Opinión / Médico-psiquiatra y presidente del PSN-PSOE.

La liviandad del cainismo   

Por Fabricio de Potestad 04 diciembre, 2016 - 8:15

La ética es un sendero angosto y muy exigente que muy pocos políticos parecen dispuestos a recorrer. La política no puede reducirse a una aristocracia que espera las oportunidades, ya sean democráticas o alevosas, para obtener el poder que esperan con ávido deleite mientras la ciudadanía queda reducida a la condición de electores o militantes bien disciplinados.

Hace falta ética en la política. La ética política representa un resuelto esfuerzo del intelecto a favor de una incondicional inclinación hacia la moral que se materializa en la lucha por la libertad y la justicia social. Hay dirigentes, muy apegados al poder, que muestran la arrogancia de quien amaga una incruenta ballestería y la insensibilidad rígida de los demócratas poco convencidos, que perpetúan la vieja desconfianza leninista hacia los militantes.

En ocasiones, la política hierve penosamente de tanta ambición que, a su lado, no se puede permanecer sin mantener cerrados los ojos. Sus indignantes muestras de inequívoca incoherencia o sus maquiavélicas insidias para hacerse con el poder son mezquindades con las que no se puede transigir. Caín parece haberse instalado en la política, pues algunos políticos al oler a poder no escatiman esfuerzos para deshacerse de una parte de su fraternal capital humano con tal de sustituirlo. Añagazas y felonías son urdidas como si de una obra de pasamanería se tratase con tal de obtener el poder, dañando incluso a su propia formación política. Como dice el dicho: “Dios mío cuídame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido yo”.

Y es que a los enemigos vienen de frente, pero de la felonía tabernaria se encargan los amigos. La aristocracia política parece hallar una extraña y siniestra satisfacción en tergiversar la realidad y recrearla a su antojo.

Tanto es así que su ambiciosa y patética veleidad de poder ruge de forma incesante, emitiendo un sonido lacerante, que no es otra cosa que una atávica y cainita melodía compuesta por falsedades y descalificaciones acerca del adversario, un zumbido cruel que crece cuando perciben como asequible alguna poltrona, aunque esté democráticamente ocupada. Y conste que pese a los muchos desengaños –que devienen, créanme, no solo de la derecha corrupta, sino también de las izquierdas extraviadas– sigo teniendo la convicción de que este país es progresista, pues aunque no hayamos hecho una revolución tan dispuesta y cargada de literatura como la francesa, o una conmoción tan épica y dostoievskiana como la rusa, tenemos las hormonas, el talante, la temperatura y el clima de un pueblo socialista.

Es obvio que escribo este artículo con una caligrafía decaída y descreída, y lo hago con una temperatura entibiada, que más parece la de una hoguera que se apaga con el tenue crepitar de unos ciudadanos perplejos ante la disparatada entrega del poder a una derecha corrupta que ha cercenado durante cuatro años derechos y libertades. En fin, mientras, en algún rincón ajeno a la catástrofe, los maestros en ambigüedades, cambiazos y birlibirloques, preparan la construcción de un poderoso entramado político que perpetuará las dramáticas desigualdades, los más desafortunados sucumbirán en la profundidad de su desgracia y los desheredados de la tierra de promisión avanzarán hacia el futuro con la incertidumbre de quien avizora un abismo.

Sin embargo, poco, creo yo, he aprendido de este supino desatino que no supiera ya por los libros. De Maquiavelo a Freud, todo está en sus páginas: las razones del poder, su oscura racionalidad, la escenificación barroca de sus actuaciones, el mal gusto de su estética, y el desmesurado narcisismo que lo habita. En cuanto a sus sinrazones, basta con leer a Shakespeare. Claro que quizá uno quizá esté ya, como el rey Lear, superado por el tiempo, pues mi generación tuvo un espíritu político forjado en tiempos de lucha clandestina, durante los cuales acudir a una manifestación era dar pública cuenta de una resuelta voluntad de trasformar la sociedad. Nuestra generación no tuvo maestros, más aun se hizo contra ellos.

Nuestras conciencias se fraguaron con la utopía, las revoluciones imaginarias, la insurrección sesentayochista de París, con textos prohibidos, canciones de los Beatles, poesías de Neruda, la náusea de Sartre y con un miedo común, hijo de la brutalidad del régimen franquista. En fin, lamentablemente los pactos y componendas, en ocasiones, propician una formulación política pusilánime, cautelar, conformista, burocrática, lenta, y canija; una concepción superficial, en la que la apariencia, disfrazada de responsabilidad, se sitúa por encima cualquier consideración ética. Lo cierto es que ha ganado una vez más la inercia histórica.

Llamo inercia histórica, naturalmente, a todo eso que gestionan los mercaderes de Bruselas y controlan las entidades bancarias. Por tanto, nuestra sociedad está abocada al neoliberalismo y con ella al paro estructural, al despido libre, al empleo precario, y, en definitiva, al aumento de la desigualdad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Hay que aceptar, pues, una cierta dosis de pesimismo, lo contrario es de idiotas. Dijo Diego Saavedra, escritor español del siglo XVII, que “rendirse a la adversidad es ponerse de su parte”. Afortunadamente, la ciudadanía socialista no es sutil y llama al pan y al vino por su nombre de pila. Y cuando dice no, es no. 


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