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Opinión / Sabatinas

De Bowie y heroicidades

Por Fermín Mínguez 16 enero, 2016 - 0:29

Esta semana empezó sacudiendo desde el principio, con dos noticias que me tienen en bucle.

La primera fue la muerte de David Bowie. Me dejó helado. Dolió. Y mira que no soy muy de tributos y que he de reconocer que llegué a Bowie tarde. Cundo Nirvana versionó un tema suyo y ambos cantaron juntos un tema de El Duque Blanco.

Y me quedé impactado. Buceando en su música encontrabas siempre que estaba pegado al momento, a lo que sonaba en ese momento pero sin perder su esencia. Un camaleón claro, un camaleón.

Me parece una virtud como pocas, casi heroica, la de poder estar en constante adaptación sin renunciar a lo que uno es. Más allá de pintarse, vestirse, brillar u oscurecerse.

Sin embargo en su despedida, alguien que ha sido un mito, (bueno que es, permítanme el uso del presente ya que todavía escuece utilizar el pasado con él), decide ser de lo más discreto y cercano. Deja un disco que a todas luces es un regalo de despedida para todos sus admiradores.

Envió mensajes estos últimos tiempos a amigos que ahora descubren que eran de despedida. Su último single es Lazarus, haciendo referencia al Lázaro bíblico y ahora ver el vídeo estremece. Hizo un viaje de despedida a sus lugares más importantes con mujer e hijo. Y ha sido incinerado en la más estricta intimidad ya que quería que se lo recordase por su música y no por otras celebraciones. Sereno.

Estremece, ¿no les parece?

Sabía que se iba a ir, y se fue sin transmitir dolor, sino todo lo contrario. Desde donde mejor sabía estar.

Y entonces me encontré con Heroes. Y entendí todo. Te entendí mejor David, si me permites la confianza. Héroes por un día. O por siempre.

Y ahora, con la emoción de lo heroico tocaría hablar de que tenemos que ser héroes, y exponernos todos los días, y llevar al máximo nuestras convicciones. Y acabar con una arenga a gritos y un “¡Vamos!, ¡por David!”. Pero aquí entra en juego la segunda noticia que me quitó el sueño. En un sentido literal.

Un muchacho nacido en el 88, en 1988, se acerca a un grupo de turistas en Estambul y explota la carga explosiva que lleva pegada al cuerpo. 27 años tenía. Y se lleva por delante a 10 personas y aterroriza a un país.

Y tira su vida, la regala, seguramente creyendo que es un héroe, o lo que es más preocupante siendo un héroe para alguien. Destinar tu último suspiro y fiarlo todo a un acto que crees heroico. Porque quién no tiene ninguna intención de hacerse volar en infinitos pedazos así te lo ha hecho creer.

Estoy seguro que los héroes que decía Bowie no eran estos. Estoy seguro que ser un héroe tiene que ver más con dar, con conseguir por medios propios no a costa de los demás, a renunciar a lo pequeño en aras de un bien mayor.

De ser héroe por ti, o para ti, pero no gracias a ti o a pesar de ti. Y mucho menos porque otros decidan que lo seas.

Ser héroe hoy para serlo para siempre, pero porque se es todos los días. No creo que la vida se juegue en un órdago, sino a envidos constantes, continuos. Sin dejar de apostar de decidir, de perder. Y de caer mal, claro. Pero no a costa de nadie. No a costa de rencores.

Ojalá Bowie recoja a los 10 de Estambul y también al suicida y los reciba con Heroes. Y le haga ver al muchacho de 27 años que así no. Ojalá toda la culpa para quien fomenta el odio, para quien utiliza religión para fines propios. Ojalá la culpa para quien busca el triunfo a través de otros. Ojalá la culpa una y otra vez. Ojalá la conciencia intranquila. Ojalá el desasosiego. Ojalá la vergüenza. Ojalá.

Y ojalá la heroicidad para las personas honradas, las que buscan soluciones, las que buscan vías de entendimiento, las que no juzgan.

Ojala ganen. Ojala les derroten, ¿verdad David?, pueden ganar, para siempre jamás. Lo dice tu canción. Que la vergüenza caiga sobre el otro lado, decías.

Seamos héroes para que otros no lo sean en falso.

Tú serás reina. Yo seré rey.

Gracias Mr. Bowie. Gracias a los diez.

Intentaré ser héroe. Y una parte será vuestra.

(La canción en directo, claro, esa sonrisa)


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