Opinión / Sabatinas

El mal menor (todo vuelve a empezar)

Por Fermín Mínguez 16 enero, 2021 - 9:20

Siempre habrá alguien peor, pero eso no nos hace mejores. Vivir en comparativa hace que siempre podamos justificar nuestra situación alegando que podría ser peor, aquello del mal de muchos, ya saben. El maldito mal menor como excusa.

Una pizarra con varias opciones.
No hace falta ser los más felices, ni más felices que nadie, sino ser felices. Porque a base de acostumbrarnos a ser felices, acabaremos siendo felicísimos.

Me he levantado jardinero, que quieren que les diga, he cogido la podadora y un rotavator pequeño, dispuesto a meterme en todos los jardines que encuentre, será que esta pandemia está acabando con mi paciencia. La pandemia o la forma de gestionarla más bien.

No sé ustedes, pero es agotadora esta historia del miedo, ese lenguaje apocalíptico amenazando con las desgracias que vendrán pero con poco interés en ponerles remedio antes de que vengan, ¿no les parece? Nada más soberbio y absurdo que ese “os lo avisé, pero no me hicisteis caso”, me imagino a un socorrista con un flotador diciendo a quien no nada bien que no se meta en la piscina, pero que no le tira el salvavidas para ver como las pasa canutas y poder decirle, “no me escuchaste y mira”. Nos sobran listos y nos faltan inteligentes, los atoropasadistas son la versión evolucionada de tertulianos y cuñados.

Son estos perfiles los que usan siempre el comparativo para validar sus opiniones y/o decisiones. Curiosamente es un perfil bastante extendido entre los directivos de organizaciones (la situación es muy difícil, suerte tienes de poder seguir), y en las parejas (no eres tú, soy yo, podrías ser más feliz). ¿Les suena? Pues eso. Pero la comparativa, los adjetivos, no viven solo de comparaciones relativas, que va, las hay positivas e incluso absolutas, lo dice la RAE, y ya saben que soy fan entregado y total, (que ya podían enviarme una gorra o hacerme una visita guiada o algo, no será porque no les hago promoción)

Como sabrán hay tres grados de adjetivos en español, el positivo, el comparativo y el superlativo. Este ultimo puede ser relativo o absoluto. Aguántenme la explicación, por favor, será breve. El primero y el último definen claramente y sin comparación ninguna el objeto al que acompañan, “soy guapo” y “soy guapísimo”, por ejemplo. ¿Cómo soy? Guapo, sin duda. Los otros dos, comparativo y superlativo relativo definen en relación con un tercero, “soy más guapo que tú” y “soy el más guapo del grupo”. Y aquí está el problema, ¿lo ven?, que en este comparativo relativizo mi situación. Ser más guapo que el feo de los Calatrava (post-boomers buscad en Google) tiene el mismo merito que decir que estoy vivo por que respiro, poco. Y ser el más rápido en un grupo de primeras líneas de rugby retirados, pues parecido. La comparativa tiene trampa si nos comparamos con el referente equivocado, ganamos siempre.

Y lo peor saben qué es, pues que esta manía de compararnos, de buscar el mal menor puede provocar que busquemos el mal de otros para mejorar nuestra percepción positiva, empezaremos a boicotear a otros para que no consigan lo que nosotros no somos capaces, o suficientemente valientes, de conseguir. Cambiar la búsqueda de lo bueno, de lo correcto, por la promoción del mal ajeno hará que no solo se lo deseemos sino que lo provoquemos.

Este mal en comparativa justifica cualquier mala decisión porque siempre habrá alguien peor, e instaura la amenaza como forma de comunicación, el miedo en lugar de la responsabilidad. Y a base de amenazar, convertir lo extraordinario en ordinario. Por poner unos ejemplos al azar y sin mala intención, que saben que a mí no me gusta malmeter, esto de la comparativa te habilita a quejarte de la subida de la luz de un gobierno del que formas parte, alegando que antes se hizo o que hay países que están peor en lugar de legislarlo que sí que puedes hacerlo; o, yo que sé, justificar que tu Comunidad vacuna menos que otras, pero que hay lugares en el mundo que todavía menos, así que el ranking ni tan mal. No sé, son ejemplos al azar.

O ese mantra pandémico de “que no estamos tan mal”, tan Laportista, tan de orquesta del Titanic sonando al hundirse. ¿Cómo que no estamos tan mal? Podría ser peor, dicen, tienes trabajo y salud, no deberías quejarte… Y así, poco a poco, nos vamos conformando, considerando extraordinario lo que antes era básico, y plegamos alas y pensamos que para qué arriesgarnos a volar si podemos ir andando, porque claro, mejor andar que los que van cojos, y mejor los cojos que los tumbados, y mejor los tumbados que los muertos. Y es así, oigan, siempre habrá alguien peor, pero este conformismo comparativo provoca abotargamiento (preciosa la palabra, terrible el concepto).

Claro que habrá alguien peor, claro que podríamos estar en un escenario peor, claro, pero la obligación de cada cual es sacar el máximo partido a lo que tiene entre manos, forzando, y esto también incluye ayudar o mejorar la vida de los que están peor, pero no castigarles con la superioridad del que está mejor.

Estoy harto de esa amenaza de que esto ha venido para quedarse, de que la nueva realidad nos ha abierto los ojos a la vida verdadera. Y un cuerno. A lo que nos ha abierto los ojos es a que nuestras estructuras están mal preparadas para sufrir presiones, a que la clase dirigente no tienen ni pajolera idea de programar y planificar, y de que al final, como suele ser habitual, se ha tirado de la buena voluntad de la gente para salir adelante. Las personas, siempre son las personas. Los que han doblado turnos, los que han hecho malabares para poder salir adelante, los que no lo han conseguido y hay quien les ayuda, los vecinos que han quitado la nieve a paladas siempre son las personas.

Yo no sé ustedes, pero yo, que soy bastante simple, tengo bastante claro que quiero volver a salir a la calle cuando me dé la gana, a tomar cervezas después de trabajar, y de entrenar, y los sábados, bueno, tomar cervezas en la calle cuando me plazca. Y quiero ir al cine, a tomar cafés con amigos sentándome cerca y no enfrente, a coger de la mano, a abrazar sin sentido, a dar besos que no sean de cortesía, a intimar con desconocidos en bares sin tener que hacerles una revisión completa, y a viajar sin mirar el BOE. Y no me trago eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, no cuela. Los tiempos futuros serán mejores porque mejoraremos lo que ya teníamos. Serán buenísimos.

Vivir en comparativa impide crecer, te sitúa en una especie de rueda de hámster cada vez más pequeña, buscando alguien que esté peor. Es mejor cambiar crítica por reconocimiento, y envidia por motivación, pero eso depende de cada cual. De si decidimos creer que más encorsetados seremos más felices, o que si tomando las medidas necesarias temporales, repito temporales, volveremos a ser felices. Sin más. La realidad no sé construye sola, ni siquiera la nueva realidad, sino que la construimos nosotros a base de decisiones y renuncias.

Up to you. Es necesario andar un tiempo despacio para mejorar la situación, pero no olviden en ningún momento que tienen alas, extiéndanlas de vez en cuando, que no se oxiden, porque, disguste a quien disguste, volveremos a volar.

No hace falta ser los más felices, ni más felices que nadie, sino ser felices. Porque a base de acostumbrarnos a ser felices, acabaremos siendo felicísimos. En superlativo absoluto.

Sonrío.


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