Opinión / Sabatinas

Deja que todo suceda

Por Fermín Mínguez 24 octubre, 2020 - 8:52

“Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo”, es lo que dice Rainer Maria Rilke en su Libro de las horas. Quizás los sentimientos no, pero su huella sí que lo es

"Estoy dispuesto a dejar que todo me suceda, la belleza y el horror, claro que sí, aquí hemos venido a jugar, y a brillar, y no es momento ya de echarse atrás".
"Estoy dispuesto a dejar que todo me suceda, la belleza y el horror, claro que sí, aquí hemos venido a jugar, y a brillar, y no es momento ya de echarse atrás".

Recuerdo haber leído El libro de las horas siendo adolescente, cuando esos versos de amor infinito y muerte dramática impactan mucho. Cuando construimos historias fantásticas de amor donde daríamos todo lo que tenemos por un sí, o un beso y esas cosas que luego desaparecen, gracias a Dios, y nos hacen ser algo más objetivos en cuanto a las pasiones o las pasamos a otros aspectos de nuestra vida y en lugar de tatuarse el nombre de la amada a fuego hay quien se tatúa el escudo de su equipo de fútbol, que puestos a elegir prefiero la primera opción.

La cuestión es que el otro día apareció esta frase, o una similar, en uno de esos estados de red social y me vino a la cabeza. Recordé todos esos sentimientos definitivos de mi vida que ya no lo son, todas esas veces que jurabas que nunca más, y todos los compromisos inquebrantables que han ido saltando por los aires. Lo hacía además en una de las semanas horribilis del año. Les prometo que no lo pensé con rencor, muchas de ellas ni siquiera con nostalgia y la mayoría con una media sonrisa que reconocía la ingenuidad y la parte bonita de esos dramas y abandonos, muchos de ellos sin nombre ya, o solo con el recuerdo de una calle, una camiseta o un collar. Sigues adelante, claro que sigues adelante, entre otras cosas porque la vida, que ni es nuestra ni nos espera, te sigue ofreciendo nuevas oportunidades para olvidar lo anterior o simplemente intentarlo de nuevo. Un poco ese un clavo saca a otro clavo que decía mi padre, y así entendía yo a Rilke, como una invitación a seguir intentándolo y asumiendo el dolor, tan propio del romanticismo. Estoy convencido que la frase estaba en más de una cinta de las que grabé. Pero convencidísimo.

Pero el otro día no resonó igual. Pasados los cuarenta y sin pelo el romanticismo no es igual, y lo que antes parecían axiomas incuestionables, ahora dan para tertulia y discusión. Rainer se murió cincuenta años antes de que yo naciera, así que la discusión la tendré con ustedes si les parece.

Estoy a favor de que permitir que todo te suceda, y entenderlo como parte de la vida, lo bonito y lo feo, lo feliz y el terror, y que lo propio es seguir adelante, incluso de que nada sea definitivo, pero falta la segunda parte del argumento, que son las consecuencias de este transitar por la belleza y el terror. Y es que llega un momento en que la resistencia afectiva cuesta más, y en cada enganchón de lo bello y lo terrorífico se van quedando jirones del alma que cuesta volver a pegar.

Lo único definitivo es la ausencia, que no sé si cuenta como sentimiento pero los provoca. De repente un día te ves obligado a funcionar sin quien había estado a tu lado. Esto pasa mucho cuando uno deja un trabajo o vuelve de vacaciones, o cuando deja el colegio o la universidad, que gente que había sido indispensable deja de serlo solo por el hecho de que dejas de verla a diario, ¿no les ha pasado? La frecuencia es una constructora de amistades, y una vez que se va se las lleva. Ahí es fácil seguir adelante. Un poco de drama, un par de con lo que yo le he querido y a seguir.

El problema es cuando la ausencia es definitiva e irremplazable, y ahí, Rainer Maria, no tienes razón. Porque hay ausencias que cuesta combatir porque la solución de seguir adelante es incluso más dolorosa que quedarte fijado en el dolor. Seguir adelante significa que ya no formará parte de tu vida. De la última gracia de tu hija, de tu enésima lesión de jugador viejo, del último libro que has leído y le ibas a dejar, de tu última idea de bombero que frenarías después de reírte, de esa llamada que te haría para contarte la ilusión que me hace el proyecto que empiezo el lunes y que propondrías celebrar con una cerve, del cuadro que por fin tengo de Miguel y que no te podré enseñar. Seguir adelante es reconocer que la vida que estoy construyendo ya no será compartida contigo. Y este sentimiento sí es definitivo, este mirar atrás por si acaso no depende de superar ni asumir nada.

Estoy dispuesto a dejar que todo me suceda, la belleza y el horror, claro que sí, aquí hemos venido a jugar, y a brillar, y no es momento ya de echarse atrás. Sé que nada de lo que me pase será definitivo, pero lo que sí es definitivo es que ya no lo podré compartir contigo.

Fíjate todo lo que he contado a toda esta gente sólo porque un verso de Rilke me hizo acordarme de ti. Un verso de tantos que ha cambiado su sentido, demostrando que tampoco es definitivo.

Hay quien dice que algún día te las podré contar todas, yo la verdad que dudo. Lo que sí voy a hacer es aprovechar todas y cada una de las oportunidades de sentir que me dé la vida, sin medida, porque algún día alguna será la definitiva, la de verdad, la que no avisa, y ahí quiero llegar sin cuentas pendientes ni oportunidades desaprovechadas. ¿Se apuntan? Ustedes tampoco sabrán cuando viene el sentimiento definitivo, así que parece buena idea que aprovechen cada día de los que tengan.

Y quizás escribirte puede ser una buena forma de seguir en contacto. Espero que a quien nos lea no le molesten nuestras conversaciones. Podemos probar.

Todo esto para felicitarte. Sonrío. Te echo de menos. Y todo lo demás también.

Felicidades, Cris.


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