Opinión / Construcciones y derribos

¿Qué hacemos con el río?

Por Fermín Alonso 03 mayo, 2018 - 9:19

Me voy a poner en plan ‘voz en off’ de documental de ‘La 2’ y voy empezar este artículo con el manido “desde el inicio de los tiempos, las sucesivas civilizaciones han buscado asentarse cerca de las orillas de los ríos”.

Enrique Maya, Juanjo Echeverría, María García-Barberena y Fermín Alonso visitan el río Arga a su paso por la Rochapea. PABLO LASAOSA
Enrique Maya, Juanjo Echeverría, María García-Barberena y Fermín Alonso visitan el río Arga a su paso por la Rochapea. PABLO LASAOSA

En Pamplona somos tan afortunados que contamos con tres: Arga, Sadar y Elorz, a los que la candidata de Aranzadi-Podemos sumó el Ega en una de sus entrevistas durante la campaña electoral de 2015. Quién hubiera dicho que desde entonces no iban a hacer otra cosa que empeorar.

Durante los años ochenta (a partir del Plan General de 1984), la ciudad volvió su mirada al río. Desde entonces, se han invertido decenas de millones de euros (muchos hábilmente obtenidos de fondos europeos) en intervenciones en la recuperación de las orillas y de su cauce y en la construcción de un largo paseo de 17 kilómetros que, a la sombra de las murallas y jalonado por parques y pasarelas, es uno de los mayores tesoros de nuestra ciudad.

En paralelo, se ha hecho lo posible por minimizar el efecto de sus crecidas, con distintas actuaciones, facilitando que se inunden parques como el bosque de Aranzadi, en lugar de áreas habitadas.

Sin embargo, esta evolución que había implicado a ayuntamientos de colores diversos a lo largo de distintas legislaturas ha sufrido, como tantas otras cosas, un frenazo en seco este mandato.

Algo se barruntaba cuando ante las peticiones en el Ayuntamiento de estudios específicos sobre la Magdalena, los concejales de Asirón respondían con unos regates que para sí los quisieran Messi, Ronaldo o el mismísimo Sebas Coris.

Así, entre bicicletas, fintas y demás quiebros, llegamos a febrero, cuando el cuatripartito presentó un estudio, encargado a dedo, por supuesto, por el máximo exacto que permite la ley. Otro más.

Bajo el aparente buenismo con el que habitualmente dictan sentencia, el nuevo plan fluvial propone dar vía libre al río, entendiendo su relación con la ciudad como un problema y no una oportunidad. Nada de medidas contra las inundaciones en Magdalena, por ejemplo, sino una nueva trinidad: “asegurar, indemnizar y educar”.

Nada de retirar maleza de puentes, pasarelas y orillas, porque es bueno para la fauna.

Y nada de azudes, ni presas, aunque sean del siglo XIII, como el de Santa Engracia (Rochapea), que permitan que incluso durante el estiaje el Arga mantenga el caudal necesario para poder disfrutarlo. Así está, abandonado a su suerte y a merced del río desde hace meses.

La propuesta del cuatripartito avanza incluso que a medio plazo el Club Natación debería retranquearse 100 metros. Tal cual. No sé de dónde sacarían esa distancia que, para entendernos, es todo un señor campo de fútbol.

El propio paseo del Arga es un elemento extraño que ponen bajo sospecha.

Nada tampoco de actividades que acerquen el río a las familias, por ejemplo, para fomentar su amor por él. Seré un ingenuo pero siempre he creído que la mejor manera de promocionar el ecologismo (el de verdad, no el de salón) es haciendo que los más pequeños conozcan su entorno aprendiendo a disfrutarlo con respeto. Nadie ama, y por tanto nadie cuida, lo que no conoce.

Una vez más, igual que con la amabilización, igual que en Pío XII, Asirón demuestra una inusitada capacidad para crear un problema donde no lo había. Una vez más, cuatro años perdidos.


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