Opinión / Médico-psiquiatra y presidente del PSN-PSOE.

Consensos necesarios

Por Fabricio de Potestad 26 enero, 2017 - 8:03

La derecha y la izquierda han tenido históricamente posiciones antagónicas sobre la monarquía, la república, la democracia, la religión, las clases sociales, la igualdad, la propiedad privada y la economía, entre tantas otras cuestiones.

Un hombre se dispone a dar un apretón de manos. ARCHIVO
Un hombre se dispone a dar un apretón de manos. ARCHIVO

Según el pensador francés Réné Rémond esta división no tiene vigencia actual en la vida política moderna, en la que el pragmatismo se ha impuesto, según el parecer de algunos, de forma incontestable. De hecho, Fukuyama ha decretado el fin de la historia, la muerte de las ideologías, el derrumbe de los grandes relatos, el anacronismo de la lucha de clases y de cualquier discurso que remita a aquellos ideales de la Ilustración que abrazaba una perspectiva de emancipación para el conjunto de los humanos.

Es cierto que sensu laxo ningún partido parece cuestionar las libertades públicas, la democracia y las políticas sociales. Sin embargo, el desempleo, la pobreza y, en definitiva, las desigualdades sociales continúan siendo dramáticas, por lo que, en un principio, parece que la distinción entre ambas sigue siendo necesaria. Dar por muertas las expectativas ideológicas es además de una tesis falsa, una afirmación socialmente peligrosa, porque fomenta, entre otros males, los populismos bien sean de ultraderecha o de extrema izquierda, que no representan otra cosa que la mixtificación de las masas, sin brújula doctrinal ni proyecto político, en torno a un caudillo que no ofrece otra cosa que humo que irrita los ojos y no permite ver la realidad ni sus posibles soluciones.    

El mundo cambia y las fuerzas políticas deben redefinirse constantemente en función de las nuevas preocupaciones y demandas sociales. La actual división, algo virtual, entre derecha e izquierda resulta a la vez necesaria y funesta. De una parte, no podemos ignorarla, porque se pueden todavía identificar divergencias que aportan soluciones diferentes a los problemas ciudadanos y, además, es imprescindible que exista en democracia una clara oposición que fiscalice el poder del gobierno de turno. De otra, es funesta, porque las diferencias virtuales ocasionan falsos desencuentros, tensiones innecesarias y obstaculizan la posibilidad de llegar a acuerdos que son muchas veces necesarios.

La división extrema y radical entre la derecha y la izquierda no es solamente incomprensible, arcaica y perniciosa, sino que, además, representa un obstáculo para la concordia ciudadana, aunque su clara diferenciación es buena desde la perspectiva electoral en una democracia. Una división nítida y realista entre la derecha y la izquierda facilita, sin duda, la sensibilización y el interés del elector.

Sin embargo, si siempre tenemos dos posiciones antagónicas, dos bloques diferentes enfrentados, sea cual sea la cuestión acerca de la cual se debate, puede conducir a una división profunda de la sociedad y puede comprometer el consenso en cuestiones de suma importancia y de interés general. Las opciones tienen que ser claras, pero dados los escasos márgenes de operatividad política y económica que permite el Tratado de Maastricht de la Unión Europea, no hay más opción que el consenso en las cuestiones de mayor trascendencia. Más aún, si nos atenemos a las afirmaciones de Noam Chomsky, Loretta Napoleoni y Jean Ziegler acerca de que las democracias gobiernan sobre economías que no controlan, con más razón se debe tender a políticas consensuadas entre derechas e izquierdas, sobre todo en cuestiones de Estado.      

Si la división contribuye a levantar dos bloques antagónicos y monolíticos que no se hacen ninguna concesión, lo que es contrario al sentido común y a la razón, puede surgir el odio entre ciudadanos. Lamentablemente, hay que reconocer que muy a menudo la animadversión entre personas de diferentes ideologías conduce a estos contraproducentes estados anímicos.  En la práctica, si los representantes de la derecha y la izquierda, independientemente de su legítima aspiración a gobernar y en aras del interés general, tuviesen una mayor predisposición a negociar y a llegar a acuerdos, seguramente habría mayor estabilidad y menos crispación social.                                           

Éticamente sería exigible que ambas ideologías se rigiesen por propuestas basadas en la experiencia, en la exégesis de la historia, el poder de los argumentos, en la racionalidad y en las certezas que aportan las ciencias, pues sujetos a la realidad y al positivismo es más fácil proponer respuestas útiles que den respuestas a las demandas sociales. 


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