Opinión / Sabatinas

Me voy al bar

Por Fermín Mínguez 17 febrero, 2018 - 9:29

Estamos perdiendo la costumbre de discutir, de intercambiar opiniones y escuchar al otro sin más intención que pasar un rato escuchando lo que tiene que decir. Estamos perdiendo el efecto bar. Y no me refiero ya a las tertulias del Café Gijón o el Café Comercial, sino más a las de Hemingway en el Iruña o en el Torino.

Un momento de la mítica serie americana  de televisión Cheers.
Un momento de la mítica serie americana de televisión Cheers.

Siempre me han dado envidia todos esos personajes de ficción que tenían un bar donde reunirse, desde el bar de la señora Mercedes y el señor Joaquín de Gurb, hasta la Taberna del Turco del Capitán Alatriste pasando por el gris Freddy’s BBQ Joint al que va Frank Underwood, y creo que tiene que ver más con la sensación de tener un sitio donde refugiarte, donde sabes que te esperan y conocen tu nombre, como en la canción de cabecera de Cheers. Eso sí que era un bar, la versión original, claro.

¿Se acuerdan de Cheers?, me encantaba la serie, esas tertulias entre personas que no tenían demasiado en común y discutían con frecuencia pero se querían por encima de todo.

Ahora parece que ya no se puede discutir así, que antes de hablar hay que pedir disculpas por si alguien se molesta con nuestras palabras. Hay una legión de ofendiditos esperando en cada rincón, más pendientes de identificar la ofensa y rasgarse las vestiduras que de escuchar los argumentos del otro, lo que es una pena, pero pena de las de llorar; porque se corre el riesgo de buscar exclusivamente las discusiones entre afines y eso no es discutir, eso es darse la razón y reforzarse de forma que cada grupo está más seguro de sus razones y más lejos de las razones de los demás.

Discutir enriquece, escuchar a los otros enriquece, siempre y cuando lo hagamos desde la honestidad, sin prejuicios. Lo cual no quita que los que nos cuente nos parezca una soberana estupidez, un sinsentido o un error garrafal, pero habrá que hacer el esfuerzo y darnos la oportunidad de que alguien nos cuestione nuestro enfoque. Esas son las tertulias bonitas, en las que uno se reconoce la posibilidad de aprender de los demás.

Ojo, no de catequizar a nadie, a las discusiones de bar, permítanme que las reivindique así, no se va a convencer ni a imponer criterios, se va a compartir. La mayoría de las veces estamos esperando el turno para soltar nuestro discurso sin escuchar lo que se está diciendo, intentando convencer al resto de contertulios, llenando las frases de adjetivos sonoros, como sirviendo chupitos de razón que en lugar de convencer y embriagar lo que hacen es marearlos como a adolescentes borrachos a punto de vomitar. Si el objetivo es convencer, imponer, produce un hartazgo que bloquea la comprensión. Si el objetivo es aportar lo mejor que uno sabe con intención positiva la cosa cambia.

Les pongo un ejemplo, ¿me dejan? Esta semana he tenido la suerte de poder participar en un jurado, no de programa televisivo pero con el mismo glamour y con el valor añadido de premiar iniciativas de enfermería que utilizasen nuevas tecnología para mejorar la vida del paciente. Nada más y nada menos, a qué es bonito.

Pues bien, éramos nueve personas cada una de su padre y de su madre y de ámbitos bien diferentes, valorando setenta proyectos distintos, se-ten-ta, con 5 criterios diferentes que para más gracia tenían multiplicadores por importancia. Un guirigay, vamos. ¿Y saben qué?, que hubo un acuerdo casi unánime en reconocer la valía de los cinco mejores. Me pareció fascinante. Cuando se tienen claras las normas, se identifica lo importante y se trabaja en aras de un objetivo bueno en común el entendimiento es posible.

Pero luego en la calle uno se encuentra con que hay un interés claro por dividir, sesgar y clasificar por opiniones. En lugar de hablar de fútbol se habla que si Barça o Madrid y si se puede faltar mejor. No se habla de política sino de defensa de extremos, cuando lo importante es todo lo que está por decidir.

La política no son los políticos sino las Políticas, con mayúscula, las políticas sociales, las de desarrollo, las de empleo. De eso es de lo que tenemos que hablar, porque de esto se puede hablar en los bares, con una café o una caña, pero compartiendo visiones. Y sin embargo uno tiene la sensación que cuando opina hay quien está codificando tu discurso para etiquetarte como facha, equidistante o antisistema, porque esta es otra cosa graciosa, la etiqueta te la pone quien te escucha en base a sus filtros. Estupendo oiga, que ya ni me puedo definir si me da la gana.

Qué quieren que les diga, esto es agotador. Y cada vez más volumen en las conversaciones y más ruido de fondo, y la casa sin barrer. Dan ganas de dimitir de conversación social, o a lo mejor ese uno de los objetivos, que nos agotemos y dejemos de compartir, que apaguemos la fuente de las ideas.

Yo de momento me voy al bar, que claro que lo tengo. No sé si llegaré a ser escritor, pero una de las cosas importantes ya la tengo, un bar de referencia donde refugiarme cuando está a punto de dimitir, donde sepan mi nombre y me dejen quedarme en la barra refunfuñando como el viejo quejoso que empiezo a intuirme. Así que si quieren discutir un rato, por favor, pasen a verme por el Dux, en el Born de Barcelona, estaré apoyado en la barra entre Ángel y el pianista, con un Dry especial, quejándome solo de que nadie quiere ya discutir conmigo. Denme una alegría.

Vengan, hablemos, intercambiemos golpes de opinión y luego seguimos, como en un pick’n go de la opinión (me encanta el concepto, sí) cada uno por su camino pero con un poco más del otro, que eso nos mejora.

Ángel, otro Dry por favor. O lo que quieras, que esto se presenta largo.

La, la, la, la, di, la.


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