Opinión / Sabatinas

El mapa no es el territorio

Por Fermín Mínguez 23 septiembre, 2017 - 9:11

Este es uno de los principios básicos de la Programación Neurolingüistica, PNL, y no sé si es el mejor momento para comentarla, o quizás sí. Quizás sea el momento más oportuno.

Una mapa del mundo reflejado sobre las manos de una persona
Una mapa del mundo reflejado sobre las manos de una persona

La frase se le atribuye a Alfred Korzybski cuando durante la Primera Guerra Mundial cayó con su pelotón en una zanja que no estaba reflejada en el mapa que llevaban. No les voy a dar un tostón sobre PNL ahora, primero porque lleva años adentrarse en ella y segundo porque no creo tener el nivel suficiente, pero sí me parece oportuno reflexionar sobre este concepto además desde la forma más básica.

El pelotón de D. Alfred (es más fácil de escribir nombre que apellido) tenía un mapa que les ayudaba a saber por dónde moverse, pero que no reflejaba realmente como era el territorio por el que se movían. Esa dicotomía entre lo que vivimos y lo que percibimos. Como filtramos nuestra percepción de la realidad y como la transformamos. El mismo hecho, vivido igual por dos personas diferentes no impactará de la misma forma ni se contará igual. Los territorios son los mismos, los mapas dependen de quien los dibuje.

La frase la completó Bateson añadiendo que “el nombre no es la cosa nombrada”. Esto puede parecer otro jeroglífico pero lo que viene a decir es que lo que se nombra no es en sí mismo la realidad. O si le damos la vuelta (y esto es cosecha propia, acepto correcciones, valoraciones y críticas) la realidad existe independientemente de cómo se nombre, es decir el fuego será fuego lo llamemos fuego, o como nos dé la gana, y es más, si lo llamamos agua no se apagará porque la realidad es tozuda, se impone y seguirá siendo fuego. Nombrar las cosas de manera diferente a lo que son además de generar confusión es una irresponsabilidad.

Repasando notas para este texto me vino a la cabeza una de esas tardes de café universitario en Paco, cuando alguien, creo que fue Sergio, contó su teoría de los países. Decía que las personas se fueron uniendo, como en manadas, para conseguir en común aquello que individualmente les costaba, cazar mamuts por ejemplo, que se antoja difícil en el uno contra uno.

Luego, viendo que cuantos más mejor aumentaron el tamaño y todo fue bien hasta que chocaron con otras comunidades y tuvieron que luchar para defenderlo. Que podían, o podíamos, haber seguido sumando pero empezamos a luchar, y aquí es donde lo que empezó siendo una estructura que ayudaba al individuo empezó a ser perjudicial para él. Creo recordar que era algo así. Seguro que hay teorías más sesudas pero para mí siempre será la de Sergio, y punto.

A este panorama hay que añadirle que además al ser tantos, se empiezan a estratificar los grupos y a crear privilegios de unos sobre otros, se crean clases sociales y políticas. Y esto funciona mientras los dirigentes conocen a los dirigidos y sus necesidades y buscan lo mejor para su grupo, pero cuando crecen mucho los grupos y se convierten en países, la distancia entre quien manda y el mandado es abismal, aunque a uno lo vote el otro, aunque a los alcaldes los elijan los vecinos…

Si juntamos las dos situaciones, quien me dirige no sabe lo que necesito y el grupo me exige esfuerzos que no quiero hacer, lo que sucede es que los ciudadanos pueden no estar conformes con muchas decisiones que se toman en su nombre, presupuestarias por ejemplo, y lo que quieran es cambiar la forma de funcionar.

Y este es el debate difícil creo, la madre del cordero del cambio. Que el sistema no está preparado para ser cuestionado, y ahí radica su fuerza y su vulnerabilidad.

Ganar más derechos individuales, lo cual parece fantástico a todas luces, conlleva la perdida de alguna de las ventajas que aportan los derechos grupales. Que el modelo necesita un repensado está claro, que hay una nueva generación (y no de edad sino de pensamiento) que cree en un esquema más colaborativo y menos vertical, también. Ahora falta ver el nivel de renuncia que estamos dispuestos a asumir, cuál es el límite de la decisión, porque volver de países a individuos significa atomizar la estructura y que cada comunidad de individuos pueda tomar decisiones, no solo la propia, y si estamos dispuestos a asumir el esfuerzo que conlleva todo esto.

Da cierto vértigo ver lo que se presenta delante, pero motiva, lo que está claro es que va a exigir bastante más altura de miras a todos, más capacidad de renuncia y menos prepotencia que la actual, en esta representación de los Tigres y Leones de Torrebruno en el que se ha convertido la negociación política. Todos quieren ser los campeones, y no campeonar no vale.

Quien dirige, quien gobierne, que no olvide que el territorio es común, y que los mapas puede que solo sean suyos. Y quien exija el cambio que no olvide que exige esfuerzo continuo, no solo un día, y que habrá que hacer renuncias.

En momentos así, lo mejor es recurrir a Dylan. Tantas veces como haga falta. Desde el 64 lo lleva cantando.


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