Opinión / Sabatinas

La democracia del bañador

Por Fermín Mínguez 01 julio, 2017 - 9:06

Hay que ver lo que democratiza el bañador, lo que iguala. Lo pensaba el otro día con las primeras imágenes de vacaciones ajenas, y las primeras horas de playa, es muy difícil saber quién es quién sólo en bañador.

Varias personas disfrutan de un día de playa.
Varias personas disfrutan de un día de playa.

¿Se han fijado alguna vez en la gente que les rodea en la playa?, yo que soy muy de mirar alrededor me sorprendí el otro día imaginando quiénes serían las personas con las que compartía metros cuadrados en una playa populachera. Era un grupo peculiar, y me dio por pensar en por qué no podrían ser miembros de un comité de dirección de una gran empresa, o incluso los ministros del país.

 Tenía al lado a un señor de unos 50, grande, entrado en kilos con gesto serio y un bañador largo y oscuro, diría que le vi llegar con familia, peor se instaló en una silla de estas bajitas que se iba hundiendo poco a poco hasta el punto de que temí que en algún momento se lo tragara la arena. Decidí que podía ser el ministro de economía, parecía confiable.

Delante suya estaba una señora morena, racial, espigada, brazos en jarra con algo a lo que llamaremos bañador por resumir el concepto pero que si profundizamos en su análisis nos daría para dos tomos de la Espasa (para los nacidos después del 95 es una enciclopedia, un montón de libros que había que consultar sin buscador). Vigilante, dando órdenes a gente en la orilla con un ojo, controlando la sombrilla con el otro, como una especie de Leticia Sabater de la vigilancia de costas. Ya tenemos ministra de interior.

A mi lado había un señor mayor, con gorra de pescador, que jugueteaba con unas piedras que luego tiraba al mar cuando no había gente en su recorrido, tenía un par de periódicos deportivos y un libro de cocina. No supe bien si colocarlo en algún ministerio de pesca y agricultura, o como portavoz, pero como no le escuché hablar, lo convertí en heredero de Arias Cañete. La camiseta imperio ayudaba en la trasformación.

Y por último llegó una mujer joven,  con un bikini deportivo, una bolsa con un par de libros, una toalla de microfibra azul, que me recordó a una que tuve y perdí. Era atlética, la mayoría diríamos que esbelta, excepto quizás  Gus que la definiría como hermosa. Llegó, dejó sus cosas y en tres saltos estaba en el mar, nadó una distancia que a mí me pareció olímpica, volvió se secó y se puso a leer con una postura muy de yoga. Pues sumamos ministra de cultura y deporte.

Ya tenía medio gabinete funcional, los miraba con cierto orgullo pensando que cuando quitas capas a las personas, cuando simplificas el entorno y desaparecen los galones todo parece más fácil, entre iguales nadie se molesta, parece que se trabaja mejor en red que en pirámide, cada cual en su área pero todas conectadas

En esas estaba, pensando en cómo podía integrarme en ese grupo tan fantástico cuando me sacudió un temblor de magnitud 3 en la escala de Richter provocado por un eructo del ministro de economía. Lo había perdido de vista  mientras organizaba al resto del gabinete y parece que se había puesto a incentivar el consumo de cebada. Me miró rojico, rojico  y me sonrió gritando un Prosit!!

O algo similar, luego balbuceó algo indescifrable mientras buscaba otra cerveza. Giré la cabeza para encontrarme con la ministra de Interior que tras amenazar con algo terrible si no salían del agua a dos niños de nombres compuestos, levantó la voz, aguda, para recriminar la actitud al de Economía: “Es que estos ingleses son todos iguales, se creen que como tienen dinero pueden hacer aquí lo que les dé la gana, ni habiendo niños se cortan” Le iba a comentar que pensaba que era alemán, y que no estaba bien, pero tampoco era algo como para arruinar una infancia, pero ella siguió.

“Nos toman como si fuéramos menos, sus criados, son insoportables, todo el día bebiendo y viendo futbol. No te puedes fiar de ninguno”. “Aquí eso no” empezó a gritarle al alemán (con esa presión lo acabo de destituir como ministro), haciendo gestos como si se sacase un gato de la garganta, a lo que el otro ni caso porque ya tenía su cerveza.

Entonces Arias Cañete entró en defensa del cesado ministro con algo así como “Déjele tranquilo si quiere tomarse una cerveza” que sonó más al “déjales que camelen” del Fary que a un ministro de Agricultura, mira que la camiseta imperio me avisó, pero… “Además dejan dinero al comercio”, el Fary lo había poseído. La de Interior dijo algo de que se fuera a algún sitio a tomar por no sé dónde. Siguieron diciéndose cosas sin escucharse hasta que se puso en pie la de Cultura, esa pone orden pensé, que se levantó altiva y con un “qué asco de gente” se fue dejándome a mí la gestión del gabinete de crisis. EL economista la despidió con un gppdgraueeenghhpfff que todos obviaron.

Y ahí terminó mi experimento de confiar en que la sencillez del entorno favorece la comunicación y la gestión, para volver a ser consciente de que quien genera ese ambiente y esa tranquilidad son las personas. Que ayuda sí, pero que no es suficiente, en cuanto intervienen los prejuicios, las malas maneras, la intervención a destiempo o donde no nos llaman y la indiferencia, pueden hacer saltar por los aires en un segundo el trabajo o el esfuerzo de tiempo.

Así acabó mi primer consejo de ministros, con lo que prometía. No fue suficiente con democratizar con bañadores, los bañadores los llevamos personas.

Hagamos el favor de cuidar las formas y el entorno, que ya bastante crispado está de por sí el ambiente para que metamos más presión añadida. Simplifiquemos, disfrutemos y rememos siempre, que no sea por no intentarlo. Incluso en vacaciones.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
La democracia del bañador