengan demasiado que ver. Por eso tengo la sensación de que la culpa es del hábito, de la función, o del ego.

Descorazona ver como las promesas de cambio caen una y otra vez en las prácticas que tanto criticaron cuando no estaban en el poder. Porque, y ojalá me equivoque y se convoque de nuevo el proceso de adjudicación, van a tener el mismo final la cacería del rey, la adjudicación a la hermana de la concejal de Aranzadi o al hermano de la presidenta,  que las mediaciones de Rita Barberá, que el pasaba por allí de Chaves con los EREs. La misma. Una disculpa (que ya está bien que se disculpen), un no lo volveré a hacer más y entonces alguien da la señal de inicio y lanza a los tercios a la batalla, con sus lanceros, rodeleros,  arcabuceros a meter ruido al grito de “¡¡Los anteriores también lo hicieron!!”

Y fin. Ya está solucionado. Los unos y los otros discuten, los afines a unos y a otros discutimos, el dinero se queda sin devolver y la infracción o delito según proceda sin juzgar y por supuesto sin condenar. Y decidimos vivir en un caso Noos infinito, donde nadie sabe nada. Perpetuamos el mal hábito de que quienes tiene un cargo pueden hacer lo que les salga de las narices. Y así nos va. Normal que no quieran muchos reducir el gasto electoral, tienen que volver a contarnos que no lo volverán a hacer más en unas elecciones donde es curioso que con lo que más se está jugando es con el índice de abstención y cómo afectará al reparto de escaños. Sería mejor preocuparse por qué se produce este desencanto y no por sus consecuencias, es como si el objetivo de una campaña contra el alcoholismo se centrara en paliar los efectos de la resaca.

Pero me niego a pensar que esto será siempre así, estoy convencido que muchos de ustedes piensan parecido y seguro que hay alguno más valiente que yo que en lugar de dedicarse a escribir su desazón tiene el valor de hacer política activa. Ya hay perfiles que lo intentan y sería bueno poder votar de forma nominal independientemente del partido al que se pertenezca, votar a quien genera más confianza.

Faulkner también decía que “la sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen”, esta me gusta mucho más. Sigo pensando que una forma más racional y equitativa de gestión pública es posible, y pasa porque todo aquel que venga a meter la mano sepa que si le pillamos no le bastará con disculparse, y que lo que se lleve se devuelve sin contar milongas de que si izquierda o derecha, que si promuevo el cambio que si me lo quedo. Que no, que menos discurso y más esfuerzo. El hecho de que antes lo hayan hecho otros no justifica que se repita; repetir un delito te convierte en delincuente, no en penitente.

Y como decía Saza,  “¿qué no saben que en este pueblo es verdadera devoción lo que en hay por Faulkner?”, habrá que demostrar que tenemos devoción por los sueños grandes.

Habrá que construir un lugar al que pertenecer, habrá que coger ese tren.


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