Opinión / Desde la década de 1990 realiza entrevistas para el periódico El Mundo.

Orgía de sangre

Por Esther Esteban 26 marzo, 2016 - 9:45

El atentado de Bruselas no es un atentado más, después de Londres, París o Madrid. Es una masacre que desafía a las instituciones europeas

y quiere dejar claro que, cualquiera, en la Unión puede ser víctima de algo similar. El zarpazo yihadista que ha golpeado el corazón de Europa en la que se ha calificado allí como "la jornada más negra desde la Segunda Guerra Mundial" ha vuelto a poner en jaque la falta de unidad frente a un desafío de estas características.

Es verdad que después del shock todo ha sido muestras de solidaridad, pero una vez más cuando la normalidad vuelva, enterremos a nuestros muertos, y vayan sanando, poco a poco, los cuerpos mutilados de los heridos, seguramente el olvido será la tónica que presida el día día hasta que, otra vez, los bárbaros vuelvan al ataque.

Estos días se ha apelado, y con razón, a la unidad, poniendo el acento en que este desafío al que se enfrenta Europa no se puede afrontar de una manera individual, que es necesario hacer una política común para evitar los errores clamoroso policiales y de inteligencia que están permitiendo a los radicales cabalgar a sus anchas y a nosotros nos han convertido en más vulnerables que nunca. Algunos dicen y, con razón, que aunque hace tiempo que la Unión Europea no tiene fronteras internas es imprescindible buscar respuestas europeas porque la inseguridad terrorista combinada con la crisis de asilo y refugio y el auge de los populismos puede llevarse por delante el espíritu que hizo grande Europa.

"El desafío -han insistido algunos- requieren medidas comunes en el terreno militar, policial y de inteligencia", y no les falta razón, pero el asunto es que nuestras instituciones comunitarias son una especie de Paquidermo que se mueve lentamente y tienen muy poca capacidad de reacción hasta que las cosas llegan al límite.

El tema es que cuando pase el luto de los primeros días y se ponga sobre la mesa la cuestión de como debemos perfeccionar nuestros sistemas de inteligencia para actuar contra el ISIS será imposible llegar a un acuerdo. Si queremos protegernos frente a los terroristas tenemos que ver la manera de definir una nueva reglas del juego para poder investigar a los miles de ciudadanos potencialmente peligrosos sin violar el principio de presunción de inocencia y seguro que ahí empezarán a surgir las dificultades.

Somos una sociedad avanzada que no quiere utilizar la palabra guerra frente a quien nos ataca pero más allá del debate nominalista y de que ellos si están en guerra con nosotros, nos debemos defender y para hacerlo no podemos empezar poniendo paños calientes a grandes problemas.

El terrorismo yihadista es salvaje, despiadado, indiscriminado, ataca a nuestro modelo de civilización libre y tolerante con todas las culturas y sobre todo no va a parar.Su modelo de actuación ya no es el de aislados los lobos solitarios sino el de un ejército con una amplia estructura perfectamente diseñada planificada y preparada para hacer hacer daño a Occidente. Tampoco necesitan reclutar jóvenes marginados o pobres, criados en guetos porque han conseguido penetrar en las clases medias de segundas y terceras generaciones de emigrantes bien formados, a quienes logran convencer de que la muerte de muchos, le llevará a ellos a un paraíso inexistente.

Aquí hay dos opciones o nos instalamos en el buenísimo con los manidos argumentos de que las desigualdades históricas de antaño han traído la guerra hoy, o simplemente nos defendemos de manera unida y solidaria porque hoy hay sido Bruselas y los hijos de otros, pero mañana puede ser otra vez España y nuestros hijos quienes se conviertan en su objetivo de horror y muerte. En su orgía de sangre y desenfreno para utilizar el nombre de Alà o de

Dios en vano no van a parar y cuanto más tardemos en al darnos cuenta peor. El desafío es enorme y la respuesta tiene que ser única o seguiremos llorando a nuestros muertos, poniendo flores y velas en nuestras plazas y lamentándonos de no haber reaccionado a tiempo. ¡Basta ya!


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