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Opinión / Sabatinas

Acoso, abuso y Alfie, un niño de 12 años

Por Fermín Mínguez 05 febrero, 2022 - 9:30

¿Han oído hablar de Alfie?, es un niño de doce años que juega al rugby en Gales, como cientos de miles allí. La semana pasada su padre tuvo que quitar una foto de una red social porque lo estaban criticando por su aspecto físico. El acoso quizás no pueda evitarse, pero cómo respondemos a él, ayudará a erradicarlo. Sí, otra vez el rugby dando ejemplo.

Quizás tendría que haber puesto bullying en el título para parecer más moderno, pero es que el tema del acoso, los bravucones de barrio, tiene más años que a tos. No es una epidemia nueva que castiga a nuestros niños indefensos ahora, y hay que tratar con nuevos mensajes de refuerzo positivo que empoderen a los agredidos y les ayuden a enfrentar su realidad. Miren no, hijos e hijas de puta (y puto, que no quiero que se me distraigan del concepto) ha habido toda la vida. Anormales, terminado en e, que deciden volcar sus frustraciones e incapacidades amargando la vida a terceros, los ha habido, los hay y los seguirá habiendo hasta que ser anormal no sea bien visto. Y aquí es donde jugamos todos.

Me van a permitir que cuelgue mi birrete pedagógico a la entrada de este artículo, y me ponga la gorra de ciudadano enfadado y la bata de padre preocupado. EL problema del acoso, como de tantas otras cosas hoy, es que intentamos erradicarlo con medidas magníficas, intervenciones sesudas y mensajes globales que están muy bien, pero que luego no tienen respaldo en el día a día de las personas. No solo los niños, ojo, que estas bolas crecen y el acoso se normaliza en lo laboral, lo social, lo afectivo, grupal y en pareja. Que a veces parecemos imbéciles, unos más que otros, y no vemos que los problemas no son estancos, sino que se van extendiendo y pasando de una etapa a otra, y se enrarece y arraiga. Hay varios estudios sobre abuso y maltrato que dicen que un número alto de acosadores ha sufrido acoso previamente. No solo alargamos el problema, sino que lo enraizamos más. Si fuera un árbol, en lugar de arrancarlo de raíz, o podarlo a hachazos cada vez que saca un brote, lo que hacemos es ponerle una valla alrededor y lamentarnos cada vez que saca una rama, diciendo “esto no puede ser, que dolor más grande. Niños esto no se hace”. Pero ahí dejamos la rama creciendo, ahogando a alguien, y nos vamos a merendar tranquilos porque como a nosotros no nos está pegando nadie… Como sociedad empática somos un fraude.

Les cuento qué ha pasado con Alfie, que para eso lo nombro. Pues bien, su padre tuvo que retirar el post porque había comentarios diciendo que era un gordo, que era muy grande para ser sub-12, que vergüenza por ser poco saludable, y demás burlas varias sobre su aspecto físico. Nada que les extrañe, supongo, porque se repite cada día contra cualquier perfil por estar gordo, flaco, tener muchas tetas, tener pocas tetas, ser bajo, ser alto, parecer marica, parecer heteruzo, calvo, melenudo o picha corta, les dejo elegir el insulto. Cosa que normalmente acaba con una discusión entre los anormales que buscan casito y alguien que intenta defenderse. Y hasta la próxima.

Esta vez no ha sido así. Al mensaje del padre de Alfie empezó a responder toda la comunidad rugbistica, jugadores amateurs, profesionales y muchos referentes internacionales, entre ellos Agustín Creevy, ex-capitán de l selección argentina; Nigel Owens, nombrado mejor árbitro mundial (que hizo público que era gay y a todo el mundo del rugby no es que le pareciera bien, sino que nos dio igual mientras siguiera arbitrando igual de bien), federaciones nacionales, periódicos incluso los All Blacks. La respuesta fue inmediata y global. “Alfie, tranquilo, dedícate a jugar y divertirte, que aquí cabemos todos”, mensaje claro para la víctima: no es tu problema, aquí tienes espacio. Tú y cualquiera, sea como sea. Y, lo que es igual de importante, mensajito a los acosadores: ojo con esto, que aquí defendemos a todos, y puede que tengas un problema, o-ji-to. No tienes puñetera gracia.

Y ahí está el matiz. A los que estén pensando que promuevo la violencia y doy valor a la amenaza, les invito a celebrar un debate profundo y teórico en la zona de libros de autoayuda, el resto, por favor, sigan aquí conmigo.

Hay un tipo de acosador que suele ser un tipo que lo ha pasado, o está pasándolo mal, o que tiene una vida difícil, y hay que ayudarle haciéndole ver que repetir patrones no ayuda e interviniendo para que consiga mejores.

