Opinión / Sabatinas

 El toque humano

Por Fermín Mínguez 19 mayo, 2018 - 10:51

Una de las sesiones habituales en los cursos de liderazgo habla de la diferencia entre persona y personaje, lo que se es y lo que se representa, y lo importante que es ser auténtico. Pero esto es predicar, luego cuando toca dar el trigo ya es otro tema.
 

Humanos y máquinas, la clave es el factor humano.
Humanos y máquinas, la clave es el factor humano.

Tengo una fe ciega en las personas, en todas. Estoy convencido de que somos capaces, primera persona del plural que también tengo fe en mí mismo, de absolutamente todo lo que cada uno de nosotros nos propongamos como individuos, como masa social ya tengo mis dudas.

Es esa tendencia al bandismo de la que ya les he hablado la que me asusta, y su tendencia a homogeneizar perfiles y a justificar lo que sea con tal de normalizarlo. Es una pena que como individuos renunciemos de forma sistemática a nuestra capacidad de ser únicos, es una pena que como grupo no discrepemos cuando se nos impone algo con lo que no estaríamos de acuerdo si el grupo no lo hubiera asumido como válido, penas de las de llorar a lágrima viva son.

Creo, por esa fe en las personas que decía antes, que las personas podemos cambiar, y esto no significa que estemos en el error y luego veamos la verdad y vayamos a la luz como Caroline, no, o no solo.

También podemos estar en el buen camino y decidir coger carrerilla y tirarnos de cabeza en el caos, en el error o en el mal más absoluto. También podemos cambiar de criterio tantas veces como haga falta, lo que nos parecía bien parecernos mal y viceversa, pasar de bien a mejor o el más habitual de mal en peor. Incluso variar en qué es bueno y qué es malo, porque eso es parte de nuestro encanto: dudar, cambiar y crear. Balar o cacarear a cambio de comida o caricias es propio de ovejas y gallinas.

Podemos cambiar, claro que sí, y bienvenido sea y donde dijimos trigo decir Rodrigo o Amparito, pero lo que no tiene ningún sentido es que nos parezca todo correcto, lo anterior y lo posterior. Que siempre se encuentre una justificación para los errores anteriores, a veces con el “y tú peor, así que calla”, que es una versión mucho más madura y desarrollada del “rebota, rebota y en tu culo explota”. Y entre rebotes y culos explotando vamos construyendo un bonito entramado de responsabilidades, precioso nos está quedando.

Otra opción estupenda es el contexto. El contexto es ese ente que tiene esa capacidad camaleónica de convertir lo que sea en una situación temporal justificable. El contexto de la fiesta convierte a las personas en animales, y entiéndame usted, que si hay alcohol y ellas van con dos copas y enseñando el ombligo, qué voy a hacer yo, entiéndame, me provocan y uno no es de corcho. O el contexto ese en el que todos cogen algo de dinero público y mire, qué quiere que haga, la presión me puede, el contexto vino con sus bigotes largos y me metió tres billetes de quinientos en el bolsillo, el contexto, el contexto es terrible. El contexto me hizo decir cosas que no debía. !!!EL CONTEXTO DIMISIÓN!!!

Pero el contexto también tiene la capacidad de justificar las cosas si se sacan de él. Me lo imagino como una discoteca en la que una vez que sales no te dejan volver a entrar, y tú quieres seguir bailando y hablando a gritos pero en la calle no puedes porque estás fuera de contexto, claro, y los porteros son los que deciden si entras de nuevo o te quedas fuera haciendo el ridículo. Los porteros de la discoteca política como garantes de lo que se puede justificar o no. Así estamos.

