Opinión / Sabatinas

El presente líquido

Por Fermín Mínguez 22 diciembre, 2018 - 7:40

“Uno nunca puede estar seguro de lo que debe hacer y jamás tendrá la certeza de haber hecho lo correcto”.  Esto decía, entre otras muchas perlas, Zygmunt Bauman, sociólogo polaco que falleció el año pasado y al que, como a casi todo, he llegado tarde.

Varias personas chocan sus puños.
Varias personas chocan sus puños.

Es un tipo muy interesante de leer, da luz sobre nazismo y comunismo de nueva generación, y el cambio social, loa totalitarismos, su cuestionadora Metáfora del jardinero y sobre todo su teoría de la modernidad líquida, síganme un poco que es interesante. Viene a decir que hoy en día la estabilidad propia de la sociedad se ha volatilizado y hemos pasado de una sociedad sólida a una sociedad líquida.

El trabajo, las relaciones, incluso el amor, han pasado de ser para toda la vida a ser de consumo inmediato. Donde dice “han pasado a ser” entiéndase “los hemos convertido en”, claro, que no hay que olvidar que aquí nada pasa solo. El concepto es brillante, estamos convirtiendo las instituciones y los afectos en algo líquido, pasajero, y esto implica que los esfuerzos que había que hacer por permanecer ahora hay que hacerlos por adaptarse, y este no es un cambio menor.

Un par de días antes de que Bauman me dijese esto, Molpe me insistía en que “somos emociones, pero no somos la emoción” separando lo que es la emoción puntual, la alegría, la pena, sorpresa, miedo o incluso asco e ira, de la toma de decisiones emocionales. Existe un riesgo de confundir las emociones como reacción a lo que vamos viviendo y convertirlas en nuestro estado natural, cuando lo suyo es razonarlas, centrarlas y ponerlas en perspectiva. Ver que pasará a medio plazo, darles un significado y, como parte de un proceso de aprendizaje interno, sacar partido e incorporarlas; usar las emociones para crecer y ser mejor persona. Esa templanza que es parte del proceso propio de madurar. Serenarse y salir adelante siendo una mejor versión de uno mismo, más estable, más consciente y más entero.

No dejarse dominar por las emociones y darles la importancia relativa que tienen dentro de nuestro proceso/proyecto vital.

Pero llega Zygmunt (ya le tuteo, somos colegas) y me suelta la frase con la que arranca el artículo. Así, a bocajarro, como un cubo de agua, o mejor como un placaje en tres tiempos: te agarro, te levanto y te reviento. Pim, pam, pum. Y manda a tomar por saco todo lo anterior, ni serenarse, ni incorporar emociones, ni todas esas milongas coelhistas de aceptación y renuncia, esa resignación entendida como sacrificio y entrega, ese bajar los brazos como mal menor. Aquí se viene a vivir, así que chantajes los justos.

Es mucho mejor plantear la vida a priori que a posteriori, ¿no creen? Es mucho mejor prepararse para lo que queremos conseguir, confiando en que pase, a priori, vivir en la intuición, asumir el riesgo y decidir desde la emoción, que vivir a posteriori, invirtiendo en seguridad, intentando que no pase nada que nos complique la vida. Vivir en pasivo. Siempre es más fácil donar que condonar, bendito lenguaje y sus giros. Siempre será más fácil adelantar nuestro donativo, económico, afectivo o vital, y planificar como nos organizaremos sin él que condonar una deuda que pensábamos cobrar, tiene menos riesgo lo primero, principalmente porque solemos donar lo que sobra y así cuesta menos.

Es mucho mejor vivir en la emoción, infinitamente mejor, en el riesgo. Porque significa vivir en sí mismo. En el dolor y en la angustia sí, pero también en la alegría y en el desborde. Con la seguridad de que ya que no podemos controlar los tiempos de esta vida al menos no nos va a pillar con muchas cosas pendientes por hacer. Vivir, y me repito, a ráfagas de amor que decía Benedetti.

¿Qué no es el mejor momento para este tipo de opinión?, discrepo, opino desde la emoción más radical, he decidido ser Baumanista. No somos la opinión, somos su consecuencia, lo que surge después de posicionarse, con eso es con lo que hay que lidiar, más allá de likes y followers.

Entiendo y agradezco los consejos sobre serenidad y reflexión, de confianza y fe, queridos, les quiero igual, pero me quedo con la interpretación libre de la frase del comienzo, y sí Zyg (cada vez más amigos somos) tiene razón cuando dice que “uno nunca puede estar seguro de lo que debe hacer y jamás tendrá la certeza de haber hecho lo correcto”, mejor decidir desde la expectativa personal, desde lo que queremos ser o creemos merecer, que desde la expectativa social de lo que se espera de nosotros, o peor aún, para lo que alguien considera que podemos ser útiles. Mejor con el corazón al límite, mejor con el lagrimal cargado y los puños cerrados.

Porque, ¿saben que decía también nuestro amigo?, pues que “no hay otra alternativa que intentarlo e intentarlo y volverlo a intentar

No va a ser por ganas, ni por ocasiones ni por corazón, quede lo que quede.

Hemos venido a vivir, hemos venido a jugar. Y a caer y a levantarnos.

¿Juegan?


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