Pero también suele ser un imbécil de manual, con una vida de mierda que ha decidido tener y que no llena, y que encuentra respaldo y alivio amenazando a otros y amargándoles una vida que siente mejor que la suya. Miren, a estos hay que pararles los pies. Los reconocerán porque hacen gracietas humillantes en grupo sobre:

  • Aspectos físicos sobre los que el acosado tiene poco control: gafas, tamaños de tetas, pitos, orejas y narices son sus preferidos. Suele ser gente que se cree agraciada porque la genética ha sido generosa con ellos, y ya les parece suficiente.
     
  • Logros personales, aquí entran: buenas notas, buen comportamiento, buena relación con profesores y familia.
     
  • Capacidades atléticas, sobre todo de otros: tu hijo es un paquete, un lento, un mierdas, un torpe, y demás.
     

De hecho enganchan en bucle, y lo normal es que tu hijo sea un mierdas, un paquete porque está gordo como su puta madre y juega porque eres amigo del entrenador, cuando no por chupar alguna cosa. Ya lo tienen, el tridente del abuso. Esto en sí no es peligroso si la reacción normal fuera la de expulsar a este tipejo de donde esté y no dejarle entrar más, o, yo nunca lo haría ni lo promovería, claro, que según está acabando de hablar alguien le reviente la boca y tenga que comer con pajita dos meses.

El problema del acoso es que lo validamos, el problema del abuso es que lo validamos, el problema del machismo es que lo validamos, el problema de la corrupción es que la validamos, a ver si por repetición me explico mejor. El problema es validar. El problema es validar. El problema es validar. Validar, validar, validar.

Afiie tiene la suerte de estar en un deporte que siempre le hará sitio porque entiende su valía. Hagan una prueba, si conocen a alguien vinculado con el rugby (si no, por favor busquen a alguien, mejorará su vidas) y le enseñan la foto de Alfie. El 95% le dirán que es un pilier, un pilierico si preguntan en Navarra, sin mucho más comentario, porque saben el valor que tiene un jugador con ese perfil. El otro 5% se repartirá entre los técnicos que les darán la chapa y algún tres cuartos que sólo te dirá que no es él, que él es más guapo…  Ese tendría que ser el objetivo, no cuestionar a la gente por lo que parece. Que cada cual sea lo que le brote, y que si fracasa no sea porque alguien le ha destrozado la autoestima. Y, por favor, eviten esos “te lo advertí” que no ayudan a nadie, no se es más listo por esto.

Ante estas situaciones no vale ponerse de perfil. Hay que actuar y no justificar. Hay una tercera opción, que en este caso ha pasado y he esperado al final para detectar a los listos, que es el “si, pero…” En este caso el padre de Alfie tenía tweets anteriores con tintes racistas, lo que ha servido para dar alas a los que no les gustó la reacción inicial de apoyo a Alfie y crítica a los acosadores. Miren, que el padre sea un gilipollas no le quita un ápice de gravedad al hecho de que un niño sea acosado por gordo. Son dos cosas diferentes. Al imbécil de su padre habrá que denunciarle por racista, pero esto no te libra a ti, acosador, de haberlo hecho mal. Si esperamos la excelencia inmaculada para poder posicionarnos no actuaremos nunca. Cada problema, su intervención. Y su riesgo, claro.

Esto es como lo de la parábola de los talentos, no es el qué tienes, sino lo que haces con ello. Es un tema de cómo aprovechar lo que tengo, qué rendimiento le saco, cómo lo cultivas e incluso, o sobre todo, cómo me divierto con mis cosicas. Suele ser mejor tener una regadera apañada y cultivar flores bien bonitas, que tener un manguerón y arrastrarlo limpiando polígonos. Creo que me entienden.

Es responsabilidad nuestra que a nadie le merezca la pena ser un matón de barrio, educar a nuestros hijos para que no lo pongan en valor, sí, pero también dejar claro a nuestros iguales que no vamos a permitir que esto suceda. Están muy bien las campañas y las charlas, pero hay una parte que le toca a la vida. Un, “si esto sigue así, el problema lo vas a tener tú”, no al revés. No es la víctima, es el agresor el problema.

Vamos a criar niños emocionalmente sanos y libres, primero por ellos y luego por la sociedad futura, más libre de gentuza impositiva, porque hubo un momento, estoy seguro, en el que fueron reconducibles. Saben eso de juventud divino tesoro, pues no dejemos que nadie se lo robe y puedan invertirlo en su futuro y recordarlo con cariño. Siempre habrá alguien dispuesto a cualquier cosa por ser famoso en su calle, toca estar atento, y si toca podar, se saca el hacha y se poda, para que el árbol crezca más sano…Sonrío.

Sean buenos, pero sean felices. Y proactivos, buenos felices y proactivos. Cada vez les pido más cosas.


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