El contexto nos equipara a todos. Incluso a los delincuentes. No veo problema alguno en que Pablo Iglesias se compre un casoplón en unas condiciones estupendas de hipoteca, por qué no iba a hacerlo. Pero tendría sentido decir que está haciendo algo de lo que echaba pestes hace un tiempo. Claro que uno quiere lo mejor para sus hijos, pero ustedes y yo conocemos gente relevante con sus hijos en escuela pública y viviendo en sus barrios de toda la vida. ¿Que es más difícil?, claro, mucho más, pero es posible. Y si no quiere o no se ve capaz de asumir la parte difícil de ser un personaje público pues se dice, que está en todo su derecho.

“Miren, es cierto que pensaba esto hace un tiempo, pero es que ahora me parece mejor esta otra opción alejada de lo que he defendido”, y exponerse a la opinión de su partido. Pero normalizarlo no lo veo.

Lo mismo me pasa con algunas opiniones que he leído de Quim Torra, y de gente a la que cita o respalda (o citaba o respaldaba). No es esta una opinión política, ojo, aunque me temo que no me libraré del capón, intenta ser reflexión.

Me preocupa que esas afirmaciones tan categóricas se puedan justificar de manera alguna, ni con contextos ni sin contextos. Pero me preocupa más todavía que se diluyan como consecuencia de su nueva situación política. Moderarse lo llamaban en mi grupo de WhatsApp favorito, donde se puede hablar de todo y discrepar.

Si te moderas es porque has adaptado tu forma de pensar, y eso está bien, pero o te parece mal lo que decías antes o te sigue pareciendo bien, o te parece regular con matices, pero no puede ser que en un contexto se diga una cosa y en otro la contraria, porque eso no es moderarse, ni rectificar, ni avanzar ni resistir.

Decir lo que conviene en cada situación no es adaptación es tener un trastorno como la catedral de Burgos o ser un mentiroso del calibre 132. Un “oigan, que es cierto que dije unas barbaridades del doce, pero si lo pienso mejor, y lo he hecho, creo que no son ciertas. Mantengo esta parte porque es que os lo tenéis que mirar, pero con esto otro me vine arriba” lo entiende todo el mundo civilizado, ¿no creen?

De hecho es la forma en la que uno mantiene sus amistades, o al menos yo. He metido la zarpa con mis mejores amigos muchas veces, muchas y las que quedan, pero hay que saber asumir los errores y ponerlos en valor.

Y no me vengan que si Rajoy dijo, o que si el PP tal, porque si la comparativa para salir ilesos de los marrones es mirarse en el espejo del partido político con mas casos abiertos por corrupción vamos bien. Estupendos.

Es como coger a Pablo Casado como ejemplo de aprobar todo a última hora, cuando menos es peligroso. A menos que el contexto estudiara por él, que esto no lo sabemos, y el contexto cuando se pone a estudiar se pone, se toma cuatro katovits y levanta la carrera que haga falta en dos meses.

El factor humano es el que nos hace errar, pero también el que permite rectificar y el que permite señalar a los que nos parece que no lo están haciendo bien. Discrepar es sano y ayuda a mejorar, y el poder del individuo es mucho más potente de lo que podemos imaginar.

Para muestra un ejemplo simplón. Con todo lo que se está hablando de la intrusión de la tecnología en nuestras vidas, del seguimiento secreto al que estamos sometidos, el otro día una compañera de trabajo me dijo que por qué tenía la cámara del portátil sin tapar “¿no sabes que puede verte?”, y puso una pegatina de las que vienen en las mandarinas encima. Y fin. Toda la estructura de espionaje industrial, ilegal, secreto, vía satélite y lo que sea tirado por la borda por la pegatina de Frutas Morales.

Ese es el poder del individuo, tan sencillo como ser proactivo. Los proyectos los construyen los individuos, no sólo los líderes, y si toca señalar hacia arriba pues se señala, ¿no creen? El psicólogo estadounidense B.F. Skinner (la B es de Burruhs, ojo, que a todo hay que sobreponerse) decía que el problema no es si piensan las máquinas, sino si lo hacen las personas. Pues eso, totalmente a favor de Skinner, y del toque humano y su capacidad crítica.


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