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Fascismo contra UPN

Por Fermín Alonso 12 abril, 2018 - 9:08

Este miércoles mis compañeros de UPN en Orkoien se despertaron con la noticia de que los de siempre habían atacado con pintadas su sede: varias esvásticas hechas con un spray y una amenaza evidente: “El fascismo se cura matando”.

Amenazas pintadas en la fachada de la sede de UPN en Orcoyen. TWITTER
Amenazas pintadas en la fachada de la sede de UPN en Orcoyen. TWITTER

UPN tiene en Orkoien dos concejales y un activo Comité Local que crece año a año con gente con ganas de trabajar por su pueblo. El pasado mes de junio inauguraron sede.

Esta legislatura han peleado como nadie por una conexión peatonal con Pamplona que evite cruzar una carretera (la PA-30) con tráfico intenso y sin ningún paso habilitado. La única respuesta que han recibido han sido largas cambiadas, verónicas y chicuelinas por parte del gobierno de Navarra de Geroa Bai, Bildu, IE y Podemos, que tiene, por ejemplo, 630.000 euros para medios de comunicación editados en euskera, pero ni un duro para evitar que los casi 4.000 vecinos de Orkoien, lleguen a Pamplona a pié sin jugarse la vida. Pero ellos siguen insistiendo.

A este tipo de cosas se dedican en Orkoien nuestros compañeros. Gente del pueblo trabajando por su pueblo y por las demandas de sus vecinos; por las cosas “pequeñas” como esa pasarela y las grandes, como la libertad y la igualdad de oportunidades de todos. Esos, además de militar bajo las siglas de UPN, han sido sus crímenes.

Sin embargo, el miércoles amanecieron con el desagradable ataque del fascismo más rancio de toda Europa.

En esta tierra, aunque a algunos les interese hacer creer que de la noche a la mañana se han borrado el autoritarismo de los matones, sigue faltando un largo recorrido hasta vivir en una auténtica libertad.

Se sigue persiguiendo a las personas que deciden dedicar parte de su tiempo a la actividad política bajo siglas no nacionalistas; fumigando con miedo la posibilidad de implicarse en determinados pueblos y queriendo dejar por tanto huérfanos de representación a miles de navarros.

Esta mafia debería sentirse aislada social y políticamente, pero, sin embargo, demasiadas veces no es así.

Sus acciones, su propia existencia, es la consecuencia lógica de la repetición machacona de discursos que deshumanizan al rival político, que tratan de convertirlo a ojos de los fieles en enemigo del pueblo, de la clase o, incluso, de la cultura propia. Son la última derivada de un quehacer político que prefiere la descalificación y el sectarismo al debate y a la confrontación de ideas y proyectos.

Cuando tildas constantemente a todo un partido de franquista, cuando les acusas de fomentar ataques de ultraderecha, de tener fobia a parte de nuestra cultura solo por no compartir imposiciones ni privilegios, de ser su enemigo; cuando repartes abrazos entre los que les acosan e insultan subiendo Curia cada 7 de julio; o acusas a modestos comerciantes de ser parte de no sé qué régimen estás abonando este tipo de comportamientos.

Y cuando además te niegas a condenar ataques como el de Orkoien o el sufrido por un concejal en un pueblo de 235 habitantes como Atez o reduces el odio visceral a una pelea de bar, te manifiestas por los agresores y no te acuerdas ni medio minuto de las víctimas, estás amparando toda esa furia injusta.

Todo ha sucedido en esta legislatura. Y lo mismo comienza a suceder en la “moderna” Cataluña. Volvemos a esos tiempos en los que algunos minimizaban la violencia, como cuando Arzallus se refería a la Kale Borroka casi con cariño como “los chicos de la gasolina”. 

En Navarra vivimos en los últimos meses un rebrote de este tipo fascismo, que me niego a calificar de baja intensidad. Quienes nunca lo han rechazado ocupan hoy el poder en muchos de nuestros pueblos y ciudades y la presión ya no es contra los gobiernos, sino contra quienes osan molestarles o criticarles.

Por eso, es más importante que nunca una respuesta contundente y cívica de la sociedad, que ampare a las víctimas y destierre a los violentos. De las instituciones, al menos hasta 2019, no podemos esperar nada, salvo buenas falsas palabras.


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