Opinión / Construcciones y derribos

Patxi Ruiz, asesino y un cobarde, no un guerrero

Por Fermín Alonso 19 mayo, 2020 - 9:58

Después de la manifestaciones por el asesino Patxi Ruiz este fin de semana, resulta obvio una vez más que los valores de libertad, justicia y paz que Tomás Caballero defendía necesitan ser reivindicados todavía hoy en nuestra tierra.

Detalle de una pancarta durante la concentración en el barrio de la Chantrea de Pamplona en favor de Patxi Ruiz, preso de la banda terrorista ETA. EUROPA PRESS
Detalle de una pancarta durante la concentración en el barrio de la Chantrea de Pamplona en favor de Patxi Ruiz, preso de la banda terrorista ETA. EUROPA PRESS

Aunque Bildu siga, en pleno año 2020, negándolo; aunque Asirón y su Grupo Municipal sigan votando en contra de la condena de su asesinato y de la actualidad de sus principios, es evidente que estamos lejos todavía de lograr una convivencia justa con la memoria de las víctimas. Y así es imposible construir un futuro de libertad real.

La imagen estos días de decenas de personas manifestándose en nuestra ciudad en defensa del asesino de Caballero, emborronando las paredes y la imagen de la ciudad con sus pintadas, es una aberración democrática. Es un insulto a la memoria de Tomás Caballero y a la de todas las víctimas de ETA. Es un fracaso y una vergüenza para nuestra sociedad.

Gritos como Presoak kalera, amnistia osoa" ("los presos, a casa, amnistía total"), "herriak ez du barkatuko" ("el pueblo no perdonará") y "Patxi, gudari, herria zurekin" ("Patxi, guerrero, el pueblo está contigo") rechinarían en cualquier país; rechinarían en nuestra misma sociedad si el delincuente hubiera cometido cualquier otro delito. Sin embargo, los tenemos, en cierta manera, asumidos. No es un guerrero, es un asesino y un cobarde que mató a un inocente por la espalda.

Nadie se imagina una manifestación pidiendo la amnistía para violadores, o diciendo que el pueblo está con un estafador.

Me atrevo a decir que nadie se imagina una manifestación pidiendo la libertad de un terrorista islámico.

La tolerancia sería cero. La Delegación del Gobierno no permitiría que ni siquiera 15 personas se reunieran para corear tan indecentes consignas. Ningún partido remolonearía en la condena de sus actos o en el homenaje a sus víctimas.

Si en Tanger se organizaran manifestaciones por la libertad de Jamal Zougam (uno de los condenados como autor material del 11M) o calificándolo de guerrero del pueblo, no habría informativo nacional que no lo mencionase y toda la sociedad rechazaría la infamia.

Más todavía si los delincuentes fueran, por ejemplo, los violadores de la manada y no asesinos con txapela.

¿Por qué, entonces, si el asesino es autóctono la permisividad moral, social e institucional es mayor? ¿Por qué una gran parte de la sociedad lo asume con relativa normalidad?

No puede considerarse normal que se produzcan manifestaciones para alabar a asesinos, por mucho que sean frecuentes. Considerarlo como tal es la primera de sus victorias. Es la primera derrota para la memoria de sus víctimas.

Sin embargo, así estamos, 60 años después de la fundación de la banda terrorista que más muerte y dolor ha causado en nuestro país.

Dos años después de su disolución, resulta evidente que a pesar del interés de algunos por pasar página, es necesario seguir defendiendo la dignidad de las víctimas y construir día a día un relato veraz de lo que aquí ocurrió.

Es evidente que hay partidos a quienes les viene bien que todo esto se olvide; que se pase muy rápido la página y nunca se vuelva a ella, ni siquiera para aprender a no repetir el pasado. Hay a quien le interesa que se considere igual de legítimo y normal manifestarse por un asesino que por el cambio climático o por cualquier otro asunto.

Los primeros interesados, claro, son quienes durante todos los años de plomo y sangre han amparado e incluso animado sus crímenes. Ahora, se agarran por puro interés político a cualquier causa que parezca moderna y progresista, para blanquearse e intentar que se olvide su pasado.

Y su presente.

Porque todavía hoy siguen resistiéndose a decir que matar a otra persona por una bandera, por una patria inventada o porque, simplemente, no piensa como tú, está mal y es condenable. “No hablemos de ETA”. Excepto para pedir beneficios para sus presos, claro.

Después están, evidentemente, quienes necesitan sus votos, bien sea para construir ley a ley, contrato a contrato, esa nación de leyenda o quienes simplemente buscan llegar a un sillón.

Por mucho que pueda resultar agotador para unos, cansino y aburrido para otros, o incómodo de repente para personas que buscan nuevos socios, es necesario no ceder ni un milímetro en la defensa de la libertad. La democracia se defiende y se construye todos los días, porque cualquier día puede perderse.

Normalizar acciones como las del pasado fin de semana o legitimar a determinados socios, envalentona a quienes han cambiado de camino, que no de dirección, por mero cálculo e interés político y electoral.


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Patxi Ruiz, asesino y un cobarde, no un guerrero