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Opinión / Sabatinas

Bombas

Por Fermín Mínguez 06 noviembre, 2021 - 9:13

Leía una historia el otro día de bombas que cayeron en la Segunda Guerra Mundial y que no llegaron a explotar, quedándose clavadas en el suelo como recuerdo de lo que pudo haber pasado y no pasó.

Algunas de ellas, al desmontarlas, en lugar de la carga explosiva tenían un mensaje de quien las montó explicando el por qué no la habían cargado, diciendo que se negaban a participar de la muerte de otras personas a las que no conocían, y me pareció precioso. Por muy complicado que parezca, al final todo depende de la decisión personal de cada uno de nosotros, del enfoque que queremos dar a nuestra participación en los procesos que vivimos, y estas historias me fascinaron.

El plan general no es el personal, aunque sea lo más fácil de creer. Muchas veces nos escudamos en eso, en que nosotros somos una pieza más del engranaje y que las decisiones que tomamos son obligadas. ¿No les ha pasado nunca con un servicio de atención al cliente? Ese, “si yo le entiendo pero no puedo hacer nada, aunque tenga razón” es desesperante, ¿no creen? Crea un doble problema además, el primero es que cuando las personas hacemos algo en lo que no creemos, impuesto y no negociado, dejamos de creer en ello y tendemos a cumplir el expediente evitando conflictos, dejando que la productividad media apague los procesos de creatividad. El segundo problema es un tema de motivación, no poder aportar lo que uno quiere o sabe tiene consecuencias muy negativas en el medio plazo. Sé que esto va a quedar muy cohelista, pero no se puede vivir sin emoción. Se puede sobrevivir, sí, pero no vivir.

En este escenario de resignación aparecen las justificaciones, que nos encantan porque son tranquilizadoras, calmantes como las cremas para las quemaduras que te quitan el dolor inicial pero no garantizan que cicatrice bien la herida. Las justificaciones siempre nos dejan en un lugar gris, en el que nos negamos nuestra capacidad de decidir, que si qué le voy a hacer yo, que si la empresa no es mía, que si tampoco estoy tan mal en esta relación porque a veces se me tiene en cuenta, que si nuestro destino ya está escrito. Esta es la que más rabia me da. Asumir que hagamos lo que hagamos ya estaba previsto. Y un pimiento. Que se lo digan al que decidió no cargar bombas. La decisión es personal y también la consecuencia.

Se calcula que hubo entre cincuenta y sesenta millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, algunos estudios hablan de cien millones, por lo que el impacto de algunas bombas que no explotaron es menor, ¿cuántas vidas se salvaron?, ¿Cien?, ¿mil?, aunque fueran más, su impacto en el conteo de muertes es insignificante pero, ¿y si una de esas que no explotó iba a matar a tu abuelo? Ojo que entonces la cosa cambia, ¿no?, entonces no hubieras nacido, así de sencillo es el impacto.

La decisión personal de alguien de no participar en los planes generales previstos permitió que otros vivieran. Y no olviden en las condiciones en las que tomó su decisión, ojo, que yo entiendo que su jefe es un imbécil narcisista, y que su pareja es un chantajista y que tiene que ser muy difícil lidiar con ellos, y que le oprimen y que sólo puede dejarse ir, pero es que este tipo trabajaba en una fábrica de armamento durante una guerra. Las historias que he leído eran, además, en fábricas alemanas controladas por los nazis. Que no me imagino yo a ningún trabajador recurriendo al enlace sindical para alegar una objeción de conciencia a los objetivos de la empresa, y la concesión de una baja laboral por estrés mientras un comité mixto debate el caso con un enfoque social. Al tipo este le pillan y le meten un tiro en la cabeza antes de almorzar, y en cinco minutos hay otro. Sin querer menospreciar su miedo y su situación, este tipo sí que decidió que asumía riesgos, y además sin saber a quién beneficiaba su decisión, y consciente de que jamás iba a tener un agradecimiento ni una recompensa.

Eso es tomar decisiones y pasarse los planes establecidos por el arco del triunfo. Y no me vengan con que ese era su destino y el suyo es hacer macramé mientras lloramos en la llorería porque cada uno tiene un plan cósmico, o divino, o lo que quieran, porque lo único que hacen con esto es justificar la inacción. Que la inacción está perfecta, pero hay que asumirla como una opción personal, no como una consecuencia. No cambio lo que puedo cambiar en mi vida porque no quiero, no porque alguien me lo imponga. Lo que no se puede cambiar es otro tema, pero lo que está en nuestra mano no tiene excusa, no la busquen, no jueguen en la vida en inferioridad, por favor.

Los cambios se provocan, esa es la verdad, y los éxitos hay que celebrarlos así como los errores asumirlos. Pocas son las lealtades firmes y las permanencias duraderas, más bien estamos construyendo un mundo de fragilidades en el compromiso donde la inmediatez sustituye a las mejoras a largo plazo, donde creer en un plan superior evita que tomemos las riendas de nuestros propios planes. Hacemos que nuestros compromisos sean para satisfacer a otros, seguramente por miedo a perder lo que ya tenemos, aunque sea un truño que no nos hace felices. Apostamos por ser unos super-profesionales-super-ocupados pero unas personas vacías. ¿No echan de menos hacer cosas porque sí?, ¿sin tener que justificarlas con nada ni con nadie?

Bernard Shaw decía que había decidido ser bueno por voluntad, sin el soborno del cielo. Denle a cielo el significado de lo que quieran, funciona.

Hay que hacer lo correcto porque sí, hay que decidir ser crítico con aquello que no nos cuadra y asumir las consecuencias, claro. Si hubo quien decidió hacerlo en una fábrica de bombas, seguro que cualquiera de nosotros podemos, ¿no les parece? Quien decide no siempre tiene la razón, la solución está en quien ejecuta. No pierdan de vista ese poder, el de depender de uno mismo.

Sean buenos, pero sobre todo sean felices. Y combativos, que también ayuda a ser feliz.

Sonrío.


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